Comentario Bíblico Dominical

10º domingo durante el año

08 de junio de 2008

 

Primera lectura: Os 6,3-6

Conocimiento de Dios más que holocaustos

Salmo responsorial: Sal 49

Al que va por buen camino, le haré gustar la salvación

Segunda lectura: Rom 4,18-25

La fe fue tenida en cuenta para su justificación

Evangelio: Mt 9,9-13

No he venido a llamar a justos sino a pecadores

 

El escándalo de la misericordia divina

 

Religión es religación con Dios y con el hermano

El núcleo esencial de la primera lectura está en las palabras que el profeta Oseas pone en boca de Dios: Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos. Idea frecuente en la tradición de los profetas, que siempre fustigaron el culto vacío y la hipocresía de quienes se creían en regla con Dios por cumplir ciertos ritos, como suntuosos sacrificios en el templo, diezmos, ayunos y purificaciones, mientras se olvida la justicia, el amor al prójimo y la reconciliación fraterna. Su religión es inconsistente como la neblina mañanera o el rocío de madrugada.

Así la re-ligación que la religión crea será vinculación con Dios (comunión vertical) y también con los hermanos, especialmente con el más necesitado de salvación en sentido integral (comunión horizontal).

 

Enfermos con remedio. Enfermos sin remedio

Comentando el evangelio de este domingo el obispo san Agustín nos dice:

Pongamos como ejemplo a dos enfermos, uno que llorando suplica al médico, y otro que en su enfermedad, con la mente extraviada, se burla del médico. El médico le ofrece una esperanza al que llora, y llora por el que se ríe. ¿Por qué motivo sino porque su enfermedad es tanto más peligrosa cuanto él más se considera sano? Así eran todavía los judíos. Cristo vino por los enfermos, y encontró a todos enfermos. Encontró a todos enfermos; pero las clases de enfermos eran dos.

Unos se acercaban al médico, se unían a Cristo, lo escuchaban, lo honraban, lo seguían, y se convertían.

Pero los enfermos de la otra clase, que por la enfermedad de su maldad ya tenían la mente extravíada, y no reconocían estar enfermos, lo insultaban porque recibía a los enfermos.

Por lo tanto, aquella clase de enfermos, que sufrían de una enfermedad más benigna y se sentían enfermos, se juntaban entorno al médico para ser curados. En cambio, los que tenían una enfermedad más peligrosa, insultaban al médico y calumniaban a los enfermos (Sermón 80,4).

Nosotros somos enfermos. Cristo es nuestro médico. ¿Dejamos que nos sane?

 

El recaudador de impuestos, Mateo, ¡qué infeliz agraciado!

Los recaudadores eran quienes cobraban los impuestos que imponían los romanos, colaborando con el dominador extranjero; eran, en ese sentido, considerados traidores al pueblo judío.

Pero eso no era todo, pues los cobradores de impuestos obtenían sus ganancias del porcentaje que cobraban de más a lo exigido por los romanos y por los jefes de recaudadores de impuestos. De esta manera, además de colaboracionistas y traidores, los cobradores de impuestos exprimían al pueblo en beneficio propio. En fin, trataban con paganos y con monedas y objetos impuros. Se trataba de personajes poco recomendables, una compañía desaconsejable y moralmente despreciable.

Mateo era un recaudador, publicano, impuro, pecador.

Mateo era colaboracionista que hería el bolsillo y el corazón de los judíos.

Mateo era una oveja pérdida de la casa de Israel.

Mateo era ritualmente impuro.

Mateo era un discriminado social.

Mateo era un marginado de la salvación

Y con este Mateo, Jesús mostró el escándalo de la misericordia, diciéndole: Sígueme.

Para Dios nadie es descartable. Los santos no nacen, se hacen tras la gracia de Dios. ¿Y tú quieres que la gracia divina te haga santo?

 

¡Esos fariseos que nos recuerdan que todos tenemos un fariseo dentro!

¿Quiénes eran los fariseos? Su nombre se deriva del término arameo: perissayyá, y del hebreo: perúsim, que significan separados. Probablemente recibieron de sus adversarios este nombre despectivo, motivado por su estrecha observancia de la Toráh (Ley judía) que los llevó a una separación radical de la muchedumbre para ellos impura.

Aparecen en el siglo II a.C. Se está de acuerdo en reconocer el origen lejano de los fariseos en el grupo "hasidim" (piadosos), hombres entregados a la Toráh que se unen a Matatías y a sus partidarios (Cfr. 1 Mc. 2,42). Se constituyen como grupo bien organizado bajo Juan Hircano (135-104 a.C.) siendo opositores decididos de la política puramente mundana de los príncipes sacerdotes asmoneos.

No pertenecían a la clase superior. Eran laicos. No poseían la formación de los escribas, Se apoyaban en éstos y en la institución sinagogal. En el evangelio a veces se los trata juntos (Cfr. Mt. 23).

Opositores acérrimos a la clase sacerdotal superior. Polemizaban con los saduceos porque éstos negaban la existencia de ángeles, espíritus, la resurrección y la inmortalidad. También por motivos legales y litúrgicos.

Eran miembros de asociaciones religiosas: haburoth. Poseían un fuerte sentido intracomunitario, con unas reglas concretas de admisión, tiempo de prueba y comportamiento. Se designaban entre ellos con el término haberim (compañeros).

Eran severos en el cumplimiento de prescripciones litúrgicas, y de costumbres religiosas, especialmente en la pureza ritual, y en realizar obras de caridad unidas a la idea del mérito. Con frecuencia representaban a Dios a la manera de un comerciante que lleva un libro de contabilidad y está haciendo cuentas.

Según el historiador Flavio Josefo (Ant. XVII,2,4), en tiempos de Herodes había unos 6000 fariseos. S. Pablo debió pertenecer a ellos (Cfr. Act. 23,6; Flp. 3,5-6).

Llegaron a entrar en el Sanedrín y, en algunos tiempos, gozaron de gran poder e influencia política y social.

En Lc. 11,39-42.44 y en Mt. 23 encontramos lo que Jesús les achaca, tal vez acentuado por la animaversidad existente entre fariseos y primeras comunidades cristianas: su hipocresía en el cumplimiento de la Toráh y su descuido de la justicia y del amor. Lo más llamativo y atrevido de Jesús fue confrontarlos con su estilo de vida e imagen de Dios, así como invitarles a la conversión (Cfr. Mt. 5,20; 21,31-32).

Pero, ¡ojo y pestaña con el fariseo que todos llevamos dentro!

 

En la despedida del hombre viejo

El texto evangélico destaca la misericordia compasiva de Jesús que conlleva la generosa disponibilidad de Mateo: Escuchó: Sígueme (el llamado), dejó todo (desapego), se levantó (nació de nuevo) y lo siguió a Jesús (vocación de discípulo misionero ministerial).

Mateo, bien agraciado, fue buen agradecido. Tuvo el honor de que Jesús viniera a su vida, así que lo introdujo en su casa y en su banquete. Un banquete en el que, paradójicamente, Mateo era el huésped y Jesús el anfitrión.

Al banquete de despedida del hombre viejo Mateo asistieron los nuevos compañeros (apóstoles). Además se añadieron  los antiguos compañeros de oficio (los publicanos) y, para rematar el banquete, intervinieron murmurando los fariseos que debían rondar por allí (los banquetes eran espacios abiertos): ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores? Y debieron pensar: Éste es un comilón, borracho y amigo de publicanos y pecadores. Y, ciertamente, no es un profeta.

Jesús se presenta como médico. Con ironía hace ver a los fariseos que están enfermos. Ellos no aceptan al médico-salvador; los pecadores, en cambio, escucharon a Jesús y cambiaron de vida.

Tú y yo necesitamos a este médico-terapeuta-salvador. ¿Estamos convencidos de ello?

 

Cada domingo, nosotros pecadores, comemos a Jesús

Cada domingo, nosotros que somos eucarísticos, comemos a Jesús, comemos con Jesús; comemos a Jesús junto con los hermanos. ¿Con qué actitud escuchamos a Cristo-palabra? ¿Con qué actitud nos comemos el Pan de Vida? ¿Hay en nosotros plena comunidad + comunicación + comunión cristiana con Dios y con los hermanos?

Cuando te comulgo, Jesús, Tú me comulgas, mi Dios; comulgo al hermano y a toda tu creación. ¡A comulgar como Dios manda!

 

 

P. Mateo Bautista

Religioso Camilo