Comentario Bíblico Dominical

 

22 de mayo de 2008

 

Primera lectura: Deut 8,2-3. 14b-16a

 El hombre no vive sólo del pan sino de todo lo que sale de la boca de Dios

Salmo responsorial: Sal 147, 12-15. 19-20

  ¡Glorifica al Señor, Jerusalén!

Segunda lectura: 1 Cor 10, 16-17

El pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo?  

Evangelio: Jn 6,51-58

 El que coma de este pan vivirá eternamente

 

Te adoramos Pan de vida y Te comemos

 

Fieles a un mandato: “Hagan esto en memoria mía”

Si los cristianos celebramos la eucaristía desde los orígenes, y de forma que, en su substancia, no ha cambiado a través de la gran diversidad de épocas y de liturgias, sucede porque nos sabemos que estamos sujetos al mandato del Señor, dado la víspera de su pasión: Hagan esto en memoria mía (1 Cor 11,24-25).

El apóstol Pablo lo precisa magistralmente en 1 Cor 11, 23-29: Hermanos: lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he trasmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto  en memoria mía. De la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: Este cáliz es la Nueva Alianza que se sella con mi sangre. Siempre que lo beban, háganlo en memoria mía. Y así, siempre que coman este pan y beban este cáliz, proclamarán la muerte del Señor hasta que Él vuelva (1 Cor 11,23-26).

En la celebración dominical de la eucaristía se pone de relieve la relación Día del Señor con la pascua de Cristo. ¡Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven, Señor, Jesús!

La Iglesia cada semana, en el día que llamó del Señor, conmemora la resurrección del Señor, que una vez al año celebra también, junto con su santa pasión, en la máxima solemnidad de la pascua (Constitución Sacrosanto Concilio, SC 102).

¡Un mandato del Señor que es todo un manjar!

 

La Eucaristía es Jesús. Nosotros somos eucarísticos

Cada día del Señor (domingo), los cristianos nos reunimos como Iglesia; en asamblea de comunión y de alabanza, para compartir la mesa de la Palabra y la mesa eucarística del Cuerpo y Sangre del Señor Jesús.

La eucaristía es la celebración litúrgica central para nosotros, la suma de toda la liturgia (C.Vagaggini), fiesta primordial.

La Iglesia ha recibido la eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona, de su santa humanidad y, además, de su obra de salvación (Ecclesia de eucharistia, N° 11).

La sagrada eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra pascua (Constitución conciliar Presbiterorum Ordinis, PO 5).

No se trata de un recuerdo subjetivo o un estímulo moral. Se trata de una presencia de la persona de Cristo con todo lo que constituye el acontecimiento-Cristo: su vida y su misión, el reino y su magisterio, su pasión-muerte-resurrección... Esta acción sacerdotal-sacrificial-salvadora integral de Cristo, ahora eternizado por la resurrección, es la que se actualiza, se hace presente en la eucaristía, prolongando en el tiempo para los hombres el único sacrificio que sucedió y sigue sucediendo de una vez para siempre (D. Borobio).

En la eucaristía, la Palabra de Dios es memorial actualizador de la historia de la salvación, lámpara para nuestros pasos, luz que nos permite interpretar los signos de los tiempos y vivir los acontecimientos de la historia (Marialis cultus 17).

En el banquete sagrado, comiendo el cuerpo sacramentado de Cristo, celebramos el memorial y sacrificio de Cristo redentor, muerto y resucitado: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección.

Comulgamos en anticipio y expectativa de los cielos nuevos y la tierra nueva: ¡Ven, Señor, Jesús!

Por la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna, cuando Dios será todo en todos (1 Cor 15,28). Se espera la venida gloriosa de Cristo: ¡Ven, Señor, Jesús! Y celebramos el banquete escatológico en la casa del Padre.

La eucaristía es el encuentro de los cristianos, donde se expresa la mutua comunión.

Cada eucaristía es el clamor de las entrañas de la fe en bendición, alabanza y acción de gracias: ¡Oh pan del cielo, pan vivo! / Y ¡cómo sabes honrarme! / ¡Me das tu Sangre y tu Cuerpo, / ya no sabes más que darme! (Lope de Vega).

Cada eucaristía es comunión que cristifica: Tú comes el Cuerpo de Cristo, pero es Él quien te asimila (san Agustín).

Comulgamos para hacernos concorpóreos y consaguíneos con Cristo, portadores suyos (san Cirilo de Jerusalén).

En la eucaristía comulgamos al Señor, comulgamos con el hermano, nos comulga el Señor.

La eucaristía, en fin, es medicina de la inmortalidad, antídoto contra la muerte, alimento para vivir por siempre en Jesucristo (san Ignacio de Antioquía).

La eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe: Nuestra manera de pensar armoniza con la eucaristía, y a su vez la eucaristía confirma nuestra manera de pensar (S. Ireneo, haer. 4,18, 5).

 

Salvífico sacrificio permanente

La eucaristía es el sacramento del sacrificio de Cristo.

Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial de la eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la institución: Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros y esta copa es la nueva alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros (Lc 22,19-20). En la eucaristía, Cristo da el mismo Cuerpo que por nosotros entregó en la cruz, y la sangre misma que derramó por muchos para remisión de los pecados (Mt 26,28).

La eucaristía es, pues, un sacrificio porque representa (hace presente) el sacrificio en la cruz, porque es su memorial y aplica su fruto.

San Ignacio de Antioquía (+115) designa la eucararistía como carne de la pasión de Jesucristo (A esmirneos 7,1: PG 5, 713).

El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la eucaristía son, pues, un único sacrificio: Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció a sí misma entonces sobre la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecer: en este divino sacrificio que se realiza en la misa, este mismo Cristo, que se ofreció a sí mismo una vez de manera cruenta sobre el altar de la cruz, es contenido e inmolado de manera no cruenta (Cc. de Trento: DS 1743).

San Juan Crisóstomo (347-407), doctor eucarístico, expresó magistralmente: ...y por esta razón el sacrificio es siempre uno. De lo contrario, ya que se ofrece en muchas partes, tendría que haber muchos Cristos. Pero de ningún modo, sino que en todas partes es uno el Cristo, que está entero aquí y entero allí, un solo cuerpo y no muchos cuerpos, así también es uno el sacrificio. Nuestro pontífice es aquel que se ofreció, la víctima que nos purifica. Y ahora ofrecemos también aquella misma víctima que entonces fue ofrecida y que jamás se consumirá. Esto se hace en memoria de lo que entonces sucedió: haced esto, dice, en memoria mía. No hacemos otro sacrificio, como lo hacía entonces el pontífice, sino que siempre ofrecemos el mismo, o mejor: hacemos conmemoración del sacrificio (Homilía sobre la Carta a los Hebreos, PG 63.131).

 

La Fiesta de Corpus Christi

El siglo XIII fue el gran siglo de la gran devoción a la Eucaristía, sobre todo por la institución de la fiesta de Corpus Christi.

La fiesta comenzó a celebrarse en Lieja el jueves después de la octava de Pentecostés del año 1246, siendo obispo de la diócesis Roberto de Thuorotte. Las causas principales que motivaron su institución diocesana fueron las revelaciones de la beata Juliana de Rétine, priora del monasterio del Mont-Cornillon junto a Lieja, el movimiento eucarístico promovido en los monasterios y el milagro de Bolsena.

El obispo al instituir la fiesta se basó en tres motivos principales, a saber: la refutación de la herejía de Berengario de Tours, la reparación por la negligencia con que se recibía la comunión, y la conmemoración de la institución del sacramento.

Cuando Jacques Pantaleón, arcediano de Lieja, fue elegido Papa y tomó el nombre de Urbano IV (1261-1264), habiendo sido testigo directo del origen de la nueva fiesta en Lieja y de la certificación del milagro de Bolsena, extendió con fecha del 11 de agosto de 1264 la solemnidad del Corpus Christi a toda la iglesia. Ordenó que se celebrase en toda la Iglesia la fiesta del Santísimo Sacramento el primer jueves de la octava de Pentecostés, e hizo componer el Oficio a Santo Tomás de Aquino.

La muerte de este Papa, que acaeció el mismo año, retardó la ejecución de su Bula hasta el año 1312, en que el Concilio General de Vienne hizo de nuevo una ley, a la cual se sometieron todas las Iglesias.

 

Con Cristo, por las calles

Poco después que comenzó a celebrarse esta fiesta (1264), la devoción de los pueblos introdujo en algunas Iglesias particulares el uso de llevar solemnemente el Cuerpo de Jesucristo en procesión. Se inicia en San Gereón, en la diócesis  de Colonia, en 1279, y en Alberstadt en 1317. En la segunda mitad del siglo XIV, principalmente en Inglaterra y en Alemania, las procesiones eucarísticas no se limitaron a la sola fiesta de Corpus Christi.

Esta costumbre pasó luego a las demás Iglesias, y el  Concilio de Trento la aprobó expresamente: no sólo que se hiciese una fiesta particular de la santa Eucaristía, sino también el que se la llevase con pompa religiosa por las calles y plazas públicas.

La procesión de Corpus por la calle es una manifestación pacífica para anunciar públicamente el gran tesoro que es el Cuerpo y la Sangre del Señor. Es una exposición pública de que creemos firmemente que Dios está presente entre nosotros en el Pan Eucarístico.

Con la procesión expresamos que somos un pueblo peregrino hacia Dios Padre con Cristo en el Espíritu. No imponemos nuestra fe pero tampoco nos avergonzamos de ella.

En una época donde sobreabundan las manifestaciones contra todo y a favor de todo, nosotros los creyentes eucarísticos queremos mostrar respetuosa pero bien visible y públicamente que Cristo es el Pan de Vida.

 

Señor Jesús, nosotros Te comemos y Tú nos asimilas

Cuando te comulgo, Jesús,

acepto tu muerte en cruz,

me renuevo con tu perdón,

permanezco en comunión.

 

Cuando te comulgo, Jesús,

me abro a tu Espíritu renovador,

tu palabra ilumina mi corazón,

doy testimonio de vida y acción.

 

Cuando te comulgo, Jesús,

vivo ya sin temor,

amo según tu amor,

pienso según tu razón.

 

Cuando te comulgo, Jesús,

tu alabanza canta mi voz,

vivo en esperanza de resurrección,

elevo mi sufrimiento en oblación.

 

Cuando te comulgo, Jesús,

Tú me comulgas, mi Dios,

comulgo al hermano,

y a toda tu creación.

                       

 

P. Mateo Bautista

Religioso Camilo