Comentario Bíblico Dominical
3er Domingo de Pascua
06 de abril de 2008
Primera lectura: Hech 2,14.22-23
A este Jesús, Dios lo resucitó y todos nosotros somos testigos
Salmo responsorial: Sal 15,1-2.5.7-11
Señor, me harás conocer el camino de la vida
Segunda lectura: 1 Pe 1,17-21
La fe y la esperanza de ustedes estén puestas en Dios
Evangelio: Lc 24,13-35
¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?
Sin resurrección, la ceguera es permanente
Se les atragantó la cruz
El relato evangélico nos aporta una revelación pascual acaecida a dos discípulos del maestro fracasado que vuelven a sus asuntos; revelación en un camino de decepción.
¿Quiénes eran esos dos de ellos? (v. 13). No parecen ser discípulos ocasionales sino de los que estuvieron muy cerca de Jesús, escucharon sus predicaciones, lo tocaron con sus manos, lo vieron con sus ojos y se entusiasmaron con él. Formaron parte del grupo que rodea a los Once. ¿Y ahora? Están en crisis, sin paz, desconcertados, decepcionados, confusos y han decidido volver a lo suyo.
No pudieron digerir el escándalo de la cruz. El fracaso del mesianismo de Jesús les dejó sin esperanza. El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí (Lc 14,27). Y se retiran de la comunidad, de Jerusalén: lugar teológico de encuentro con Jesús resucitado, razón de la esperanza, fuente de inteligencia espiritual, inspiración para el discipulado-misión. Se van a Emaús: a lo cotidiano, a lo de siempre, a la muerte de la ilusión, al refugio de la desesperanza.
Jesús compañero en el camino
Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos (v. 15).
Iban juntos como amigos pero discutían sobre algo que los diferenciaba. No se ponían de acuerdo sobre cómo interpretar la actuación de Dios en el final desastroso de Jesús, que se había presentado como profeta poderoso en obras y palabras (v. 19) y constituía la gran esperanza para liberar a Israel (v. 21).
¡Eran dos discípulos en duelo que no sabían qué hacer con el muerto!
¡Cuántas veces el creyente queda decepcionado por la actuación de Dios en quien creía como Padre benefactor, protector ante todos los peligros; o tal vez quede desanimado por el avance del mal y por los parcos logros del Evangelio! Viene la tentación de tirar la toalla.
Y Jesús sale al encuentro de aquellos caminantes angustiados. ¡Cuántas veces también nosotros, creyendo que Dios se ha alejado, nos apresuramos a llegar a él, sin notar que ya nos ganó de mano! ¡Cuántas veces lo convocamos angustiosamente para no dejarlo entrar, transformadoramente, en nuestras crisis! Dios nos viene pisando los talones pero no lo vemos porque también nuestros ojos están retenidos (v. 16), no tienen la inteligencia de la Resurrección.
Un credo de resurrección sin vida de resurrección
Jesús, tras tomar la iniciativa del encuentro, se une a ellos discretamente, caminando buen rato sin invadir, sin interrumpir, sin obligar a hablar bajito o cambiar de conversación. Y con una pregunta abierta, respetuosa -recurso válido para interesarse por las personas y entrar en su mundo interior- se inicia el diálogo. ¿De qué discuten entre ustedes mientras van andando? (v. 17).
La pregunta provoca doble respuesta; una no verbal: Éstos se pararon con aire entristecido (v. 18a). También la corporeidad habla. El mapa exterior de la persona es una guía de sus paisajes interiores: el agente pastoral debe familiarizarse con ellos y aprender sus rutas (A. Pangrazzi). Y otra respuesta verbal: ¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella? (v. 18b).
Aparentemente, no cayó muy bien la pregunta de Jesús, quien se da cuenta pero no evade la cuestión sino que neutraliza las palabras del discípulo mostrando de nuevo interés por su interés: ¿Qué cosas? (v. 19a).
Lo de Jesús... (v. 19b). De esta manera da pie para desahogar angustias escondidas, ofrecer hospitalidad a sentimientos frustrados, compartir íntimas inquietudes... Así se alivian los corazones, se clarifican las mentes y puede surgir un rayo de esperanza.
Algunas mujeres de nuestro grupo nos han inquietado, pues fueron muy de mañana al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, volvieron hablando de una aparición de ángeles que decían que estaba vivo (v. 22-23).
¡Es curioso! Los discípulos profesan con tristeza un verdadero credo, pero no lo han pasado de los labios al corazón. Así sucede con muchas personas en crisis: hablan de Jesús pero no han hecho experiencia de Jesús muerto y resucitado.
El arte pastoral de la confrontación empática
El Resucitado escucha con atención, sin interrumpir, la larga explicación. Después de la escucha llega el momento de la confrontación empática, que no del enfrentamiento. Los discípulos no se esperaban aquellas palabras de sacudida: ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! (vv. 25-26).
Tal vez nosotros mismos quedemos sorprendidos por la dureza de estas palabras. Cuando nos encontramos ante alguien en crisis, estamos tentados de evadir la realidad, suavizar el conflicto, acudir al consabido: ¡ánimo! En cambio, Jesús prefiere abrirnos los ojos a la realidad para que la asumamos, la transformemos o nos transformemos ante ella.
Mejor que nuestras palabras: la Palabra
¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria? (v. 26).
Jesús inicia una catequesis bíblica. La confrontación se transforma en momento educativo a la luz de la Palabra de Dios, sin cambiar la lógica de Dios sobre el sufrimiento, abriendo ante la crisis un camino nuevo de referencia, superación y crecimiento.
Y empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras (v. 27). Es la gran lectura cristológica de toda la Escritura. Todo el Antiguo Testamento se recapitula en Cristo. La cruz y la resurrección son la clave hermenéutica de toda la Biblia.
El diálogo de Jesús con los caminantes engendra interés y sentimientos de amistad mutua. Estaban viviendo una experiencia de comunión.
El valor pastoral de la hospitalidad
El hizo ademán de seguir adelante pero lo forzaron diciéndole: ‘Quédate con nosotros...’ (vv. 28-29).
Conforme a la usanza oriental, el invitado ha de hacerse rogar y ser forzado suavemente. Este quédate es un abrir la casa de la vida, un deseo de estrechar lazos más profundos por parte de aquellos que observan que el interlocutor desconocido respeta ideas y puntos de vista, aporta calor humano y está interesado en hacer crecer en las cosas de Dios, en el atardecer del peregrinar de personas en crisis, justo cuando más se necesita tener alguien al lado.
Jesús no rechaza el don sagrado de la hospitalidad y, al permitírsele entrar en la casa de su alma, se revela en la fracción del Pan. El es quien nos busca, camina junto a nosotros, comprende nuestras dificultades, respeta nuestros tiempos, susurra su presencia, cortésmente demanda hospitalidad y, desde dentro, alimenta nuestra esperanza, regenerándonos con su Palabra saludable y fortaleciéndonos con sus Sacramentos sanadores.
Sin Eucaristía: anemia de resurrección
El diálogo pastoral y la interpretación de las Escrituras preparan para la revelación de Jesús que se obtiene plenamente en la fracción del pan, claramente para Lucas la Eucaristía, presencia real y terapéutica para el creyente.
Desde aquel día glorioso, de la victoria de Cristo, la Iglesia no separará el domingo (día del Señor resucitado) de la Eucaristía (sacrificio de Cristo muerto-resucitado); y unirá para siempre en la Eucaristía la proclamación de la Palabra con el Banquete del Cuerpo del Señor.
Ardiendo el corazón
¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros...? (v. 32).
Hasta este momento la tristeza embargaba a los discípulos. Hablaban de su maestro crucificado, pero fríamente. Ahora Jesús calienta su corazón desde dentro y se produce el milagro: el miedo deja paso al abandono en Dios; la tristeza a la alegría; el pesimismo a la confianza; el echarse atrás al compromiso misionero; el alejamiento a la comunión eclesial. Son los frutos de la Resurrección.
A los evangelizadores de la Buena Noticia se nos plantea una cuestión: ¿transmitimos a quienes evangelizamos el calor de la humanidad y el entusiasmo de la fe propios de quien Dios ha calentado el corazón?
Situación bautismal-eclesial
Y levantándose al momento se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once... (v. 33).
Habían caminado hasta Emaús de día pero con noche interior (sin resurrección); ahora vuelven a la comunidad (Iglesia: de la que no debían haberse ido) de noche pero con luz interior (viven ya como resucitados).
Van entusiasmados para anunciar el Kerigma, pero la comunidad se lo anuncia a ellos: ¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón! (v. 34).
Se produce una situación bautismal: re-nacieron a la fe y a la comunión eclesial, gracias a que un fracasado en la cruz y resucitado pisó sus talones y calentó su corazón: el Emmanuel, Dios con nosotros, tras nosotros y por delante de nosotros.
Infancia Misionera: los pequeños grandes discípulos misioneros
En este tercer domingo pascual se celebra la Infancia Misionera. No privemos a los niños de encontrarse e intimar con Jesús. La semilla de la evangelización ha de caer cuanto antes en el corazón tierno de los niños. No privemos a los pequeños de ser discípulos misioneros de Jesús.
Por las calles de Turín, Italia, un joven, casi todavía niño, se dirigía alegre a su casa. De pronto, se detuvo apenado y con evidente disgusto. Cerca de él, siguiendo el mismo camino, un hombre había pronunciado una blasfemia.
Aquel joven tenía un alma especial, delicada para las cosas de Dios. No pudo soportar que el Nombre de Dios fuera de aquel modo ofendido. Tenía que hacer algo. Con naturalidad aceleró el paso y se acercó al hombre, que le sacaba un palmo de estatura.
-Señor, -le preguntó- ¿podría decirme dónde está el oratorio de Don Bosco?
La pregunta era una simple excusa pues de allí venía. El Hombre impresionado por la simpatía del muchacho cambió su faz malhumorada.
-Lástima, chico. No puedo orientarte. ¡Ya me gustaría poderte ayudar!
-Tal vez podría hacerme un favor distinto.
-Si está a mi alcance, con gusto lo haré, muchacho.
Extremando su amabilidad, el jovencito tomó delicadamente al hombre por el brazo y lo apartó del tumulto de gente que por allí pasaba, y le susurró al oído:
- Señor, tenga la bondad de hacerme un gran favor: prométame que no blasfemará de Dios nunca más.
En segundos, el hombre pasó del asombro a la admiración.
-Puedes estar seguro que no lo volveré a hacer. ¡Me has dado una lección de las que no se olvidan! Además de simpático eres valiente. ¡Muchas gracias, joven!
El hombre siguió su camino y el muchacho continuó el suyo, con la alegría de haber sido consecuente con su condición de cristiano. Era Domingo Savio (1842-1855), que murió a los quince años, y es santo.
P. Mateo Bautista
Religioso Camilo