Comentario Bíblico Dominical

XXII domingo durante el año

31 de agosto de 2008

 

Primera lectura: Jr 20,7-9

¡Tú me has seducido, Señor!

Salmo responsorial: Sal 62, 2-6. 8-9

Mi alma tiene sed de ti, Señor, Dios mío

Segunda lectura: Rom 12,1-2

Transfórmense interiormente renovando su mentalidad

Evangelio: Mt 16,21-27

El que pierda su vida a causa de mí, la encontrará

 

El seguimiento es cristificación

 

La cruz: credencial del seguimiento

San Martín de Tours (335-400) nació en Sabaria, en la Panonia húngara, de una familia pagana, que se trasladó a Amiens, Francia. A los 15 años ingresó en el ejército romano, y es durante esa época cuando se dice que, siendo catecúmeno, entregó la mitad de su manto a un mendigo. Martín se bautizó después de tener una visión en la que aparecía Jesús vestido con la mitad de su manto.

Vivió como monje en el monasterio que él fundara en Ligugé hasta que fue consagrado obispo de Tours. Se impuso la tarea de convertir a los paganos de su diócesis y de alentar el crecimiento del monacato. Su vida fue narrada por Sulpicio Severo. Fue y es un santo muy popular.

Pues bien, se cuenta que estaba orando en la celda de su monasterio, cuando alguien tocó a la puerta. Martín abrió y entró un majestuoso personaje, lleno de luz y de amabilidad. Martín lo miró unos momentos y reanudó su oración. El personaje se extrañó y le dijo:

- Martín ¿cómo es posible que no te pongas contento, y no me atiendas? Yo soy el Señor Jesús.

Martín le contestó:

- Si eres el Señor Jesús, muéstrame las heridas en tus manos y en tus pies.

Inmediatamente el personaje desapareció. Era una tentación...

 

En mi corazón como un fuego abrasador

Es la última y más famosa confesión del profeta Jeremías (20, 7-18), justo después del altercado con el sacerdote Pasjur y de que profetice los tristes destinos del reino de Judá. Son los momentos en que se va produciendo la crisis espiritual más dramática del profeta, su extremo desgarramiento psicológico. Aquí su lucha interior alcanza la cota más elevada.

En medio de este dramatismo, encontramos un canto de amor a la vocación desde la Palabra de Dios. Con una atrevida expresión, el profeta confiesa que se ha dejado seducir.

La primera parte (Jr 20,7-10) es una queja dirigida a Dios. La secuencia seducir-violentar-poder expresa una acción de fuerza, a base de engaño, de asalto.

Los verbos hebreos utilizados (patáh: seducir y hazág: agarrar) aparecen en el contexto de una seducción sexual. Con frecuencia significan simplemente engañar. La misma conducta engañosa y coercitiva de sus enemigos, de la cual Jeremías se queja a Yahvéh, es la que intuye que Yahvéh ha ejercido con él. Jeremías había sido enviado a arrancar y arrasar para edificar y plantar (1,10). El profeta constata por parte de Yahvéh sólo el cumplimiento de la primera parte: destrucción.

En la confesión de Jeremías se evidencia la sensación de pesadumbre, de soledad. Se siente violentado por la actuación divina, le parece sobrehumana su vocación. En su horizonte vital hay muchas razones para abandonar la misión de Dios y de vivir como el resto de la gente.

Pero el profeta deja bien claro que la vocación no es un capricho sino connatural a su personalidad. Al ser seducido ha sido enamorado, apasionado, fascinado por la voluntad divina. A pesar de que la oposición crece, de la propia queja del profeta de tener que predicar lo que no le gusta, de ser objeto de maltratos, de querer tirar la toalla (No volveré a recordarlo no hablaré más en su nombre), Jeremías reconoce: había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía (v. 9).

La vocación es una paradoja: bendición, un nuevo nacimiento, una conversión, una purificación, un martirio, completa identificación con la voluntad divina; la mayor realización y felicidad.

Jeremías bien pudo entonar con el salmista:

Señor, tu eres mi Dios, yo te busco ardientemente; mi alma tiene sed de ti, por ti suspira mi carne como tierra sedienta reseca y sin agua.

Porque tu amor vale más que la vida, mis labios te alabarán.

Para Jeremías, su vocación fue una total yahvecización. Para el seguidor de Jesús, será una total cristificación.

 

Ofrecerse como una víctima viva, santa, agradable a Dios.

Pablo añade a la sección doctrinal una exhortación dirigida a los cristianos de la Iglesia de Roma (Rm 12,1-15, 13). Después de haber anunciado la buena nueva de la salvación que se alcanza mediante la fe (1,16-17), exhorta a comportarse como exige su condición de bautizados. La acogida del evangelio no puede quedarse en el terreno de las simples verdades teóricas; ha de concretarse ahora en opciones particulares de comportamiento.

Pablo proclama una moral tradicional en cuanto se inspira en el Antiguo Testamento, en la primitiva tradición cristiana, en el judaísmo y en el mundo greco-romano. Pero al mismo tiempo es original a la hora de señalar la motivación y la línea de fuerza de dicha moral cristiana: el acontecimiento salvífico de la muerte y la resurrección de Cristo.

Pablo habla como un apóstol autorizado por la misericordia de Dios. Invita a los creyentes a ofrecerse como una víctima viva, santa, agradable a Dios. Pablo hace mención implícita de los animales sacrificados en el culto pagano o judío. Así como aquellos animales eran puros  así ha de ser la vida del cristiano ofrecida cada día al Señor.

Este es el culto espiritual (logikos) que deben ofrecer: nada de un culto formalista, vacío, sin compromiso, externo. Dios no es de galerías sino de interiores.

No tomen como modelo a este mundo. Pablo invita a mantener una distancia crítica con respecto al mundo. El ejemplo definitivo es Cristo, en todos los sentidos y en todas las circunstancias.

Transfórmese interiormente renovando su mentalidad a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: Lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto. Por tanto, Pablo pide un cambio de corazón, una profunda renovación interior de la mente para poder distinguir cuál es la voluntad de Dios. De nuevo: pensar, planificar, actuar, sentir… como Jesús.

 

Mesías, ¡a mi manera!

El relato evangélico de este domingo de Mt 16,21-27 se estructura así: a) Jesús comenzó a anunciar su pasión; b) Reproche de Pedro a Jesús y reproche de Jesús a Pedro; c) Instrucción a los discípulos sobre el seguimiento.

Es decir, tres son los temas fundamentales: el destino de muerte de Jesús, el verdadero mesianismo de Jesús y el auténtico seguimiento de los discípulos. Jesús va a empezar a desidolatrizar las ideas y praxis falsas sobre el mesianismo.

El relato evangélico refleja al Pedro que todos llevamos dentro, tentados de vivir el mesianismo de Jesús ¡a mi manera!, rechazando la cruz que se presenta en nuestra vida.

En el texto queda más que manifiesto que el seguimiento a Jesús es la expresión absoluta de la existencia humana: un seguimiento discipulado sin excepción para todos, al estilo de Jesús que cargó con su cruz.

 

Jesús no esconde su cruz

Tres son los relatos en el evangelio de Mateo en los que Jesús comenzó a decir a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para sufrir mucho, ser matado y resucitar al tercer día.

Los tres anuncios de la pasión tienen en el relato la función de hacer avanzar la narración introduciendo nuevos desarrollos: a) los discípulos han de comprender y aceptar el destino de Jesús (Mt 16,21-17,21); b) deben asumir también sus consecuencias en la vida cotidiana (Mt 17, 22-20,16), c) para lo cual es necesario un cambio de actitud (Mt 20, 17-34).

La parte más extensa es la que viene después del segundo anuncio. En ella se encuentra el discurso sobre la vida de la comunidad (Mt 18), que acentúa la orientación eclesiológica de esta sección, siempre según el espíritu del crucificado.

 

¡El parto de Pedro!

Pedro, entonces, llama aparte a Jesús y lo increpa diciendo: ¡Como puedes decir eso, Señor! ¡Eso no te sucederá!

Pedro está en completo desacuerdo con lo expuesto por Jesús. Ha expresado la fe auténtica, pero no acepta la praxis que se deriva de ella. Jesús está desmontando de raíz la idea mesiánica concebida por Pedro, enseñada siempre en las tradiciones judías. ¿Cómo el Mesías liberador iba a sufrir y hasta ser muerto? ¿Cómo al mesías de Israel lo van a eliminar los mismos representantes de Israel? Pedro, por tanto, considera que el destino expuesto por Jesús es contrario al designio divino. Como lo expresan sus palabras, se opone a que Jesús muera.

La reacción de Pedro muestra que su comprensión del misterio de Jesús es aún imperfecta, a pesar de su confesión de fe en Jesús como Hijo de Dios. Es cierto que Dios le ha concedido una revelación especial, pero todavía ve en Jesús a un Mesías glorioso, según las expectativas de su tiempo.

El que entra en serio en contacto con Jesús se produce a sí mismo un parto doloroso del que tiene que nacer un hombre nuevo, plenamente cristificado.

 

Jesús pone las cosas en su sitio

La respuesta a Pedro recuerda la tercera tentación de Jesús en el desierto (4,10). Pedro lo tienta a que sea un Mesías poderoso y vencedor. Jesús lo rechaza con el mismo imperativo con que rechazó a Satanás: ¡Vete! Pedro es como un obstáculo que impide su camino.

La respuesta de Jesús a Pedro no es un rechazo, sino una fuerte invitación. Jesús le repite las palabras que le dirigió cuando le llamó para ser discípulo suyo (Mt 4,18-22): ponte detrás de mí; es decir, vuelve a ocupar el puesto de discípulo, sígueme y camina por la senda que mis pasos van marcando. Pedro ha tenido la osadía de ponerse frente a Jesús para obstaculizar su camino, porque la cruz le resulta escandalosa, y Jesús quiere hacerle ver que el lugar del discípulo no está frente a él, sino detrás de él, camino de la cruz.

 

Condiciones imprescindibles del discipulado

Si alguien quiere seguirme, niéguese a sí mismo, cargue su cruz y sígame.

No es el discípulo el que pone las condiciones del seguimiento sino el Maestro. Las condiciones que va a exponer Jesús muestran que el destino del discípulo es el mismo que el del Mesías, glorioso pero crucificado.

Son dos esas condiciones: negarse a sí mismo y cargar con la propia cruz.

Negarse a sí mismo significa renunciar a toda ambición personal; es decir, liberarse del propio egoísmo y conformar la propia existencia al modo de vida instituido por Jesús (Ustedes no se pertenecen, 1 Cor 6,19). El que se dispone a seguir a Jesús ha encontrado un nuevo centro a su propia vida; ya no es uno mismo la propia razón de ser sino la voluntad divina de la que el discípulo se apropia. No se trata de un esfuerzo sobre sí mismo ni de una renuncia a tal tentación sino de plena conformación con el plan salvífico de Dios. Es una nueva formulación de la primera bienaventuranza: elegir ser pobre.

Cargar con la propia cruz significa aceptar ser perseguido por causa de Jesús y aún condenado a muerte por la sociedad establecida; equivale a la última bienaventuranza: los que viven perseguidos por su fidelidad.

Cumplir estas dos bienaventuranzas constituye la esencia del discipulado cristiano.

 

Tres argumentos de peso para seguir a Jesús

Porque quien quiera ser dueño de su vida la perderá; pero quien entregue su vida por mí la salvará. ¿De qué sirve ganar el mundo entero, si uno pierde su vida? ¿Qué puede dar uno a cambio de su vida? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

Estos dichos de Jesús pueden entenderse como un comentario del gran mandamiento de amar a Dios con el corazón, el alma y todas las fuerzas (cfr Dt 6,5). Resulta sorprendente la transferencia del mandamiento del amor a Dios al mandamiento del amor (seguimiento) a Jesús.

Jesús propone tres argumentos, probando con ellos que sus condiciones de seguimiento, aparentemente tan duras, son las únicas sensatas.

1)    Perder la vida por Jesús es asegurarla para siempre. Por lo tanto, hay que estar dispuesto a arriesgarla, por su causa, con Él, en Él, para Él. No hay felicidad fuera de la voluntad de Dios. La felicidad esquiva a quienes la buscan directamente en lugar de buscar primero la voluntad de Dios. El valor supremo del hombre, la vida, sólo se asegura si uno está dispuesto a perderla por causa de Jesús. Nadie que ha seguido a Jesús se ha arrepentido.

2)    Aunque uno ganase el mundo entero (riqueza, gloria, poder), la vida es efímera y no podrá disfrutar de ella por mucho tiempo. El seguimiento de Jesús evita la miopía de tejas para abajo.

3)    Habrá una reivindicación final de los que lo sigan (25, 31-46). La representación de nuestra vida no termina en el escenario de este mundo sino delante del tribunal de Dios. Quien no sigue a Jesús se arriesga a la pérdida de la propia vida en la venida final del Hijo del hombre.

Por el primer y segundo argumentos se constata que los discípulos no tenían intención de arriesgar su vida, sino más bien esperaban que el Mesías les procuraría una buena posición. ¿Cuál es nuestra intención cristiana?

 

Haciendo la señal de la cruz

Comenzamos la eucaristía, el sacrificio de Cristo (pasión-crucifixión-muerte-resurrección) trazando, exteriormente, en nuestra frente la señal de la cruz. Pero, interiormente, ¿estamos dispuestos a negarnos a nosotros mismos y a cargar con la propia cruz, como Jesús, con Jesús y por Jesús?

¡Cuidado con el Pedro que todos llevamos dentro! Pero Dios quiera que todos terminemos como Pedro que…

 

Septiembre, mes de la Biblia

         Disce cor Dei in verbis Dei: aprende el corazón de Dios en las palabras de Dios (San Gregorio Magno).

En los tiempos del NT, cuando un niño acudía a la escuela por primera vez, bajaba a la sinagoga cuando era todavía oscuro para escuchar la historia de cómo Moisés recibió la Toráh (la ley). Luego era llevado a la casa del maestro para desayunar, y allí recibía tortas con letras de la Toráh escritas sobre ellas. En la escuela, el niño recibía una tableta con pasajes de Escrituras escritos en ella. La tableta estaba untada en miel. El alumno tenía que reseguir las letras con su pluma, y era natural chupar la punta de la pluma mientras estaba en ello. El propósito de todo ello era que se diera cuenta de que el objeto para el que iba a la escuela era el de absorber las Escrituras.

Septiembre es el mes de la Biblia porque el 30 de este mes se celebra la memoria litúrgica de san Jerónimo, el hombre que dedicó su vida al estudio y a la traducción de la Biblia desde sus textos originales al latín.

Un mes para destacar la importancia del conocimiento de las Escrituras para la vida espiritual. Gran precipicio y abismo profundo es la ignorancia de las Escrituras (san Epifanio).

Como estamos en el año dedicado a san Pablo, óptima ocasión para meditar las cartas paulinas.

El mes de la Biblia de este año tiene como lema: La fe sin obras está muerta. Está claro que no sólo hay que conocer la Biblia sino…

 

 

 

P. Mateo Bautista

Religioso Camilo