Comentario Bíblico Dominical

XIX domingo durante el año

10 de agosto de 2008

 

Primera lectura: 1 Re 19,9.11-13

Sal y quédate de pie en la montaña, delante del Señor

Salmo responsorial: Sal 84

Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Segunda lectura: Rom 9, 1-5

Cristo, que está por encima de todo

Evangelio: Mt 14, 22-23

Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?

 

Con Jesús, contra viento y marea

 

¿Qué hacer en las tormentas?

Muchas veces vivimos situaciones de gran angustia y desesperación. Pareciera que confluyen determinadas circunstancias o acontecimientos que nos dan la sensación de ahogo e impotencia. No se vislumbran salidas. No se ven soluciones. No se encuentra a nadie a quien acudir. Si gritamos, no se nos escucha. Si pedimos auxilio, nadie responde. ¿Qué hacer? ¿Hacia dónde volver la mirada?

Los últimos pañuelos blancos seguían diciendo adiós en el puerto. Para un jovencito, aquél era su primer viaje por alta mar. El capitán le preguntó:

- Hijo, ¿sabes trepar?

- Claro que sí, mi capitán; en mi pueblo, era yo quien trepaba hasta la punta de los árboles más altos.

Pero, en cuanto el novato marinero estuvo en la punta del mástil, el barco comenzó a balancearse, sacudido por las olas. Y empezó a temblar de miedo, con peligro de caer desde aquella altura.

El capitán observaba todos los movimientos del muchacho. Cuando vio que su rostro se ponía pálido y los ojos desorbitados, le gritó:

- ¡Muchacho, hacia arriba, mira hacia arriba!

El mozo obedeció; miró al el cielo y los vértigos desaparecieron.

 

Elías, profeta de fuego, necesita una suave brisa

Elías, cuyo nombre es Eli-yahu (mi Dios es Yahvé), es por excelencia el profeta de Dios solo, el defensor de la verdadera religión contra la idolatría. Este profeta de las montañas es como un fuego, como un rayo, como un terremoto y desaparecerá del mundo en un carro de fuego, en la potencia de aquel elemento que había marcado su vida y transformado su palabra en antorcha encendida (Carlo Martini).

Elías, profeta que expresa: Ardo por el celo de Yahvé, Dios Sebaot (1 Re 19,10.14), está doblado por el peso de la misión. Viene huyendo del rey Ajab (874-853 a.C.) y de su esposa, la impía Jezabel, que lo buscan para matarlo, pues había hecho degollar en el Torrente Quisón a los 450 sacerdotes del ídolo Baal (1 Re 18).

En medio de su desolación, tristeza y miedo, Dios le regala la teofanía de la dulzura, de la familiaridad, de la relación íntima, amistosa y esponsalicia (Carlo Martini)

 

El dolor constante de Pablo

Pablo confiesa: Siento una gran tristeza y dolor constante en mi corazón. Yo mismo desearía ser maldito, separado de Cristo, en favor de mis hermanos, los de mi propia raza (Rm 9,2).

La solidaridad con sus hermanos de raza llega al punto de hacerle expresar un deseo imposible: experimentar en su persona la separación de Cristo y la maldición de Dios con tal de que se salve el pueblo judío.

El ser atrapado por Cristo le ha llevado a Pablo a una opción desgarradora: optar por Jesús al que el judaísmo cuelga del madero y rechaza.

Pablo reconoce la gran bendición de Dios a los israelitas: a ellos pertenecen la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto y las promesas. A ellos pertenecen también los patriarcas, y de ellos desciende Cristo. Sin embargo, la opción no puede ser sino por el que está por encima de todo, Dios bendito eternamente. Amén (vv. 4.5).

 

Cuidado con un Mesías superman

En seguida obligó a los discípulos a que se embarcaran y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a las multitudes. Después de despedirlas subió al monte para orar a solas (Mt 14, 22-23).

El evangelista Mateo sólo habla de la oración de Jesús en dos ocasiones: en este relato y en Getsemaní (Mt 26,36-44). El paralelo con Getsemaní y la oración de popularidad que se ha presentado hacen pensar que la oración de Jesús tiene que ver con la tentación del mesianismo triunfalista y con una gran prueba para los discípulos. Busca Jesús la unión íntima con el Padre.

Jesús obliga a los discípulos a embarcarse. Al separarlos de la multitud y del escenario de la señal mesiánica, se insinúa que Jesús ora por ellos para que no cedan a la tentación de un Mesías super poder. ¡Una lección clarividente para nosotros!

 

Relato teofánico, cristológico y eclesiológico

La escena evangélica de este domingo, que presenta a Jesús caminando sobre las olas encrepadas, disipando los temores y suscitando la fe de sus apóstoles, tiene un claro tinte teofánico, cristológico y eclesiológico.

Andar sobre el agua era atributo propio de Dios (cfr. Job 9,8; 38,16).

Soy yo: fórmula de identificación como Dios en el Antiguo Testamento (Ex 3,14; Is 43, 3.10s).

Desde muy antiguo, la Iglesia es representada por una barca siempre en peligro y siempre a flote.

 

Miedo, confusión y confesión

En el relato evangélico de este domingo aparecen tres momentos en que el miedo se apodera de los discípulos: cuando deben atravesar la tempestad en su frágil embarcación que es zarandeada de un lado a otro por la furia de las olas y el viento, cuando Jesús se acerca a ellos caminando sobre el mar y creen estar en presencia de un fantasma, y cuando Pedro va hacia Jesús y comienza a hundirse en las aguas agitadas.

Por el miedo, los discípulos confunden a Jesús con un fantasma. El Señor se identifica y los alienta sin reproche: ¡Ánimo! Soy yo, no teman (Mt 14,27). La escena presenta de manera simbólica la situación en la que se encuentra la comunidad de Mateo después de la resurrección de Jesús: siente lejos a Jesús; se siente abatida por las fuerzas del mal y del rechazo. La manifestación de Jesús tiene todos los rasgos de los relatos de aparición del resucitado.

En medio de esta escena, Pedro llama Señor a Jesús y eleva una extraña petición, pues caminar sobre las aguas es propio de la condición divina: Si eres tú, mándame ir por el agua hasta ti. Jesús no duda y lo invita. Pedro comenzó a caminar por las aguas acercándose a Jesús, pero al sentir el fuerte viento, tuvo miedo, entonces empezó a hundirse y gritó: ¡Señor, sálvame! (v. 30).

Pedro se debate entre la confianza y el miedo. Mientras Pedro mira a Jesús y confía en El, puede caminar sobre las aguas, pero al poner su atención en la tormenta, se hunde. Pedro experimenta su cobardía y falta de fe. El evangelista describe la experiencia de muchos discípulos: siguen a Jesús pero las adversidades hacen que sucumban y tengan que ser sostenidos por Jesús: del entusiasmo a la duda; de la duda a la confianza.

Si no hay intimidad con Jesús, su presencia nos produce temor, parece un fantasma. Si no hay unión con Jesús, el miedo paraliza la acción evangélica; si no hay vida religada a Jesús, el hundimiento es cada vez mayor. Pedimos ayuda a Jesús, pero nuestro corazón y mente no están llenos de confianza en Él. Tiene más peso la tormenta que la fe. Con razón Jesús, sosteniéndonos, nos dice: ¡Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?! (v. 31)

 

Juntos en la barca

En la última escena de este relato, el desconcierto inicial de los discípulos se convierte en confianza y confesión de fe en Jesús. Cuando subieron a la barca, el viento amainó. Los de la barca se postraron ante él diciendo: Ciertamente eres Hijo de Dios (vv. 32-33).

La Iglesia, barca timoneada por Pedro por mandato de Jesús, es hogar seguro ante las tormentas.

La Iglesia, barca que cuenta con la presencia del Señor, es lugar de comunión de hermanos ante los peligros.

La Iglesia, barca de Cristo, es lugar de culto que reconoce con decisión y valentía a Jesús como el Hijo de Dios, el Salvador.

¡Oh Iglesia, madre y maestra, hogar de refugio, de comunión y de decidida profesión de fe! ¡Nuestro amor y servicio a ti es amor y servicio a Cristo!

 

Jesús nos extiende su mano

El texto evangélico nos recalca que por encima de dificultades, por encima de todos nuestros temores y por encima de nuestros bloqueos, Jesús siempre está con nosotros.

Oremos pidiendo la fe para experimentarlo como el único capaz de extendernos su mano, siempre, sin reproche, incondicionalmente. Oremos pidiendo la fe para reconocerlo en todo lugar y momento como el Hijo de Dios.

Jesús te extiende sus brazos. Extiende tú siempre tus brazos a Jesús. Y no le digas a Dios que tienes un gran problema. Dile al problema que tienes un gran Dios.

 

 

P. Mateo Bautista

Religioso Camilo