Comentario Bíblico Dominical

XVIII domingo durante el año

03 de agosto de 2008

 

Primera lectura: Is 55,1-3

Escúchenme y vivirán

Salmo responsorial: Sal 144

Cerca está el Señor de los que lo invocan

Segunda lectura: Rom 8, 35.37-39

En todo salimos vencedores gracias a Aquél que nos amó

Evangelio: Mt 14, 13-21

Todos comieron hasta saciarse

 

Para mucha hambre, un gran banquete

 

¿Por qué dar dinero a cambio de lo que no es pan?

El capítulo 55 del libro de Isaías, corresponde al llamado Deutero-Isaías (Segundo Isaías), un autor inspirado (diferente del profeta Isaías del siglo VIII) al que se le atribuyen los capítulos 40 al 55.  A tenor de sus primeras palabras: Consuelen, consuelen a mi pueblo (40,1) se lo llama: Libro de la consolación de Israel.

El Deutero-Isaías recuerda, al final del destierro de Israel, que el juicio ya ha concluido con la ruina de Jerusalén y que el tiempo de la restauración está cerca. Se acerca una renovación completa por parte de Dios creador y salvador. Dios es compasivo, está con su pueblo. Vienen tiempos de abundancia y felicidad. Todo es presentado como un nuevo éxodo más maravilloso que el primero que concluirá en la nueva Jerusalén.

El profeta pregunta: ¿Por qué dar su salario por algo que no deja satisfecho? Una demanda también para nosotros, hombres y mujeres modernos tan hambrientos y despistados: ¿Sabremos buscar el buen alimento en el lugar (persona) adecuado?

 

Vencedores gracias a Aquél que nos amó

El salmista exulta: El Señor es bueno con todos; es cariñoso con todas sus criaturas.

El apóstol Pablo nos pregunta: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Sugiere que el origen del amor es ser amor amado y su esencia es ser amor amante. Él, cautivado amorosamente por Cristo, se entrega de por vida a manifestar a Dios y a los hermanos el amor divino recibido. Al sentirse de tal modo amado y redimido por Cristo, reafirma su autoestima, su voluntad, su vocación-misión. Ya nada le resultará imposible. Ningún obstáculo lo paralizará.

Pablo, nos cuenta: Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en el abismo. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias. Y nos reafirma: En todo salimos vencedores gracias a Aquél que nos amó y ¡Nada podrá separarnos jamás del amor de Dios manifestado en Cristo, nuestro Señor!

¿En las alegrías estamos con Jesús? ¿En las adversidades dejamos que Jesús con su amor esté con nosotros?

 

Un maestro con compasión

En las parábolas de los domingos precedentes, Jesús es el maestro que enseña con autoridad las cosas del Reino de los cielos. Ahora se muestra a Jesús compasivo (cura a los enfermos) que actúa con poder (multiplica los panes y peces).

La escena del evangelio recuerda la multiplicación de los panes realizada por Eliseo (2 Re 4,42-44) y está en relación con Éxodo 16: lugar desierto, falta de comida, gente que es saciada inesperadamente. El Mesías habría de cumplir en plenitud el éxodo: la liberación definitiva. Jesús es el nuevo Moisés que alimenta a su pueblo. Jesús cumple el anuncio profético de la primera lectura.

Jesús es el maestro que alimenta con el pan de la Palabra (a una multitud hambrienta de la palabra de salvación), con el pan de la compasión (a una multitud herida y enferma), y con el pan Eucarístico (a una multitud que espera el Reino definitivo de Dios).

 

Alimentar a judíos y paganos

La multiplicación de panes y peces es un milagro narrado por los cuatro evangelistas (Lc 9,10-17; Jn 6,1-15), con la peculiaridad de que está duplicado con clara intención teológica en el evangelio de Marcos (6,34-44 y 8,1-9) y de Mateo (14,13-21 y 15,32-39).

Para los primeros cristianos, es el más significativo de todos los milagros de Jesús, no tanto por su impresión, ya que otros pueden admirar más (v. g. la vuelta a la vida de los muertos), sino porque preanuncia la Eucaristía: Levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a sus discípulos (Mt 14,19 = 26,26); y preanuncia el banquete definitivo del Reino, inaugurado ya por Cristo.

El motivo de los panes y los peces ocupa un puesto destacado, desde el principio, en la simbología e iconografía cristianas: mosaicos, frescos de las catacumbas y lugares de culto.

El milagro (primera narración) ocurre en la orilla occidental del lago de Galilea, lugar judío: para alimentar el hambre anhelante del pueblo de la salvación. La segunda narración ocurre en la orilla oriental del lago, para alimentar el hambre profunda de los paganos.

 

No necesitan irse. Denles ustedes de comer

Ante la pregunta, ¿qué hacer con la multitud?, los discípulos proponen despedir, es decir, desentenderse de la gente.

Jesús es contundente: No necesitan irse. ¡Pobres! ¿A dónde iban a ir? Sólo Jesús es el camino, la verdad y la vida. No tienen que ir a ningún otro. Jesús ordena: Denles ustedes de comer.

Tras la bendición, Jesús da los panes a los discípulos para que los repartan entre la gente. La referencia a la Iglesia aparece con claridad en el papel que desempeñan los discípulos como intermediarios entre Jesús y la gente. Esta acción prefigura la misión de los cristianos como mediadores entre Jesús y los hombres y la de los apóstoles con respecto a la comunidad.

 

Pluriforme hambre

También hoy la tarea de los discípulos de Jesús pareciera una misión imposible ante tantos embates y necesidades ¡las multitudes siguen teniendo hambre!

El hambre es pluriforme. Hay hambre en los pobres, hay hambre en los ricos. Hay hambre en el Tercer Mundo y el Primer Mundo. Hay hambre de trabajo, de vivienda, de educación, de libertad. Hay hambre de absoluto, de trascendencia, de vida eterna. Hay hambre en los niños desnutridos, en las madres solteras, en los drogadictos, en los suicidas, en los jóvenes materializados del primer mundo…

De nuevo retumba la voz del Señor: No necesitan irse. Denles ustedes de comer. La gente se sació con Jesús. Si la multitud actual no va donde Jesús: más hambre, más vacío, más muerte.

Hay que alimentar a los hombres de nuestro tiempo con el Pan de la Palabra, con el pan de la compasión, con el pan Eucarístico. ¡Toda una misión apostólica para nosotros discípulos misioneros!

 

Hambre de la Eucaristía. Hambre de Jesús

Estamos celebrando la Eucaristía, saciando nuestra hambre profunda. Pero, ¿el hombre actual tiene apetito de Dios? ¿El mismo creyente tiene necesidad de comer a Jesús? La inapetencia de la Eucaristía es anemia del espíritu.

Cuando se observa el ambiente de la participación del pueblo de Dios en la Eucaristía se nota que, en muchas ocasiones, no hay hambre de alabanza, no hay hambre de unión con el sacrificio de Cristo, no hay hambre de un deseo visceral de ser fraternal como lo fue Jesús. Tras la Eucaristía se percibe que no ha habido empatía eucarística y el vacío con Cristo sigue.

 

Si el cristiano no es eucarístico, no es cristiano

Nada hay mejor para enamorarse de la sublimidad de la Eucaristía que experimentar sus dones. Fray Luis de Granada (1504-1588), en su Manual de la vida cristiana, los describe así:

Pues por aquí puedes fácilmente conocer qué es lo que obra en ti este Señor cuando viene a ti. Porque viene a honrarte con su presencia, a ungirte con su gracia, a curarte con su misericordia, a lavarte con su sangre, a resucitarte con su muerte, a alumbrarte con su luz, a inflamarte con su amor, a regalarte con su infinita suavidad, a unirse y a desposarse con tu ánima, y hacerte partícipe de su espíritu y de todo cuanto para ti ganó en la cruz con esa misma carne que te da. Y así este divino sacramento perdona los pecados pasados, esfuerza contra los venideros, enflaquece las pasiones, disminuye las tentaciones, despierta la devoción, alumbra la fe, enciende la caridad, confirma la esperanza, fortalece nuestra flaqueza, repara nuestra virtud, alegra la conciencia, hace al hombre participante de los merecimientos de Cristo, y da prendas de la vida perdurable. Éste es aquel pan que confirma el corazón del hombre, que sustenta los caminantes, levanta los caídos, esfuerza los flacos, arma los fuertes, alegra los tristes, consuela los atribulados, alumbra los ignorantes, enciende los tibios, despierta los perezosos, cura los enfermos, y es común socorro de todos los necesitados. Pues si tales y tan maravillosos son los efectos de este sacramento, y tal la bondad y amor del que nos lo da, ¿quién no será codicioso de tales riquezas? ¿Quién no tendrá hambre de tan excelente manjar?

La Eucaristía es el sacramento del don supremo de Cristo para la redención del mundo (Benedicto XVI). Por eso, si el cristiano no es eucarístico no es cristiano.

 

 

P. Mateo Bautista

Religioso Camilo