Comentario Bíblico Dominical

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

 

 

Sanar es su forma de amar

Al salir de la Sinagoga, Jesús fue a la casa de Simón y Andrés con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, por lo que en seguida le hablaron de ella. Jesús se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. Se le quitó la fiebre y se puso a atenderlos.

Antes del atardecer, cuando se ponía el sol, empezaron a traer a Jesús todos los enfermos y personas poseídas por espíritus malos. El pueblo entero estaba reunido ante la puerta. [34].Jesús sanó a muchos enfermos con dolencias de toda clase y expulsó muchos demonios; pero no los dejaba hablar, pues sabían quién era.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario. Allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron a buscarlo, y cuando lo encontraron le dijeron: «Todos te están buscando.» Él les contestó: «Vámonos a los pueblecitos vecinos, para predicar también allí, pues para esto he salido.»

Y Jesús empezó a visitar las Casas de oración de aquella gente, recorriendo toda Galilea. Predicaba y expulsaba a los demonios.” (Mc 1,29-39).

 

Radiografía de un alma herida

Escuchemos el sufrimiento de Job. Es un alma hecha jirones, sin consuelo, digna de compasión, que se maldice a sí misma (1ª lectura). “¡Perezca el día que nací y la noche que dijo: «Un varón ha sido concebido!»” (3,3).

Es el aullido del sufrimiento existencial. “¿Por qué no morí cuando salí del seno, o no expiré al salir del vientre?” (3,11).

Es un corazón sin sangre fresca de esperanza que desea obstruir sus arterias. “Pues ahora descansaría tranquilo, dormiría ya en paz...” (3,13).

Es un aliento vital helado que envidia a los abortos. “O ni habría existido, como aborto ocultado, como los fetos que no vieron la luz” (3,16).

Es una viva pregunta existencial por el sentido de un sinsentido. “¿Para qué dar a luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada el alma...” (3,20).

Es una mente ofuscada que no atina a componer las piezas del puzle de sus males infinitos. “... a un hombre que ve cerrado su camino” (3,23a).

Es una fe exigida hasta el extremo. “...¿y a quien Dios tiene cercado?” (3,23b).

Es un espíritu preñado de temor. “Porque si de algo tengo miedo, me acaece, y me sucede lo que temo” (3,25).

Es un creyente fiel que siente el peso del castigo injusto de Dios. “Pues las flechas de Sadday están sobre mí, mi espíritu bebe su veneno, y contra mí se alinean los terrores de Dios” (6,4).

Es una amistad apuñalada. “Me han defraudado mis hermanos...” (6,15).

Es una pena que quiere ser escuchada. “Por eso yo no he de contener mi boca, hablaré en la angustia de mi espíritu, me quejaré en la amargura de mi alma” (7,11).

Es un cuerpo divorciado de su salud. “¡Preferiría mi alma el extrangulamiento, la muerte más que mis dolores!” (7,15).

Es una fe a la que Dios niega su palabra. “Vive Dios, que justicia me rehúsa, por Sadday, que me ha amargado el alma” (27,2).

Job es un alma casi sin alma.

Sin salud, sin consuelo, sin hijos, sin esposa, sin amigos, sin propiedades, sin sentido por la vida, sin futuro, con la muerte cercana... y ¿sin Dios amigo?

¿Quién revelará el rostro paterno de Dios y esclarecerá el misterio del sufrimiento que no conduzca al abismo del sinsentido?

 

El Reino de Dios en acción

El texto evangélico de este V domingo del Tiempo Ordinario es una continuación y consecuencia del evangelio de la semana pasada. El evangelista presenta el inicio de la misión en Galilea, en medio de la respuesta entusiasta de la gente.

La curación de los enfermos por Cristo es señal de que ha llegado el Reinado de Dios. La suegra de Pedro, liberada de la fiebre, “se puso a servirlos”. El Reino de Dios en acción es liberación del mal y sanación integral.

Cuando Dios reina, el ser humano es sanado de sus heridas más íntimas y profundas, y recobra su integridad personal, que lo capacita para ser discípulo misionero ministerial (servidor).

 

Una agenda pastoral muy nutrida

El evangelista san Marcos nos informa de una jornada misionera tipo de Jesús que se inicia con la asistencia a la sinagoga en un sábado por la mañana. Descanso al mediodía (almuerzo) en la casa de Pedro donde sana a la suegra de este. Al atardecer, finalizado el descanso sabático, mucha gente se aglomera junto a la puerta de la casa trayendo a sus enfermos para ser sanados por Jesús.

Tras el descanso nocturno, antes de la luz matutina, el Señor encuentra un tiempo prolongado de oración personal a solas. Después, se reitera el programa en las sinagogas de las otras aldeas.

Jesús aparece en esta jornada: enseñando, sanando, entre la gente y orando en intimidad con el Padre.

El evangelista presenta a Jesús como el Hijo plenamente consagrado a la causa del Reino del Padre, en cuerpo y alma, con todas sus fuerzas y tiempo: un modelo para sus discípulos evangelizadores.

 

Pasó haciendo el bien, curando a los oprimidos por el mal

Los evangelistas ponen bien de manifiesto la opción preferencial de Jesús por el submundo del sufrimiento.

En el ministerio y actitud de Jesús con los enfermos destacan las curaciones. De los 32 milagros narrados, 25 son de curación. Casi una quinta parte de los evangelios trata de esas curaciones y recoge reflexiones hechas con ocasión de su realización. De los 3779 versículos del los cuatro evangelios, 727 se refieren específicamente a la curación de enfermedades físicas y mentales y a la resurrección de muertos. Encontramos además otros 31 sumarios o referencias generales a milagros que incluyen curaciones. Así, de los 678 versículos del evangelio de Marcos, 209, casi un tercio, se refieren a la actuación de Jesús entre los enfermos, inválidos y sufrientes.

Sin embargo, la acción sanadora de Jesús no es la obra de un curandero, taumaturgo, terapeuta o médico. No es el opositor de la ciencia médica sino suscitador de nuevas experiencias saludables y salvíficas.

Jesús se compadece de todo hombre, cuerpo y alma. Aporta una sanación holística liberadora.

 

Jesús es la salud-salvación

Jesús es la salud, modelo terapéutico y proveedor de salud.

Toda su vida, incluido su dolor, sufrimiento y muerte, es un generar salud tanto en la biología (nivel físico) como en la biografía (nivel emocional, social, intelectual, valórico y religioso) de cada individuo y de la convivencia social. Su terapia mesiánica pretende potenciar la biofilia que debe existir en cada persona: “He venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10,10).

Sanar en su forma de amar. Su acción terapéutica procede de una persona sana (vive en clave de salud), saludable (irradia salud), sanadora (cicatriza las ideas afectivas-emocionales internas); saneadora (aporta una salud integral, responsable, gozosa, liberadora, solidaria, personal y comunitaria) y salvadora (lleva a la salvación).

Jesús, en efecto, es sano, saludable, sanador, saneador y salvador.

 

Sanación consustancial con el anuncio del Reino de Dios

Jesús se hace presente donde la vida aparece más amenazada, deteriorada, malograda y aniquilada. Es a partir de su acción liberadora y sanadora, y en el corazón de esa acción, donde se anuncia que el “Reino de Dios está cerca”. En el servicio liberador al hombre enfermo, humillado, ideologizado, doliente, excluido e infeliz es donde Jesús anuncia a la sociedad entera la salvación de ese Dios que es amigo del hombre y de la vida.

Cuando Juan el Bautista quiere saber si Jesús es el enviado de Dios, recibe esa respuesta. La actitud sanadora es lo que mejor caracteriza al Mesías.   

La salud que Jesús promueve no es una simple acción médica sino el signo de la gran salvación de Dios Padre: “Yo soy Yahvé, el que te sana” (Ex 15, 26).

La salud de Jesús se hace sanación. La sanación se hace experiencia salvífica. Sin su actuación sanadora, todo mensaje hubiera quedado reducido a enseñanza sin gesto redentor, a promesa sin contenido, a proclamación sin intervención salvadora.

Cuando confía a los apóstoles la misión de llevar el evangelio hasta los confines del mundo, les manda curar a los enfermos como un signo inequívoco de la presencia del Reino de Dios.

 

La levantó y ¡a servir!

“La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, por lo que en seguida le hablaron de ella. Jesús se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. Se le quitó la fiebre y se puso a atenderlos” (1, 30-31).

La fiebre podía ser indicio de una enfermedad mortal. Jesús, que ha mostrado su poder en el milagro realizado en la sinagoga, se dirige ahora a la habitación de la mujer enferma, la toma de la mano y la levanta liberándola de su peligrosa enfermedad. La descripción es de una simplicidad extrema, pero de gran sugerencia simbólica.

Jesús cura en sábado (liberación de una ley que nació para la liberación y se convirtió en restricción y anulación de libertad). Cura fuera de la sinagoga (que ya como institución no puede dar vida). Jesús toca a la mujer enferma (supera el prejuicio de género y la impureza ritual). Catequiza presentando una imagen correcta de Dios que no prueba  ni castiga con enfermedades.

La curación es instantánea y total, de modo que ella puede retomar inmediatamente sus ocupaciones atendiendo a los huéspedes recién llegados.

En Jesús, todo milagro (o signo) es una situación cristológica y bautismal. El poder de Jesús levanta (recrea, resucita) y rehabilita disponiendo para el ministerio, propio de todo discípulo. Uno de los efectos del dinamismo del Reino de Dios es capacitar para la entrega a la causa de Jesús.

 

Cafarnaúm: un gran hospital

“Antes del atardecer, cuando se ponía el sol, empezaron a traer a Jesús todos los enfermos y personas poseídas por espíritus malos. El pueblo entero estaba reunido ante la puerta” (1,32-33).

El sábado era día de reposo y había que abstenerse de todo trabajo. Transportar un enfermo era violar el sábado. Por eso, el evangelio especifica que “al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados”. Al ponerse el sol, se consideraba que terminaba el sábado y comenzaba un nuevo día. Para nosotros un día termina a las 24 horas (media noche) y esa es la hora cero del nuevo día que comienza. Para un israelita del tiempo de Jesucristo, el día terminaba al ponerse el sol y esa era la hora cero del nuevo día. La Iglesia ha conservado esta práctica en su liturgia. Por eso la celebración del domingo y de las solemnidades comienza en la víspera del día precedente.

“El pueblo entero estaba reunido ante la puerta” (1,33). Cafarnaúm (Israel) parece un gran hospital. Jesús es el médico; Él ha venido a sanar-salvar todo de todos.

 

Que se callen los demonios predicadores

“Jesús sanó a muchos enfermos con dolencias de toda clase y expulsó muchos demonios; pero no los dejaba hablar, pues sabían quién era” (1,34).

Como en la escena del domingo pasado, el evangelista Marcos nos muestra que más allá de la enfermedad hay una presencia del misterioso espíritu del mal: también aquí los demonios hablan y dicen que conocen la identidad de Jesús.

Jesús les ordena silencio. Es muy pronto para desvelar el misterio de aquel taumaturgo. Todavía estamos muy lejos de la cruz…

 

Tratando con su Padre

“De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario. Allí se puso a orar” (1,35).

Aquí tenemos una gran enseñanza. La tarea evangelizadora no es un simple acto de propaganda que dará buenos frutos dependiendo de las técnicas pedagógicas o retóricas que se utilicen, de la erudición del predicador o de los recursos psicológicos que se manejen para atraer a las multitudes.

La evangelización es, esencialmente, obra de Dios, y el evangelizador es un agente de la acción salvadora de Dios. El evangelizador no será un instrumento óptimo si no está en intimidad permanente con Dios, en la oración, escuchando la Palabra y participando de los sacramentos. Y, como consecuencia, a más santidad: más evangelización.

 

Seducción de la popularidad

“Simón y sus compañeros fueron a buscarlo, y cuando lo encontraron le dijeron: Todos te están buscando” (1, 36-37).

¡Cómo seduce la popularidad! Pero el Señor no se deja seducir por esta popularidad. Cuando es solicitado por el pueblo que comienza a apreciarlo, Él sabe que tiene una misión que cumplir y pide a sus discípulos que lo sigan en su viaje misionero por los demás pueblos. La tarea realizada en la jornada de Cafarnaúm debe reiterarse en todas las aldeas de Galilea.

Jesús quiere que su condición de Hijo de Dios se ponga de manifiesto en la cruz, y no en los aplausos por los milagros. ¡Toda una lección para nosotros sus discípulos!

 

Haciendo pastoral de la salud

La tarea evangelizadora no debe quedarse en bellas palabras, ausentes de gestos liberadores. Tampoco se debe dejar absorber por una mera acción social con ausencia de la proclamación de la Buena Nueva del Reino que aporta Jesús. Curar evangelizando, evangelizar curando.

La pastoral de la salud es fruto de la diaconía del Reino de Dios.

Pastoral de la salud es la presencia y acción de un ministerio eclesial de relación de ayuda, específico, entusiasta, encarnado, capacitado, iluminativo, celebrativo, creativo y organizado, inspirado por el Espíritu Santo, realizado a ejemplo, por mandato y en nombre del Señor Jesús, buen samaritano y Salvador, que expresa el amor misericordioso del Padre.

Ministerio llevado a cabo desde la fe, por el anuncio y testimonio explícitos de toda la comunidad cristiana (específicamente, por el obispo, sacerdote, diácono, religioso/a, ministro de la comunión, agente de pastoral, profesional cristiano de la salud y por el mismo enfermo). Apoyándose en los auxilios de gracia divina que son dados en la praxis sacramental, en la escucha de la Palabra revelada, en la vida de oración, en el diálogo pastoral...

Su objetivo: ofertar salud-salvación: curación, asistencia, sanación, humanización, reconciliación, iluminación, sentido vital, crecimiento humano y salvación.

La pastoral de la salud recrea vivamente el espíritu samaritano de Jesús en el dinamismo del Reino de Dios. No debe faltar en cada comunidad la diaconía liberadora de la pastoral de la salud.

Ya lo recomendaba en su Regla Pastoral san Gregorio Magno: “La semilla de la palabra germina fácilmente en el corazón del oyente cuando es regada por la compasión del predicador”.

 

La eucaristía sanadora

Nada hay más saludable y salvífico que la eucaristía pues contiene todo el misterio trinitario, el misterio de la redención y el misterio eclesiológico.

“La Iglesia ha recibido la eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona, de su santa humanidad y, además, de su obra de salvación” (Juan Pablo II, Ecclesia de eucaristía, 11).

La acción sanadora-salvífica de Jesús, heraldo del Padre, continúa en nuestro tiempo, a través del sacrificio eucarístico.

En su eucaristía, el Señor nos sigue reconciliando (levantando), nos sigue liberando con su Palabra de vida eterna y nos sigue salvando nutriéndonos de Él mismo.

La eucaristía “nos hace concorpóreos y consanguíneos de Cristo” (san Cirilo de Jerusalén).

Jesús, nosotros “te comemos y tu nos asimilas” (san Agustín). ¿Puede haber algo más sanador, liberador y salvífico?

 

P. Mateo Bautista

Religioso camilo