Comentario Bíblico Dominical

Solemnidad de la Ascensión del Señor

04 de mayo de 2008

 

 

Primera lectura: Hech 1,1-11

Los apóstoles vieron elevarse a Jesús

Salmo responsorial: Sal 46,2-3.6-9

Pueblos todos, aclamen a Dios con gritos de júbilo

Segunda lectura: Ef 1,17-23

Cristo, cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo

Evangelio: Mt 28,16-20

Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin de la historia

 

Asciende la cabeza… y el cuerpo

 

Fiesta de la Cabeza y del cuerpo

El sentido de esta solemnidad de la Ascensión lo encontraremos bellamente expresado en las oraciones de la liturgia:

El Señor Jesús, rey de la gloria, triunfador del pecado y de la muerte, ante la admiración de los ángeles, ascendió hoy a lo más alto de los cielos, como mediador entre Dios y los hombres, juez del mundo y Señor de los espíritus celestiales. No se fue para alejarse de nuestra pequeñez sino para que pusiéramos nuestra esperanza en llegar, como miembros suyos, a donde Él, nuestra cabeza y principio, nos ha precedido (Del prefacio de La Ascensión).

Llena, Señor, nuestro corazón de gratitud y de alegría por la gloriosa ascensión de tu Hijo, ya que su triunfo es también nuestra victoria, pues a donde llegó Él, nuestra cabeza, tenemos la esperanza cierta de llegar nosotros, que somos su cuerpo (Oración colecta de la Ascensión).

Cristo el Resucitado, el Señor, el Triunfador, el Exaltado por el Padre, el Sentado a la derecha del Padre, el Mediador, el Cabeza de la Iglesia, nuestra Esperanza.

 

Ascensión que es exaltación y glorificación

La tradición más antigua de la Iglesia relaciona pascua y glorificación (cfr. Rm 1,1-3 y Flp 3,1-11). En la concepción de la exaltación de Jesús, jugó un papel muy importante el Salmo 110 que la Iglesia naciente interpretó en clave cristológica: Dijo el Señor a mi Señor, siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos como escabel de tus pies.

La Ascensión de Jesús narrada sólo en Hch 1,4-12 (las alusiones en Lc 24,51 y Mc 16,19 no son narraciones de la Ascensión) tiene como significado principal poner de relieve la total exaltación y glorificación de Jesús. La Ascensión es una escenificación literaria que prolonga el triunfo de la resurrección añadiendo dimensiones supraterrenas y cósmicas.

La formulación literaria corresponde a la cosmología de la época. Se representaba entonces el mundo como en tres planos superpuestos y paralelos: arriba, el cielo, morada de Dios; en el medio, la tierra plana para lo hombres; debajo, el reino de los muertos.

Con esta categoría literaria espacial se quiere expresar una teofanía bíblica; no se desea indicar que Jesús subió al cielo en el sentido literal de la palabra, porque Dios no vive en los espacios siderales más allá de las nubes, sino que fue exaltado como Señor junto a la gloria del Padre. Es un modo de representar, por un lado, la falta de presencia física y perceptible de Jesús en este mundo y, por otro lado, su elevación sobre todo lo mundano, su nueva existencia gloriosa y su total señorío divino: Sentado a la derecha del Padre.

Ser elevado es señal de exaltación y gloria; la derecha es el lugar de honor; estar sentado es postura de majestad.

 

Sentado a la derecha del Padre, pero muy ocupado

Esta afirmación (Mc 14,62; Ef 1,20; Col 3,1; Heb 12,2) ofrece uno de los símbolos básicos de la tradición cristiana. Nuestro Credo profesa también esta afirmación. Jesús, sentado, es presentado en línea de los reyes que toman asiento para imponer su autoridad, de los magistrados que ocupan su sede para juzgar, o de los maestros que sientan catedra para enseñar a sus discípulos. En el Antiguo Testamento se imaginaba a Dios sentado sobre trono de su gloria. Ahora, sobre ese trono se sienta Jesús.

Jesús está sentado pero no acostado ni dormido. No deja la historia para abandonarla sino para acompañarla, para ser su referente, mediando para ella, donde culminará su juicio mesiánico.

Él ha sido elevado ya a lo más alto de los cielos; sin embargo, continúa sufriendo en la tierra a través de las fatigas que experimentan sus miembros. Así lo atestiguó con aquella voz bajada del cielo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y también: Tuve hambre y me disteis de comer…Él está allí, pero continúa estando con nosotros; asimismo, nosotros, estando aquí, estamos también con él. Él está con nosotros por su divinidad, por su poder, por su amor; nosotros, aunque no podemos realizar esto como él por la divinidad, lo podemos sin embargo por el amor hacia él (San Agustín, Sermón sobre la Ascensión).

 

Ascensión que es promesa y tarea

En Lucas-Hechos, se interpreta la victoria mesiánica de Cristo en forma de Ascensión, poniendo un límite temporal a las apariciones pascuales, ofreciendo el esquema de la liturgia eclesial.

La Ascensión es despedida (fin del tiempo pascual), es elevación (misterio de glorificación) y es Promesa (Jesús no retorna sin más al cielo sino que cumple una nueva misión: media por su Iglesia, envía el Espíritu Santo y promete su retorno).

Entre Ascensión y retorno es el tiempo de la Iglesia: del discipulado, de la misión, del ministerio eclesial.

 

Una herencia imperdible

Al ser Hijos de Dios Padre, hermanos redimidos por Cristo y templos del Espíritu Santo, ya no somos extraños ni forasteros sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios (Ef 2, 19). Cristo es la cabeza de la Iglesia (cfr 1 Cor 12,12), cabeza de la Iglesia que es su cuerpo (Ef 1,23).

Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda espíritu de sabiduría y de revelación, que les permita conocerlo perfectamente.

La lectura de este domingo, de la carta a los Efesios (1,17-23), nos recuerda nuestra herencia: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda espíritu de sabiduría y de revelación, que les permita conocerlo perfectamente.

Que Él ilumine sus corazones, para que comprendan cuál es el valor de la esperanza a la que los llama, cuál es la espléndida riqueza que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza poderosa.

Somos unos herederos infinitamente a-fortuna-dos.

 

Ascensión y Asunción

La Ascensión de Jesús es nuestra asunción. Ascensión ha quedado reservada para Jesús y resalta el carácter activo de su gesto: sube o se eleva por sí mismo. Asunción: se emplea para la Madre de Jesús y, por extensión, para todos los creyentes. Donde está la Cabeza (Cristo) ha de estar su cuerpo (la Iglesia).

Cristo es un solo cuerpo formado por muchos miembros. Bajó, pues, del cielo, por su misericordia, pero ya no subió él solo, puesto que nosotros subimos también en él por la gracia. Así, pues, Cristo descendió él solo, pero ya no ascendió él solo; no es que queramos confundir la divinidad de la cabeza con la del cuerpo, pero sí afirmamos que la unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de su cabeza (Sermón de San Agustín sobre la Ascensión).

 

Admiradores, bien; adoradores, mejor

El relato del evangelio de este domingo extraído de San Mateo (28,16-20) indica: Los once discípulos fueron a Galilea, al cerro que Jesús les había indicado. Y, al ver a Jesús, lo adoraron, aunque algunos todavía dudaron.

Se puede (y se debe) admirar a Jesús, pero no es suficiente. De la admiración hay que pasar a la adoración. Hay muchos admiradores y pocos adoradores. El evangelista destaca: Algunos todavía dudaron. Puede que nosotros no dudemos de Jesús, pero existe una terrible tentación: vivir creyendo en Jesús pero planificar la vida sin Él, ni con Él, ni para Él.

Constituyamos a Jesús como el Señor (kyrios) de nuestra vida. Sólo Él es nuestro redentor, nuestro salvador. Sólo a Él honor y gloria. Sólo Él es nuestro Dios, ¡fuera los ídolos!

Cristificarse es la mejor manera que tenemos de glorificar a Jesús.

 

Discípulos misioneros ministeriales

Ya en los evangelios se venía insistiendo en el mandato misionero de Jesús: los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar (Lc 9,2): anuncio y acción pastoral.

La Ascensión, además del triunfo de Jesús, conlleva el recuerdo del mandato misionero. Los discípulos son invitados a no quedarse mirando al cielo. Reciben el encargo de continuar la misión de Jesús en este mundo: formar discípulos en todas las naciones, bautizar y enseñar a observar todo lo que les he ordenado.

El mandato misionero de Jesús es anuncio de la Buena Noticia del Reino; es tarea de bautizar, incorporando constantemente nuevos miembros a la Iglesia de Cristo, camino de salvación; es cumplir las enseñanzas (y obras) de Jesús, practicando el carisma de la misericordia, como buenos samaritanos.

Discípulos, sí; misioneros, siempre; ministeriales, de por vida.

 

Hablar del cielo, ¿alienación?

El que peregrina, y se sabe un peregrino, desea la patria, y ese deseo hace penosa la peregrinación. Si uno ama la peregrinación, se olvida de la patria y no quiere regresar. Nuestra Patria es tal que no podemos anteponerle ninguna otra cosa. Puede suceder que algunos hombres se enriquezcan mientras peregrinan. Los que pasaban necesidad en su propia patria y se enriquecen durante la peregrinación, no quieren volver. Pero nosotros hemos nacido como peregrinos, lejos de nuestro Señor que inspiró el hálito de vida al primer hombre. Nuestra Patria está en el cielo, nuestros conciudadanos son los ángeles. Desde nuestra Patria, para invitarnos a volver, nos han mandado unas cartas que diariamente se leen al pueblo (San Agustín, Sermón 378).

En el discurso a Diogneto, de los primeros siglos de la cristiandad, se nos recuerda: los cristianos viven en la carne pero no según la carne… Viven en la tierra pero su ciudadanía está en el cielo… Los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo…Tal importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no es lícito desertar.

Hubo un tiempo en que hablar del cielo y de la esperanza celestial era visto como alienación. Hablar del cielo no es alienación. Hablar del cielo sin compromiso cristiano sí es alienación. Anhelar el cielo es la gran y definitiva esperanza. La santidad es la gran vocación cristiana. La vida eterna es nuestra meta.

Hoy nuestro Señor Jesucristo ha subido al cielo; suba también con él nuestro corazón (San Agustín).

 

Con Jesús, no hay misión imposible

Jesús invita a sus discípulos a realizar la misión que les encomienda. ¿Cómo llevar la evangelización a un mundo tan grande y complejo? ¿Tanta misión para tan pocos? ¿Esta encomienda ingente y llena de adversidades no asustará al más valiente y lo doblegará? Jesús calma a sus discípulos (y a nosotros) con una espléndida promesa: garantiza su misteriosa pero real presencia para con nosotros: Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin de la historia.

La promesa es clara y contundente: todos los días… Ya no habrá momentos vacíos; no habrá abandonos porque Jesús es fiel, nunca está ausente, jamás se arrepiente de ofrecerse como amigo y fortaleza de nuestras vidas. Con este compañero de camino ya no hay misión imposible.

 

Utilizar los nuevos púlpitos de la Comunicación

En la fiesta de la Ascensión, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las Comunicaciones.

Lo que yo he dicho al oído, díganlo ustedes desde el tejado, nos dice Jesús (Mt 10,27).

Hoy sobre el tejado están los nuevos púlpitos: el mundo audio-visual: la radio, la televisión, el internet…, que desempeñan un papel muy significativo.

No existe ámbito de la experiencia humana —más aún si consideramos el amplio fenómeno de la globalización— en el que los Medios de Comunicación social no se hayan convertido en parte constitutiva de las relaciones interpersonales y de los procesos sociales, económicos, políticos y religiosos.

Hay que evitar que los Medios de Comunicación social se conviertan en megáfono del materialismo económico y del relativismo ético, verdaderas plagas de nuestro tiempo. Por el contrario, pueden y deben contribuir a dar a conocer la verdad sobre el hombre, defendiéndola ante los que tienden a negarla o destruirla (Mensaje de su Santidad Benedicto XVI para la XLII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 2008).

Hoy día, no utilizar los Medios de Comunicación social no es humildad, es pereza espiritual. Utilicemos, sabia, eficaz y prudentemente, bajo la iluminación del Santo Espíritu, los Medios de Comunicación. Quejémonos menos de ellos y mandemos nosotros el buen mensaje. Formemos agentes de pastoral de la Comunicación. La gran noticia ya la tenemos: la salvación de Cristo.

 

Semana de oración por la unidad de los cristianos

La Iglesia celebra la Semana de Oración por la unidad de los cristianos, iniciativa que ya cuenta con 100 años de existencia (1908-2008).

Que resuenen en cada uno de los cristianos (y de los dirigentes eclesiásticos) las palabras de Jesús: …Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en Ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17,21).

La división de los cristianos es todo un escándalo antievangélico al que ya lamentablemente, nos hemos acostumbrado. Y la división sigue y el proselitismo religioso continúa…

La unidad de los cristianos es tarea de todos y de cada uno, pero es misión especial de los dirigentes religiosos de los cultos. Si en las cabezas no hay unidad, ¿la habrá en el pueblo de Dios? Ciertamente que por la puerta del Ecumenismo todos debemos entrar de rodillas… y en oración.

Durante esta semana (más especialmente) pidamos al único Pastor que nos ayude a encontrar los caminos de la unidad.

 

 

P. Mateo Bautista

Religioso Camilo