Comentario Bíblico Dominical

Santísima Trinidad

18 de mayo

 

Primera lectura: Ex 34, 4b-6.8-9

 El Señor es grande en amor y verdad

Salmo responsorial: Daniel 3,52-56  

 A ti gloria y alabanza por los siglos

Segunda lectura: 1 Cor 13,11-13

 La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo

Evangelio: Jn 3,16-18

 Para que todos tengan vida eterna

 

 Ya somos miembros de la familia Trinitaria

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

El cristiano comienza su jornada, sus oraciones y sus acciones con la señal de la cruz, “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. El bautizado consagra la jornada a la gloria de Dios e invoca la gracia del Señor que le permite actuar en el Espíritu como hijo del Padre. La señal de la cruz nos fortalece en las tentaciones y en las dificultades (Catecismo de la Iglesia Católica, 2157).

A cada rato los cristianos invocamos el nombre de la Santa Trinidad. Iniciamos casi todas nuestras reuniones en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Todos los sacramentos se celebran en el nombre del Dios Trino. Todo lo que hacemos se lo encomendamos a esta Santa Familia Divina en la que creemos y a la que amamos (Jn 3,16-18).

Padre, Hijo, Espíritu Santo.
En ti, adorable Trinidad,
vera, santa, bella,
creadora, redentora, santificadora,
sol, luz, calor,
creemos y nos bautizamos,

nos reconciliamos y nos alimentamos,
sufrimos y nos alegramos,

confiamos y esperamos,
vivimos y morimos,
resucitamos y moramos en el cielo.

Amén.

 

Miembros de la Familia Trinitaria

Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!. (1Jn 3,1)

Bautizar es una palabra griega que quiere decir sumergir. En nuestro bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo hemos sido sumergidos en la relación de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Somos acogidos en el amor del Padre que reconoce en nosotros la imagen del Hijo que nos ha conducido hacia Él, y nos llena de su Espíritu Santo, para vivir esa misma relación de amor en su Iglesia. ¡Bendito día el de nuestro bautismo, el día más importante de nuestra vida!

 

No soy huérfano
ni nunca lo seré.

Te tengo a ti,
Padre bueno del cielo;
y a ti, Jesús,
mi hermano mayor;
y a ti, Espíritu Santo,
mi amigo del alma
y en el alma.

No soy huérfano
ni nunca lo seré.
Me cobija la Iglesia
y con mamá María...,

soy familia
de la santa Trinidad.

 

 

Contemplar el misterio trinitario

La fe de todos los cristianos se cimenta en la Santísima Trinidad (S. Cesáreo de Arlés, symb.).

Los cristianos somos bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y no en los nombres de éstos (cf. Profesión de fe del Papa Vigilio en 552: DS 415), pues no hay más que un solo Dios, el Padre todopoderoso y su Hijo único y el Espíritu Santo: la Santísima Trinidad (CIC, 233).

El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la jerarquía de las verdades de fe (CIC, 234).

La Encarnación del Hijo de Dios revela que Dios es el Padre eterno, y que el Hijo es consubstancial al Padre, es decir, que es en él y con él el mismo y único Dios (CIC, 262).

La misión del Espíritu Santo, enviado por el Padre en nombre del Hijo (cf. Jn 14,26) y por el Hijo "de junto al Padre" (Jn 15,26), revela que él es con ellos el mismo Dios único. Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria (CIC, 263).

La Trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas: la Trinidad consubstancial (Concilio de Constantinopla II, año 553: DS 421). Las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza (Concilio de Toledo XI, año 675: DS 530) (CIC, 253).

Las personas divinas son realmente distintas entre sí. Dios es único pero no solitario (Fides Damasi: DS 71) (CIC, 254).

Las personas divinas son relativas unas a otras. En los nombres relativos de las personas, el Padre es referido al Hijo, el Hijo lo es al Padre, el Espíritu Santo lo es a los dos; sin embargo, cuando se habla de estas tres personas considerando las relaciones se cree en una sola naturaleza o substancia (Concilio de Toledo XI, año 675: DS 528) (CIC, 255).

A los catecúmenos de Constantinopla, San Gregorio Nacianceno, llamado también el Teólogo, confía este resumen de la fe trinitaria:

Ante todo, guárdenme este buen depósito, por el cual vivo y combato, con el cual quiero morir, que me hace soportar todos los males y despreciar todos los placeres: quiero decir la profesión de fe en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Se la confío hoy. Por ella les introduciré dentro de poco en el agua y les sacaré de ella. Se la doy como compañera y patrona de toda vuestra vida. Les doy una sola Divinidad y Poder, que existe Una en los Tres, y contiene los Tres de una manera distinta. Divinidad sin distinción de substancia o de naturaleza, sin grado superior que eleve o grado inferior que abaje... Es la infinita connaturalidad de tres infinitos. Cada uno, considerado en sí mismo, es Dios todo entero... Dios los Tres considerados en conjunto... No he comenzado a pensar en la Unidad cuando ya la Trinidad me baña con su esplendor. No he comenzado a pensar en la Trinidad cuando ya la unidad me posee de nuevo... (Or. 40,41: PG 36,417) (CIC, 256).

El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de la bienaventurada Trinidad (cf. Jn 17,21-23) (CIC, 260).

El misterio de la Trinidad es la fuente, el modelo y la meta del misterio de la Iglesia.

 

Creo en Dios Padre

Creo en un solo Dios,
Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra, de
todo lo visible y lo invisible.

Sí, creo en Dios Padre, me siento amado y lo amo. Él es Dios fiel, paciente y misericordioso, que me ha hecho Hijo suyo, heredero de todos sus dones.

 

Creo en Dios Hijo

Creo en un solo Señor, Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los
siglos: Dios de Dios, Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado,
de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho;
que por nosotros, los hombres, y
por nuestra salvación bajó del cielo,

y por obra del Espíritu Santo se
encarnó de María, la Virgen, y se
hizo hombre;

y por nuestra causa fue crucificado
en tiempos de Poncio Pilato;
padeció y fue sepultado,

y resucitó al tercer día, según las Escrituras,
y subió al cielo,
y está sentado a la derecha del Padre;
y de nuevo vendrá con gloria para
juzgar a vivos y muertos,
y su reino no tendrá fin.

Sí, creo en Jesús, el Señor de la historia y de mi historia; creo que me ama, es mi redentor; y lo amo. El es mi gran y tierno hermano mayor.

 

Creo en Dios Espíritu Santo

Creo en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo recibe
una misma adoración y gloria,
y que habló por los profetas.

Sí, creo en Dios Espíritu Santo, que me ama, ilumina, fortalece. Es mi amigo del alma y en el alma. Creo que, como templo del Santo Espíritu, me quiere santo. Él me cristifica.

 

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

Atribuyendo a Jesús el título divino de Señor, las primeras confesiones de fe de la Iglesia afirman desde el principio (cf. Hch 2, 34-36) que el poder, el honor y la gloria debidos a Dios Padre convienen también a Jesús (cf. Rm 9, 5; Tt 2, 13; Ap 5, 13) (CIC, 449).

Demos gloria a la Santísima Trinidad. La mejor manera de dar gloria al Padre es vivir sintiéndonos amados como Hijos, amándonos a nosotros mismos como hijos de Dios y amando como Hijos de Dios a los hombres, hijos de Dios. Y quien se siente amado, como Hijo de Dios, actúa, vive, celebra y organiza su vida como Hijo de Dios.

Cristificarse es el gran tributo a la gloria de Jesús.

Glorificar al Espíritu Santo, dulce huésped del alma, es vivir como su templo, estar abiertos a su inspiración, iluminación y santidad.

Demos gloria a la Santísima Trinidad asumiendo este misterio trinitario de amor como un compromiso nuestro de potenciar la comunidad + comunicación + comunión de nuestra fe; de asumir el humanismo de amor relacional de este misterio; de estimularnos con la empatía trinitaria; de vivir en sinfonía trinitaria de fe + esperanza + caridad; de aceptar como propio la misión trinitaria: crear + redimir + santificar.

El misterio de la Santísima Trinidad es misterio divino para un mundo mejor, más justo, más igualitario; como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo quieren.

 

La educadora en el misterio de la Trinidad

María fue el icono humano de la Santísima Trinidad.

Pidamos la intercesión de la hija fiel, la llena de Gracia que, por obra del Espíritu Santo, llevó en su seno al Salvador.

Ella, la esclava del Señor, que asumió como plan de vida cumplir intachablemente la voluntad del Padre.

Ella, sanadora-herida, mujer plenamente cristificada. Nunca una madre se pareció tanto a su Hijo.

Ella, dócil al Espíritu, que la engalanó con la plenitud de su gracia.

Que María, nuestra Madre, nos eduque a ser cristianos capaces de entender la presencia del misterio trinitario en nuestras vidas.

 

 

P. Mateo Bautista

Religioso Camilo