Comentario Bíblico Dominical

II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

 

 

Hay que encontrar al Mesías

Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo en el mismo lugar con dos de sus discípulos. Mientras Jesús pasaba, se fijó en él y dijo: «Ese es el Cordero de Dios.» Los dos discípulos le oyeron decir esto y siguieron a Jesús.

Jesús se volvió y, al ver que lo seguían,  les preguntó: «¿Qué buscan?» Le contestaron: «Rabbí (que significa Maestro), ¿dónde vives?» Jesús les dijo: «Vengan y lo verán.» Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Eran como las cuatro de la tarde.

Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que siguieron a Jesús por la palabra de Juan. Encontró primero a su hermano Simón y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías» (que significa el Cristo). Y se lo presentó a Jesús. Jesús miró fijamente a Simón y le dijo: «Tú eres Simón, hijo de Juan, pero te llamarás Kefas» (que quiere decir Piedra)  (Jn 1,35-42).

 

Comienza el Tiempo Ordinario

Con la fiesta del bautismo de Jesús, que hemos celebrado el domingo pasado –el domingo siguiente a la epifanía-, termina el tiempo de navidad y comienza el tiempo litúrgico llamado Tiempo Ordinario. Este es, por tanto, el segundo domingo del Tiempo Ordinario que concluye con el 34º domingo, solemnidad de Cristo Rey. Este tiempo se interrumpe con el tiempo de Cuaresma, que comienza el miércoles de ceniza. Durante este tiempo, no se celebra ningún aspecto peculiar del misterio de Jesucristo, de ahí su designación de Tiempo Ordinario o Tiempo Per Annum.

La liturgia de la Palabra, dentro de la celebración dominical, está organizada en tres ciclos de lecturas, A, B, C, caracterizados respectivamente por la lectura (continua o semicontinua) de los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas. Este año estamos en el ciclo B y en los domingos del Tiempo Ordinario leemos el evangelio de Marcos. Sin embargo, en el segundo domingo del tiempo ordinario, en los tres ciclos, se lee el evangelio de Juan. En cada ciclo se toma un episodio de la semana inaugural (cfr. Jn 1,19 a 2,12).

 

Semana inaugural

Se llama semana inaugural porque en el evangelio de Juan podemos seguir los pasos de Jesús durante la primera semana de su ministerio. El evangelista Juan, después de introducir solemnemente su evangelio con el himno al Logos, dispone los hechos en el transcurso de una semana hasta las bodas de Caná.

Después de la presentación del diálogo de Juan el Bautista con los sacerdotes y levitas venidos de Jerusalén, en 1,29 se comienza con la frase: “Al día siguiente Juan ve a Jesús venir hacia él y dice: He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Siguen otros dos episodios que comienzan con la misma frase: “Al día siguiente” (1,35.43) y luego las bodas de Caná “tres días después”.

Durante esa semana hay dos días destinados a la proclamación de san Juan Bautista, y dos días destinados a la presentación de Jesús y al llamado de sus primeros discípulos. Tres días después, “al tercer día” (2,1), se completa la semana y Jesús manifiesta su gloria en el primer signo hecho en Caná.

Justamente cuando se va a empezar a desplegar domingo a domingo la vida, obras y palabras de Jesús, es significativo comenzar con esa primera semana de su ministerio público, en la cual Jesús comienza a manifestarse.

El texto evangélico de este domingo nos lleva al tercer día de la semana inaugural, la primera actuación de Jesús y el desplazamiento del centro de interés de Juan Bautista al Señor. Los discípulos abandonan al precursor para ir al Salvador.

 

El cordero anunciado

La calificación de Jesús por parte del Bautista como “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” contiene una múltiple alusión: al cordero pascual, con cuya sangre se marcaron las puertas de los hebreos en Egipto para salvar la vida de los primogénitos (cfr. Ex 12), al cordero del sacrificio expiatorio (cfr. Lv 1-5) y al cordero-servidor de Yahvéh de Isaías (cfr. 53,7). Se cita a Jesús como cordero inocente y libertador en los Hechos (cfr. 8,26-39). También en el Apocalipsis como cordero degollado, digno de abrir el libro (cfr. 5,2-13).

Jesús es el Cordero de Dios anunciado en las figuras ya conocidas del Antiguo Testamento.

Si en el resto del evangelio de Juan no reaparece la designación de Jesús como cordero, en el Apocalipsis, en cambio, éste es un modo frecuente de designar a Jesús (unas 30 veces).

La expresión de Juan Bautista: “Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, indica a la vez que Jesús es el mesías y que su sacrificio es redentor. Sólo Él es el cordero que quita el pecado del mundo de raíz.

Jesús es el Siervo del Señor por excelencia y el Cordero sacrificial por antonomasia, el nuevo cordero pascual inmolado precisamente el día de pascua y a la hora de la inmolación de los corderos en el templo. Él es el sacrificio de la nueva alianza que supera y anula la sangre de los sacrificios de animales.

 

¿Qué buscan?

Cuando los dos discípulos de Juan siguen a Jesús, el Señor se vuelve y les pregunta: “¿Qué buscan?”. Como es propio del evangelio de san Juan, esta pregunta está dirigida a todos los lectores. Jesús está preguntando a todos los que vienen detrás de Él (y también a todos los que están presente escuchando durante este domingo el evangelio en la proclamación que se hace en la liturgia de la eucaristía). Si vienen a Jesús es porque buscan algo, esperan algo de Él. Jesús les pregunta cuál es su interés para que tomen conciencia de su propia situación ante el Señor, y puedan obtener una respuesta.

“¿Qué buscan?” Sin embargo, detrás de esta confrontación empática Juan insinúa algo más que una simple indagación de los motivos personales que unos hombres tienen para caminar detrás de Jesús. Esta pregunta apunta a la necesidad básica del hombre, que le hace volverse a Dios. La respuesta de los discípulos ha de interpretarse al mismo nivel teológico. El hombre desea estar (en griego: menein, morar, permanecer) con Dios; trata constantemente de superar la temporalidad, el cambio y la muerte, en busca siempre de algo permanente. Jesús responde con el desafío total de la fe: “Vengan y verán”.

Los discípulos otorgan a Jesús el título de rabbí. Este título, así como el de mesías que aparece poco después, son denominaciones que en el evangelio de san Juan siempre indican un conocimiento rudimentario, una fe imperfecta, y aparecen muy a propósito en boca de los primeros discípulos en el momento en que conocen a Jesús. Ellos siguen a Jesús, inicialmente, como a un rabbí, como a un maestro de los judíos.

 

Siguieron a Jesús

Cuando Juan Bautista proclama, por segunda vez, que Jesús es el Cordero de Dios, obtiene un eco en el hecho de que dos de sus discípulos sigan a Jesús.

“Seguir a Jesús”, como término técnico aplicado a discípulos (cfr. 1,43; 8,12; 10,4; 12,26; 13,36; 21,19), indica el deseo de vivir con él y como él, adoptar sus objetivos y colaborar en su misión. Seguir significa caminar junto con otro que señala el camino.

Aunque el relato de Juan esté basado en noticias históricas, éstas han sido reelaboradas conforme a una orientación teológica. Juan ofrece en 1,35-51 y 2,1-11 un paradigma de la vocación cristiana. Cada día que pasa se produce una profundización en el conocimiento de aquel a quien siguen los discípulos. Este proceso alcanza su culmen en 2,11, cuando Jesús revela su gloria y sus discípulos creen en él.

El evangelista Juan ha reunido todos los títulos cristológicos en la escena de la vocación de los primeros discípulos. En los vv. 35-42 se llama a Jesús rabbí (maestro) y Mesías; en los vv. 43-50 se dice que es aquél de quien hablaron Moisés y los Profetas, y es denominado Hijo de Dios y Rey de Israel; finalmente, en el v. 51, el mismo Jesús se refiere a sí mismo con el título de Hijo de Hombre.

 

En retiro con Jesús

“El que quiera servirme, que me siga, y allí donde esté yo, estará también mi servidor” (12,26).

Cuando Jesús pregunta a los discípulos ¿qué buscan?, éstos contestan con otra pregunta. Como hemos mencionado, dan a Jesús el título respetuoso de rabbí (maestro), indicando que lo toman por guía, dispuestos a seguir sus instrucciones. Reconocen que Jesús tiene algo que enseñarles que ellos no conocen aún.

“¿Dónde habitas? Vengan y verán”. Jesús no les ofrece inicialmente una ocupación concreta ni un programa detallado. Sólo se trata de entrar en su intimidad. Ellos no son hombres sin oficio. Son hombres que tienen su tiempo ocupado por el trabajo que llena su tiempo y con el trabajo ganan su pan. Pero todo lo han dejado para irse con Él y entrar en su intimidad.

Y fueron y vieron que no tenía casa. No tenía más que una puerta que da al desprendimiento absoluto porque Él lo llena todo. Él será todo para ellos. Él será el indispensable para ellos.

“La Sabiduría se deja ver fácilmente por los que la aman, y encontrar por los que la buscan” (Sb 6,12). “La sabiduría se da a conocer a los que la desean” (Sb 6,13). La sabiduría es Jesús.

 

Y se hicieron misioneros

Los discípulos del relato no se dieron por satisfechos con conocer a Jesús. Andrés, a quien la Iglesia en Oriente le concede el significativo apelativo de Protocletos (el primer llamado) fue a decírselo inmediatamente a su hermano Simón y lo llevó para que también él conociera a Jesús.

Este relato del evangelio debe cuestionar la relación existente entre nuestra fe y nuestra vida, e incentivar nuestra participación en la acción evangelizadora y misionera de la Iglesia. Se salva sólo el que tienes interés por salvar a otros. Todo llamado es un discipulado misionero ministerial.

 

Jesús miró a Pedro: una mirada fundante

“Y se lo presentó a Jesús. Jesús miró fijamente a Simón y le dijo: «Tú eres Simón, hijo de Juan, pero te llamarás Kefas», que quiere decir Piedra” (1,42).

Hay experiencias y encuentros que quedan registrados muy hondamente en la memoria; son perdurables; no se borran con facilidad. Todos nosotros tenemos nuestras propias fechas memorables. Esas que nos han marcado en lo profundo y que nos hace muy bien recordarlas de vez en cuando.

En este texto, Pedro no dice nada. Mira y se deja mirar. La mirada de Jesús caló hondo en él; y se dejó cautivar por ese primer encuentro. Seguro que Kefas nunca olvidó esa mirada de Jesús, y la recordó nítida y con emoción cuando unos años después, en medio de sus negaciones, “el Señor se volvió y miró a Pedro” (Lc 22,61).

El primer encuentro personalizado con Jesús deja recuerdos fundantes; es el primer amor; es la  experiencia primera que funda nuestro seguimiento de Jesús, y que luego se profundizará, ampliará y purificará.

Todo comienza con ese primer encuentro experiencial que se transforma en un recuerdo del alma que hay que cuidar como un tesoro y cultivarlo en la memoria agradecida.

En la celebración eucarística vas a mirar a Jesús, el Cordero de Dios, que te ha mirado antes a vos, ¿y…?

 

P. Mateo Bautista

Religioso camilo