Comentario Bíblico Dominical
EL BAUTISMO DEL SEÑOR
Bautizarse es sumergirse en Cristo
“Además de la piel que tenía colgada de la cintura, Juan no llevaba más que un manto hecho de pelo de camello. Su comida eran langostas y miel silvestre. Juan proclamaba este mensaje: «Detrás de mí viene uno con más poder que yo. Yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias, aunque fuera arrodillándome ante él.» Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará en el Espíritu Santo.»
En aquellos días Jesús vino de Nazaret, pueblo de Galilea, y se hizo bautizar por Juan en el río Jordán. Al momento de salir del agua, Jesús vio los Cielos abiertos: el Espíritu bajaba sobre él como lo hace la paloma, mientras se escuchaban estas palabras del Cielo: «Tú eres mi Hijo, el Amado, mi Elegido»” (Mc 1,6-11).
Se completa la epifanía
La fiesta del bautismo del Señor se celebra el domingo sucesivo a la fiesta de su epifanía. Con esta fiesta concluye el tiempo litúrgico de navidad y se completa la epifanía (manifestación) del Señor.
“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Estas palabras son una proclamación solemne de la divinidad de Jesús. Es la voz del Padre que testifica la divinidad del Hijo, corroborada con la presencia del Espíritu en forma de paloma.
El bautismo del Señor es el episodio que da comienzo a la vida pública de Jesús. Desde hoy, domingo a domingo, en el tiempo llamado “Ordinario”, la liturgia dominical nos presentará los hechos, la enseñanza y los milagros de la vida de nuestro Salvador: se irá desplegando ante nosotros el misterio de nuestra salvación con toda su riqueza. Se mostrará a Jesús como la expresión visible de Dios.
Jesús desciende al Jordán
Si leemos con atención el relato evangélico descubriremos que está trazado en paralelismo con lo que aconteció al pueblo de Israel, luego de la salida de Egipto. Según el Antiguo Testamento, después de atravesar prodigiosamente el Mar Rojo (cfr. Ex 14,15-31), los israelitas entraron en el desierto (cfr. Ex 15,22), conducidos por el Espíritu de Yahvéh (cfr. Is 63,13-14). Allí permanecieron 40 años (cfr. Nm 31,13) y sufrieron principalmente tres tentaciones.
El bautismo en el Jordán evoca la epopeya liberadora del Éxodo en el paso del mar Rojo. El bautismo de Jesús destruye en el seno de las aguas todas las fuerzas del mal, destruyendo “los carros del Faraón”, es decir, el poder del pecado.
A su vez, en la cosmogonía judía el mar y las aguas profundas equivalen a los infiernos; es decir, las aguas del abismo son las potencias del mal, del dragón, del maligno, del reino de la muerte, del caos, de las tinieblas. Descendiendo Jesús a las aguas anticipa su descendimiento a los infiernos y su victoria redentora.
La dimensión nupcial del bautismo. Jesús, el novio purificador ya ha limpiado de impurezas a su esposa. Ya pueden celebrarse las nupcias del Cordero, prefiguradas en las bodas de Caná.
El bautismo es teofanía trinitaria
El evangelio de este domingo se ubica en el prólogo del evangelio de Marcos.
El bautismo del Señor es la identificación de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios, según el testimonio cualificado del Bautista, del Espíritu y del Padre. Asistimos a una teofanía, a una revelación de los misterios de Dios.
“En cuanto salió del agua” (v. 10). Lo que viene a continuación no es fruto del bautismo sino la presentación e identidad peculiar de Jesús.
En el bautismo hay un dúo de signos. “Vio que los cielos se rasgaban” (1,10) para indicar una nueva era de benevolencia de Dios. Sobre Jesús, “desciende el Espíritu” que había anunciado Isaías (cfr. Is 11,2).
Finalmente se oye la voz del Padre que, con antiguas palabras proféticas (cfr. Is 42,1), manifiesta poner toda su complacencia en su Hijo. Aquellas palabras se referían al Siervo de Dios, que con sus dolores ejercía una función redentora. El bautismo de Jesús es la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente.
Con estos detalles quedaba diseñada la identidad y la tarea mesiánica de Jesús. Se presentaba ante el pueblo el elegido por Dios como embajador de su misericordia y como agente de salvación para el mundo.
¡Toda una revelación del Hijo!
Y toda una revelación del Dios Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Los dos bautismos
El precursor después de confesar su indignidad ante la persona de Jesús, establece una clara comparación entre su bautismo y el de Jesús. La diferencia entre ambos bautismos consiste en que Juan sumerge a la gente solamente en el agua, con carácter penitencial, mientras que Jesús lo hará en el Espíritu Santo, con carácter de unción. Es decir, el bautismo del Bautista es exterior, un simple lavado con el que se expresa el arrepentimiento y la penitencia, para obtener el perdón de los pecados, mientras que el bautismo de Jesús es una unción del Espíritu Santo que transforma al hombre interiormente y le impregna una nueva vida que viene de Dios.
El bautismo de Jesús nos perdona el pecado de raíz, nos santifica, no hace Hijos de Dios, cuerpo místico de Cristo, templos del Espíritu Santo, herederos del Reino, profetas, sacerdotes y reyes de la nueva alianza.
Indigno de desatar las correas
Juan el Bautista, a pesar de la grandeza de su misión, no es más que un hombre. En cambio Jesús tiene el poder de dar el Espíritu de Dios a los demás hombres. Si tiene potestad de dar el Espíritu es porque no es un simple hombre, realiza acciones exclusivas del poder de Dios.
Las palabras de humildad del Bautista dejan entender que él lo comprende así, pues no se considera digno de ser ni siquiera esclavo o discípulo de Jesús. Quitar o poner las sandalias, en las casas de familia, era realizada habitualmente por los esclavos; y en las escuelas rabínicas lo hacían los discípulos a sus maestros. Aludiendo a la ley del levirato (cfr. Dt 25,5), Juan reconoce que no es el esposo de los tiempos mesiánicos.
Se bautiza sin reconocer sus pecados
“Eran bautizados por Juan, confesando sus pecados” (1,5).
El Hijo de Dios se hizo hombre verdadero, “igual a nosotros en todos menos en el pecado” (Heb 4,15). Hombre verdadero: en el pecado no, pero sí en la condición del hombre pecador, es decir, víctima de la fatiga, del dolor, del hambre y la sed, y sobre todo de la consecuencia más extrema del pecado: la muerte.
Con su bautismo, Jesús reconoce la misión de Juan y el deseo de enmienda manifestado por los que lo han recibido antes. El gesto que Jesús cumple es para la gente un símbolo de muerte; sin embargo, Él no reconoce sus pecados.
Aun cuando Jesús no tenía pecado, se presentó como un penitente cualquiera en medio del pueblo, a fin de identificarse con los hombres. Cargaba con los pecados de todos ellos, y fueron estos los que fue a lavar con su bautismo. ¿Acaso no había profetizado Isaías que el “sería contado entre los malhechores?” (53,12). Cristo es así el representante de la humanidad pecadora.
Se rasgan los cielos
“Y sucederá después de esto que yo derramaré mi Espíritu en toda carne… Y realizaré prodigios en el cielo y en la tierra” (Joel 3,1.3).
Joel, 400 años antes, había anticipado que, cuando llegara el final de los tiempos, Dios iba a derramar su Espíritu desde los cielos (cfr. 3,1-5). Al bajar el Espíritu sobre Jesús bautizado, Marcos está anunciando que quedaban inaugurados los últimos tiempos, los más importantes de la historia.
En cuanto se bautiza Jesús, expresando esa aceptación, los cielos, la morada de Dios, esfera divina, quedan rasgados, asegurando una comunicación interrumpida. El compromiso de Jesús de morir por salvar a su pueblo establece para siempre la comunicación de Dios con los hombres.
Desciende el Espíritu de Dios en forma de paloma
De la esfera divina ve Juan bajar el Espíritu de Dios en forma de paloma.
“Ahora aparece la paloma no para traer un ramo de olivo en el pico, como en tiempos de Noé, sino para señalarnos al que venia a liberarnos de todos nuestros males y para infundirnos las más bellas esperanzas. Esa paloma no venía para sacar a un solo hombre del arca, sino para levantar al cielo la tierra entera y, en lugar del ramo de olivo, trae a todo el género humano la filiación divina”, expresa san Juan Crisóstomo.
Era preciso que interviniera el Espíritu de las grandes creaciones y de las grandes consagraciones, aquel que se cernía sobre las aguas del Génesis, el que había dado carne al Verbo en María y que iba a arrebatarlo para confirmar que Él era el mesías tan esperado (cfr. Is 11,1-9).
Desde este momento, la misión de Jesús Mesías se ve como una liberación universal.
Que el Espíritu descienda sobre Jesús no significa que no poseyera el Espíritu antes del bautismo, sino que Jesús lo recibe de un modo nuevo, en orden a la misión que tiene que comenzar. El Espíritu que Jesús ya poseía, ahora se manifiesta capacitándolo para salir a predicar y hacer presente el Reino de Dios.
Este es mi hijo amado, en quien me complazco
En el bautismo de Jesús, Dios pone fin a un largo silencio, la voz del Padre va a proclamar algo asombroso.
Para entender esta sentencia, hay que saber que desde hacía muchos siglos Israel esperaba a un misterioso personaje, a quien llamaban el Siervo de Yahvéh, y que iba a redimir a todo el pueblo judío con sus sufrimientos. Según Isaías, que fue quien lo anunció, una de las características era que Dios se complacería en él (42,1).
La bajada del Espíritu va acompañada de una voz, también del cielo, que formula lo significado por ella: “Este es mi hijo” es referencia al rey Mesías (Sal 2,7). “Mi amado” es alusión a Is 42,1, el texto del Siervo de Dios. “En quien me complazco”, alude a Gn 22,2, pasaje en el que Dios pide a Abrahán el sacrificio de su hijo único. En esta frase se expresa la aceptación por parte de Dios de la muerte a la que Jesús se ha comprometido para llevar a cabo su misión.
Renovar las promesas bautismales
Ser crucificados con Cristo, morir al pecado y vivir con Cristo una vida nueva es el efecto sacramental de ser bautizados en Cristo Jesús. Nos lo recuerda san Pablo: “¿Es que ignoran que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos pues con él sepultados por el bautismo en la muerte a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos… así también nosotros vivamos una vida nueva… nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesaramos de ser esclavos del pecado” (Rom 6,3-4.6).
Con Cristo somos sumergidos en la muerte para salir de allí resucitados. Con Cristo las aguas nos purifican, nos calman la sed, nos alimentan, nos dan vida, nos hacen salir victoriosos de todas nuestras muertes cotidianas.
“Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con él; descendamos con él para ser ascendidos con él; ascendamos con él para ser glorificados con él” (san Gregorio Nacianceno. Or. 40, 9).
No hay una realidad más hermosa que haber sido bautizados.
Nuestro bautismo es un baño con agua acompañado por las palabras del sacerdote: Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Este es el signo. Pero allí hay un misterio: está abriéndose el cielo e irrumpiendo el Espíritu Santo sobre una persona; y la voz del Padre está diciendo: Este es mi hijo amado. Éste es el efecto. En el bautismo de Jesús en el Jordán la voz del Padre declaró lo que Jesús ya era desde toda la eternidad: el Hijo eterno de Dios por naturaleza. En nuestro bautismo, la voz del Padre declara lo que llegamos a ser allí: hijos adoptivos de Dios por gracia.
No hay mayor dignidad que la de ser Hijos de Dios. No hay una vocación más importante y más actual que la de ser hijos en el Hijo.
¿Vivimos como bautizados?
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P. Mateo Bautista Religioso camilo
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