Comentario Bíblico Dominical
SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS
11 de mayo de 2008
Primera lectura: Hch 2,1-11
Todos quedaron llenos del Espíritu Santo
Salmo responsorial: Salmo 103
Envías tu aliento y renuevas la faz de la tierra
Segunda lectura: 1 Cor 12, 3b-7.12-13
En cada uno el Espíritu se manifiesta para el bien común
Evangelio: Jn 20, 19-23
Reciban el Espíritu Santo
Espíritu Santo: el amigo del alma y en el alma
Al llegar el día de Pentecostés
El término Pentecostés viene del griego y significa quincuagésimo. Indica el tiempo transcurrido desde el segundo día de la fiesta de la Pascua hasta la fiesta de Pentecostés (cfr. Lv 23, 15-18).
En la tradición del Antiguo Testamento recibe el nombre de fiesta de las Semanas, porque se celebra a las siete semanas de la pascua. En un principio era una fiesta agrícola, vinculada al final de la siega de los cereales, en el centro del verano. Posteriormente, se relacionó con la alianza del monte Sinaí.
Fiesta del agradecimiento por la culminación de la siega; de regocijo y abundancia, celebración de los dones de la tierra; fiesta de la solidaridad entre todos los pobres (cfr. Lv 23, 15-22).
Los cincuenta días que iban de Pascua a Pentecostés eran para los judíos el tiempo de la maduración total del trigo, de los panes ázimos a los panes con levadura, del comienzo al final de la siega. Esos cincuenta días fueron para Lucas el tiempo de maduración pascual de la Iglesia. Pascua había sido el comienzo (resurrección de Cristo); Pentecostés era el tiempo pleno del Espíritu Santo: expansión de la Palabra y presencia de Jesús resucitado en su Iglesia para todo el mundo.
Toda una teofanía
El relato de Pentecostés (Hch 2, 1-11) entronca con las antiguas manifestaciones divinas o teofanías del Antiguo Testamento. Fuego, viento, agua… son elementos utilizados en esas teofanías que, a su vez, denotan la compleja riqueza del Espíritu Santo. El viento arrolla; el fuego abrasa; el agua suaviza, cura y hace crecer.
Juan Bautista declara: El los bautizará en Espíritu Santo y fuego (Mt 3,11). Desde antiguo, el fuego fue utilizado para presentar la presencia de Dios. El fuego de Pentecostés recuerda la montaña del Sinaí que humeaba porque Dios estaba allí (Ex 19,18). A Moisés, el ángel de Yahvéh se le apareció en forma de fuego, en medio de la zarza (Ex 3,2).
El viento encierra un misterio que puede significar al Espíritu. No se sabe su procedencia ni su destino. El viento es libre de ir y venir donde quiera. El viento remueve los ambientes…
El agua es condición necesaria para la pervivencia de todos los seres vivos. El que no nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios (Jn 3,5).
De Babel a la glosolalia inculturizada
La imagen de Babel presentada en el capítulo 11 del libro del Génesis es de altanería contra Dios, de confusión de las lenguas, ruptura, desunión… En cambio en Pentecostés ¡A todos les oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios! (Hch 2,11).
La larga enumeración de naciones (partos, medos, elamitas…) denota una Iglesia para muchos pueblos, capaz de hablar otras lenguas, es decir, en todas las lenguas del mundo (glosolalia), en comunión de amor abierto a todas las culturas y naciones de la tierra.
El don de Jesús se vuelve experiencia de creación interior compartida. Pentecostés es raíz y principio de unión para los pueblos.
La Iglesia es pascual-pentecostal
Pentecostés es la experiencia fundante de la Iglesia, centrada en Jesús, fundada en Dios Padre. Todo ha culminado en la Pascua, pero todo está empezando: la Pascua es principio de nueva creación, fuente de unidad y salvación para todos los hombres.
Hubo una primera creación (Gn 1) que fue obra del Espíritu universal de Dios haciéndose Palabra creadora que separa y vincula a cada uno de los elementos. Ésta es la segunda creación que es obra del Espíritu de Cristo (cfr. Hch 2).
La literatura rabínica supone con frecuencia que, con la destrucción del Primer Templo (en tiempo de los babilonios) y la muerte del último profeta, la actuación del Espíritu cesó: ya no se escriben más los libros santos, se ha cerrado la Palabra de Dios y no existen más revelaciones.
Los cristianos descubren la presencia del Espíritu de Dios a través de la vida y obra de Jesús. Jesús es el hombre del Espíritu, el Mesías. Jesús mismo, en su vida y en su obra, es la epifanía personal del Espíritu de Dios.
Además, Pentecostés es la pascua granada, la pascua madura que produce su fruto más sabroso: el envío del Espíritu Santo.
Los cristianos descubrieron con sorpresa que la acción del Espíritu en la Pascua de Jesús no causó el fin del mundo, como ellos esperaban y quizá buscaban, sino una forma distinta de vida y comunión, la vida de la Iglesia ¡Esta es la novedad!
La Iglesia, cántaro del Espíritu Santo, vive de y para el misterio pascual-pentecostal.
El Pentecostés del Cuarto Evangelio
El cuarto evangelio no establece un plazo de tiempo entre la pascua y la venida del Espíritu Santo: Al atardecer de aquel día, el primero de la semana… (Jn 20,19). No presenta el Pentecostés bajo un aspecto histórico-cronológico, sino como un acontecimiento teológico, de gran experiencia de fe.
Jesús les mostró las manos y el costado para indicar que su actual naturaleza divina no se contrapone al Jesús de la historia. Jesús se coloca en medio de los suyos; siempre es el Enmanuel; no están solos. Es la centralidad cristológica de la vida de la Iglesia.
Jesús envía a sus discípulos a continuar la misión que Él inició, bajo el Espíritu Santo; no los envía solos.
Soplando sobre ellos da pleno cumplimiento al soplo del Génesis (2,7). Hay una nueva creación en el Espíritu que se nos da.
Jesús concede a sus apóstoles el poder de perdonar los pecados, extensión del poder divino. Es una noble misión encomendada: tarea de reconciliación universal. El Espíritu Santo es quien derrama la fuerza del perdón en los corazones liberándonos del pecado; es el Espíritu de la santidad.
El Paráclito pedido por Jesús
Jesús se refería al Espíritu Santo que iban a recibir quienes creyeran en Él (Jn 7,37).
La palabra paráclito es una transcripción de un vocablo griego. San Jerónimo se conformó con transliterar la palabra al latín como paraclitus.
El verbo griego parakalein del que se deriva parákletos tiene dos sentidos fundamentales: llamar hacia sí (pedir ayuda de alguien, invocar o suplicar, y llamar a uno como testigo ante el tribunal) y exhortar a dar ánimo (consolar).
Los traductores latinos usaron advocatus, consolator o simplemente paraclitus.
Parákletos además de abogado es fiscal. Jesús moría, culpado, culpable y convicto a los ojos del mundo: el paráclito viene a revocar la sentencia, condenando al mundo y probando la inocencia de Jesús (Jn 16,8-11).
El Paráclito es consolador de los discípulos de Jesús, temerosos, perseguidos y encerrados (Jn 15, 18-19; 16,2). Está con los discípulos para siempre (cfr. Jn 14, 16-17).
El Paráclito, espíritu de la verdad plena y maestro, explica lo que los discípulos no podían entender con Jesús entre ellos (Jn 16,12). El Paráclito ilumina con una comprensión nueva en cada tiempo, cultura, circunstancia.
El Paráclito es memoria viviente y testigo del Salvador, vínculo de las generaciones futuras con Jesús (Jn 14,2-26); es guía interior (1 Jn 2,27).
Jesús y el Paráclito
Del evangelio de Juan podemos deducir:
- El Paráclito es para Jesús, lo que Jesús es para el Padre.
- Ambos proceden del Padre.
- Ambos son dados o enviados por el Padre.
- Ambos son rechazados por el mundo.
- Así como Jesús es el hermeneuta o exegeta de Dios (Jn 1,18), así el Paráclito es el exegeta de Jesús.
- Jesús declara que Él no hace nada por su cuenta (5,19; 8,28.38; 12,49). El Paráclito no dirá nada por su cuenta, tomará lo perteneciente a Jesús y lo explicará; sólo dirá lo que oye de Jesús (16,13-15).
- Quien ve a Jesús ha visto al Padre (14,9). Quien escuche al Paráclito, escucha a Jesús.
- En Jesús, la Palabra se hizo carne. El Paráclito no se hace carne.
- Con Jesús, la presencia de Dios estuvo en el mundo de una manera única, visible, luego volvió al Padre. Con el Paráclito, no visible, su presencia no está limitada al espacio y tiempo (14, 15-16).
La gran misión del Espíritu Santo es cristificar: que el discípulo ame como Jesús, piense como Jesús, actúe como Jesús, hable (y calle) como Jesús… Y, tras la cristificación, viene la conversión, la filiación, la santidad, la misión…
Señor y dador de vida
El Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, es la tercera persona de la Santísima Trinidad.
En el Credo profesamos: Creo en el Espíritu Santo, señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.
La Iglesia respondió al arrianismo (el Espíritu Santo como entidad inferior al Padre y al Hijo) en Constantinopla (381), aplicando los principios de Nicea (325): Dios no es una gradación de esencias, más altas o bajas (en escala platónica de seres) sino totalmente divino en sus manifestaciones o personas. El Espíritu Santo no es Dios inferior, sino totalmente divino: Es el Señor y Dador de vida, procede del Padre; con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria; habló por los profetas.
Intimidad con el Espíritu Santo de los dones
Pidamos los dones del Espíritu Santo: sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, piedad, fortaleza y temor de Dios.
Pero pidamos mejor el Espíritu Santo de los dones que da la capacidad profética de entender la Escritura y comunicar la Palabra de Dios; quita los miedos (Hch 2,4ss); llena de fortaleza (Hch 4,31ss); abre los corazones para acoger a los otros (Hch 15,1ss); anima la misión (Hch 16,6), capacita para el anuncio del Evangelio (Hch 1,8)…
El Espíritu Santo es el amigo del alma y en el alma con el que hay que tener intimidad mística y dialogante.
Nosotros somos templos del Espíritu Santo, pero no digamos que el Espíritu está dentro de nosotros sino que nosotros estamos dentro del espíritu del Espíritu Santo.
¿Quién me da
alas para la plegaria,
para llamar a Dios Abba?
¿Quién me hace
su templo sagrado,
me cristifica y me hace santo?
¿Quién
delicadamente con su voz clama
y hace fecundos mis silencios y palabras?
¿Quién me lleva al fraterno reencuentro
con quien la ofensa me puso lejos?
¿Quién
consigue al detener su paso
que la virtud no se rinda al pecado?
¿Quién con sus
gracias riega mi sequía
y me alimenta con la Eucaristía?
¿Quién me trae
la serena paz
y sin Él huyen la fe, esperanza y caridad?
El Espíritu
Santo, Espíritu de la verdad,
el amigo que siempre conmigo está.
Renovado y permanente Pentecostés
El Espíritu Santo sopla donde quiere; no es monopolio de nadie; tiene su plena presencia en la Iglesia donde hay comunidad-comunicación-comunión en Cristo.
En la secuencia al Espíritu Santo se ora:
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Todos necesitamos un perenne Pentecostés; sin él, no hay fidelidad ni al Padre ni al Hijo. Lo necesita la Iglesia, lo necesita el mundo.
Los pastores necesitamos un continuo Pentecostés para ser pastores según Cristo. Todo el pueblo de Dios necesita un renovador Pentecostés para ser discípulos misioneros ministeriales.
Si yo dijera que no necesito un nuevo Pentecostés, usted no me creería. Si usted me dijera que no necesita un nuevo Pentecostés, yo tampoco se lo creería.
Sin el Espíritu Santo,
Dios está lejos,
Cristo está en el pasado,
el evangelio es letra muerta;
la Iglesia, una simple organización;
la autoridad, una dominación;
la misión es propaganda;
el culto, una evocación,
y el obrar cristiano, una moral de esclavos.
Pero con el Espíritu santo,
Cristo resucitado está aquí,
el evangelio es fuerza de vida,
la Iglesia quiere decir comunión trinitaria,
la autoridad es un servicio liberador,
la misión es un Pentecostés,
la liturgia es memorial y anticipación,
el obrar humano está deificado.
(Patriarca Ignacios Hazim)
P. Mateo Bautista
Religioso Camilo