Comentario Bíblico Dominical

IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

 

 

¡Al demonio con los demonios!

Llegaron a Cafarnaún, y Jesús empezó a enseñar en la sinagoga durante las asambleas del día sábado. Su manera de enseñar impresionaba mucho a la gente, porque hablaba como quien tiene autoridad, y no como los maestros de la Ley.

Entró en aquella sinagoga un hombre que estaba en poder de un espíritu malo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo sé que tú eres el Santo de Dios.» Jesús le hizo frente con autoridad: «¡Cállate y sal de ese hombre!» El espíritu malo revolcó al hombre en el suelo y lanzó un grito tremendo, pero luego salió de él.

El asombro de todos fue tan grande que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? Una doctrina nueva, y ¡con qué autoridad! Miren cómo da órdenes a los espíritus malos ¡y le obedecen!» Así fue como la fama de Jesús se extendió por todo el territorio de Galilea” (Mc 1,21-28).

 

¡Soy el diablo!

Santo Domingo de Guzmán (1170-1221) nació en Caleruega, diócesis de Osma, España. Desde su juventud ejercitó virtudes no comunes. Estudió teología en la universidad de Palencia y fue elegido canónigo de la Iglesia de Osma.

Domingo había pasado serena y santamente el primer período de su vida siendo  canónigo, cuando un viaje a través de Provenza (Francia) le hizo conocer cuán difundidas estaban las herejías de los cátaros y de los albigenses. Entonces, promovió la defensa de la fe católica con la predicación y con el ejemplo de su vida. Este objetivo atrajo a su alrededor a otros predicadores a los cuales dio una regla y fueron el primer núcleo de la Orden religiosa de los Predicadores (Dominicos). Es memorable su encuentro con san Francisco en el IV Concilio de Letrán.

Los religiosos por él formados debían ser pobres para no despertar en los herejes sospecha de un interés material; debían ser estudiosos para combatir el error y ser benévolos con los descarriados.

Fue un hombre de intensa oración, asiduo en el estudio, incansable en la predicación, paciente en las contrariedades, valiente en la búsqueda y en el llamado a los cristianos separados, quienes inclusive intentaron asesinarlo. Caminaba a pie descalzo, dormía en tierra, ayunaba, se flagelaba, convencido de que sus sacrificios contribuían a la salvación de almas que quería arrebatar al error.

Pues bien, se cuenta de él una historia popular. Una noche, orando Domingo, teniendo una vela en la mano, se oyó una voz oscura y tenebrosa:

-¡Domingo, Domingo!

El santo siguió rezando con sosiego.

La voz misteriosa insistió, pareciendo venir de ultratumba:

-¡Domingo, Domingo, soy el diablo!

El santo, imperturbable, centrado en su oración, respondió.

-Toma la vela. Sujétala. Ilumina mientras rezo.

 

La Buena Noticia se abre camino

El texto evangélico de este IV domingo del Tiempo Ordinario sigue avanzando en el anuncio “del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (Mc 1,1). Dos domingos atrás se nos presentaba el primer encuentro de Jesús con sus discípulos; el domingo pasado se nos entregó el primer anuncio que hace Jesús de la Buena Nueva del Reinado de Dios, invitando a la conversión (metanoia). Este domingo destaca dos facetas fundamentales de la persona y misión de Jesús: Maestro que enseña con autoridad y novedad, y  Liberador del mal que oprime a los hombres.

La poderosa y novedosa palabra doctrinal y la potente acción sanadora (exorcista) constituyen por igual un signo del poder divino de Jesús y, simultáneamente, un signo de que en Él y con Él se abre camino la soberanía de Dios en el mundo. ¡Qué mejor que la curación-sanación de un hombre poseído por un espíritu inmundo para confirmarlo! Detrás de los espíritus inmundos se esconde para el evangelista Marcos el poder alienante y opresivo del maligno que, ante la presencia de Jesús, el santo de Dios, no puede hacer otra cosa que retroceder y dejar de oprimir a la humanidad.

Obrando así, Jesús suscita un saludable interrogante: ¿Qué es esto? ¿Quién es éste? En Él late un misterio que pide ser desvelado; cosa que se va a ir haciendo, paso a paso, a lo largo del evangelio de Marcos.

 

Algo más que una linda prédica

“Quedaban asombrados de su doctrina porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas” (1,22).

La gente que escuchaba a Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm no queda seducida por los efectos de una oratoria vibrante o de una elocuencia erudita, sino que reconocen a Alguien que proclama algo muy diferente a las opiniones de los escribas, doctos profesionales en comentar las Escrituras. Es un hombre que habla una doctrina nueva, expuesta con autoridad (cfr. 1,27).

Entre los rabinos judíos, un buen maestro se destacaba si era capaz de presentar su enseñanza apoyándose en la doctrina de los rabinos del pasado. Para tener autoridad, toda enseñanza debía estar avalada por citas de autores antiguos, porque para ellos la tradición era garantía de veracidad.

Jesús, en cambio, explica la Sagrada Escritura con su propia autoridad. No se apoya en palabras y en opiniones de hombres. Los demás decían: “Dijo el maestro Tal…”, en cambio Jesús llega a expresar: “Han oído que se dijo…” (en la Toráh de Moisés) “pero yo les digo…” (Cfr. Mt 5,20-48).

Y, por supuesto, Jesús tampoco tiene una autoridad propia de un mandamás que saca su prestigio de un título o cargo público que avale su hablar.

Jesús es más que Moisés; Él es una nueva instancia de revelación. Jesús es la Palabra de Dios; cuando Él habla y actúa es la Palabra de Dios que se está presentando. Jesús es la revelación misma. Él es la Palabra definitiva de Dios. El que está aquí hablando es la Verdad. Y la Verdad tiene la plenitud de la autoridad, se impone por sí misma. El místico y doctor de la Iglesia Juan de la Cruz lo sintetizó admirablemente: “Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar; ya lo ha hablado todo, dándonos al Todo que es su Hijo” (Subida al Monte Carmelo, libro 2, cap. 22, nº 4).

Jesús es la nueva instancia de ley (Toráh). Con razón Pedro confesará: “Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).

 

Diablos y demonios

“Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo” (1,23).

La creencia en los demonios y en su actuación dañosa en el mundo desempeñó un papel secundario en la religión judía del Antiguo Testamento. El fuerte monoteísmo bíblico explica la escasa significación de la creencia en el diablo y en los demonios existentes en el Antiguo Testamento. En un principio, tampoco existía relación alguna entre demonios y satán (el diablo, el tentador).

Sin embargo, la creencia en el satán aumentó considerablemente en el judaísmo tardío, influenciado por la religión persa. Satán mismo deja la corte divina (ver libro de Job 1-2) y aparece como el adversario absoluto de Dios y de los hombres. Como ángel caído es el tentador hacia el mal.

En cambio, demonio se diferencia muy claramente de diablo. ¿Qué es un demonio? Etimológicamente el vocablo procede del griego daimonion: ente de género neutro, abstracto. Al parecer, la mentalidad de los pueblos antiguos creó este término para identificar poderes impensados, potencias espirituales positivas o fuerzas maléficas capaces de poseer a las personas y provocar enfermedades, especialmente internas, no percibidas sus causas por los sentidos: mudez, crisis epilépticas, cuadros de histeria, locura o demencia...

En los evangelios, nunca los posesos son descritos como hombres moralmente malos sino más bien como víctimas indefensas e involuntarias. Nunca se menciona que la posesión demoníaca sea un castigo por pecados anteriores. Jamás se expresa que los demonios induzcan a sus víctimas a cometer acciones inmorales o desviarlas a la salvación eterna, tarea exclusiva de satanás. Los demonios, aunque subordinados al satán, pretenden únicamente atormentar a los hombres.

El diablo, por el contrario, es el tentador externo al hombre para desviarle de los caminos de la voluntad divina (cfr. 1,13).

 

Un demonio desafiante pero impotente

En la sinagoga cunde el asombro. Se hace presente un hombre “con un espíritu impuro” que desafía a Jesús: “¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret?”.

La frase puede interpretarse a menudo como pregunta: ¿Por qué te metes con nosotros? Pero es preferible ver en ella un desafío: ¡Has venido a destruirnos! No hay nada entre nosotros. Vete por tus caminos. Nosotros vamos por los nuestros.

Es claro que el Señor Jesús tenía mucho interés en aquel pobre hombre que debía ser liberado, sanado, hecho feliz y... salvado. ¿Por qué tanto interés por parte de Jesús? Allí hay algo más que una enfermedad. Hay una fuerza del mal que obra en el mundo que se opone a la obra de Dios.

Entre los judíos estaba muy difundida la creencia de que en la edad mesiánica serían aniquilados los poderes malignos (cfr. 1 Henoc 69,27; Lc 10,18; Ap 20,10). Jesús cumple las antiguas profecías.

Aquella gente estaba estupefacta: “Manda a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Jesús vence al demonio. Él es quien pisotea la cabeza de la antigua serpiente y nos libera de su seducción (cfr. Gn 3,15).

 

Desendemonización y desdiabolización

“Jesús dialoga hasta con los demonios para humanizar a la gente” (C. Martini).

La breve respuesta de Jesús “Cállate y sal de él” (1,25) confirma su autoridad sobre todo poder mundano. El Señor lo que enseña lo hace: anuncia el Reinado de Dios que es liberación del mal y, con la autoridad de su Palabra, libera del mal. Cuando Dios reina, todo espíritu inmundo es derrotado.

Con frecuencia en la literatura, el cine y la televisión nos muestran al diablo como una fuerza igual o superior a Dios que posee física, emocional y mentalmente al hombre, que destruye a los seres humanos sin que Señor haga nada por proteger a esas indefensas criaturas. Estos conceptos son contrarios a nuestra fe y no debemos permitir que contaminen el auténtico mensaje de Jesús. El regenerado por la gracia, lejos del pecado, está protegido por Cristo. Nada puede el maligno contra él” (H. Rivas).

Jesús no permite hablar a los demonios: no es simplemente porque conozcan su nombre y, por tanto, posean cierto poder, sino porque lo conocen a Él, es decir, su identidad de Hijo de Dios. Al menos desde la época de Wilhelm Drede (1959-1906) esas órdenes de silencio de Jesús han sido entendidas como una red de motivos marcanos que constituyen el secreto mesiánico. Según Marcos, todavía no es el momento de presentar la identidad real de Jesús. La revelación llegará más tarde, muy cerca a la pasión y a la cruz.

 

Nuestros espíritus impuros

Hoy día, tampoco falta gente convencida de que no puede ser feliz porque alguien o algo (demonio, diablo o maldición) se lo impide.

Es cierto que los espíritus inmundos actuales son fortísimos: violencia bélica, terrorismo, inmoralidad sexual, desviacionismos, injusticias sociales, hambre por doquier, aborto criminal legalizado, droga, alcoholismo… Pero el hombre debe optar y responder.

¿En qué nos parecemos nosotros a aquel hombre de la sinagoga? Podemos estar en situación parecida. El mensaje del evangelio de este domingo nos empuja a liberarnos de esta opresión. ¿Qué podemos hacer? Reconozcamos que muchas veces nos instalamos bajo ese “espíritu inmundo” y rechazamos la liberación-sanación que viene de Jesús. ¿Qué debemos hacer? Aceptar que la Palabra de Dios nos libere, nos sane, nos reconcilie y aleje de nosotros todos espíritus impuros. ¡Al demonio con los demonios!

 

Una palabra tuya

En la celebración eucarística vamos a exclamar: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarme”; sí, de todos nuestros espíritus impuros.

Y comeremos el Cuerpo del Señor para cristificarnos, hacer de nuestro espíritu uno con su Espíritu: sano, saludable, sanador, saneador y salvador.

 

P. Mateo Bautista

Religioso camilo