Comentario Bíblico Dominical
III DOMINGO DE ADVIENTO

¿Y ustedes lo conocen?
“Vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino para dar testimonio, como testigo de la luz, para que todos creyeran por él.
Aunque no fuera él la luz, le tocaba dar testimonio de la luz.
Este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén para preguntarle: «¿Quién eres tú?» Juan lo declaró y no ocultó la verdad: «Yo no soy el Mesías.»” (Jn 1,6-8.19-28).
Abre la puerta de tu alma
“Que cuando venga encuentre, pues, tu puerta abierta, ábrele tu alma, extiende el interior de tu mente para que pueda contemplar en ella riquezas de rectitud, tesoros de paz, suavidad de gracia. Dilata tu corazón, sal al encuentro del sol de la luz eterna que alumbra a todo hombre. Esta luz verdadera brilla para todos, pero el que cierra sus ventanas se priva a sí mismo de la luz eterna. También tú, si cierras la puerta de tu alma, dejas afuera a Cristo. Aunque tiene poder para entrar, no quiere, sin embargo, ser inoportuno, no quiere obligar a la fuerza (…) Vemos, por tanto, que el alma tiene una puerta, a la que viene Cristo y llama. Ábrele, pues; quiere entrar, quiere hallar en vela a su Esposa” (san Ambrosio, Com. Sal. 118).
Ni Elías ni el profeta, pero ¡qué grande, el Juan!
Los judíos esperaban, según la profecía de Malaquías 3,23, que el profeta Elías volviera para preparar la intervención decisiva de Dios en pro de su pueblo.
Los judíos esperaban también otro personaje. En Dt 34,10, Dios promete que va a dar a su pueblo un profeta semejante a Moisés. Los judíos esperaban no a un profeta cualquiera sino al profeta anunciado solemnemente por Dios en el Deuteronomio.
Juan, con una grandeza y humildad envidiables manifiesta de una manera muy decidida que él no es ni Elías ni el profeta.
Juan se presenta como voz: “Yo soy la voz del que clamo en el desierto: allanen el camino del Señor”. Es la voz que invita a preparar el camino del Mesías.
Juan reconoce que su bautismo es espera de una gracia pero que no comunica esa gracia. El bautismo de Jesús, por el contrario, comunica el Espíritu Santo; renueva de raíz a la persona y la purifica íntegramente otorgándole la filiación divina.
Un Juan lleno de noes
Si ponemos atención en el evangelio de este domingo, sobre Juan el Bautista recaen muchos noes: No era luz… No soy el Mesías… Ni Elías… Ni el Profeta… No soy digno de desatar la correa…
Mientras los otros evangelistas aportan textos elogiosos para Juan el Bautista, el cuarto evangelio presenta escenas en las que Jesús aparece infinitamente superior a Juan el Bautista.
Sólo queda para Juan el título de testigo. ¡Aunque qué testigo! “Él vino como testigo, para dar testimonio de la ley, de modo que todos creyeron por medio de Él”.
Tampoco se relata el Bautismo de Jesús por parte de Juan y, por supuesto, no se dice nada de su martirio. ¿Qué hizo Juan para merecer esto en el cuarto evangelio?
Un grave problema de fondo
Desde hacia muchos siglos, Israel esperaba un misterioso personaje a quien llamaban el Siervo de Yahvéh, el que iba a redimir a todo el pueblo judío de sus sufrimientos y calamidades.
En muchos ambientes de Palestina, a Juan Bautista se lo tenía por el verdadero Mesías, y se formaron grupos que veneraban su figura y lo consideraban superior a Jesús. Eran las comunidades llamadas joaninas que disputaban con los cristianos, negaban la mesianidad de Jesús y lo consideraban inferior a Juan el Bautista.
Los evangelios traen ecos de estas disputas. En el pueblo se comentaba que el Bautista era la persona más grande nacida de mujer. Jesús lo confirmó: “Les aseguro que entre los nacidos de mujer ninguno es mayor que Juan”. Pero luego agregó: “Sin embargo el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él” (Lc 7,28).
También circulaban en estos grupos narraciones maravillosas sobre el nacimiento milagroso de Juan: que un ángel había hablado con su Padre Zacarías, curando la esterilidad de su madre Isabel. Lucas recogió estos relatos al comienzo de su evangelio, pero puso a continuación los de Jesús, para recordar cómo éste era muy superior a Juan, de tal modo que ni siquiera había necesitado un padre humano para nacer (cfr. Lc 1-2).
Otros círculos joaninos enseñaban que su maestro era la luz que vino a iluminar este mundo. Entonces, el evangelio de san Juan tuvo que aclarar que en realidad “él no era la luz, sino que vino a dar testimonio de la Luz. El Verbo (o sea Jesús) era la Luz verdadera” (Jn 1,8-9).
Y ciertamente surgió una grave cuestión: si Jesús era el Mesías esperado, ¿cómo es que Juan bautizó a Jesús? Normalmente la persona que recibe el bautismo, es inferior a la que lo da. Por lo tanto, el bautismo debería haber sido al revés. ¿Por qué, entonces, Juan bautizó a Jesús?
Diversos relatos de bautismo
Los evangelistas dan respuesta a esta cuestión, que tanto preocupaba a la Iglesia primitiva, narrando de diversas maneras el bautismo del Señor.
El evangelista Marcos afirma que Juan bautizó a Jesús sin ningún problema ni objeción por parte del precursor (cfr. 1,9-11). San Mateo, en cambio escribe que Juan no quería bautizarlo y puso resistencia (cfr. 3,13-17). San Lucas menciona el bautismo con brevedad, como de pasada, después de anunciar la prisión de Juan (cfr. Lc 3,19-22).
Cuando se compuso el cuarto y último evangelio, precisamente en Éfeso, donde las comunidades joaninas eran fuertes, su autor decidió cortar por lo sano: suprimió el relato del bautismo de Jesús. Por eso es el único que ni lo menciona.
El testimonio de Juan
En este contexto se comprende mejor el testimonio que da Juan sobre Jesús, presentándolo como el Cordero de Dios y el Hijo de Dios (1,29.34), títulos otorgados al Señor tras su pascua.
Las preguntas que le formulan los sacerdotes y levitas intrigados por su identidad y misión, el Bautista responde en forma negativa.
Juan no se apropia de títulos que no le pertenecen. De este modo se perfila aún más su identidad respecto a la de Jesús y se descartan ciertas maneras de concebir su misión que podían haber sido defendidas históricamente por sus discípulos.
Su testimonio a favor de Jesús, se caracteriza en el cuarto evangelio por:
1) Confesó sin reservas: Yo no soy el Cristo… ni Elías… ni el profeta (vv. 20-22). Los tres títulos tienen significado mesiánico.
2) Yo soy la voz del que clama en el desierto… (v. 23). Él es tan sólo la voz que anuncia al Mesías y le prepara los caminos del corazón humano.
3) Hay en medio de ustedes Uno a quien no conocen… Yo no soy digno de desatarle las correas de las sandalias (vv. 27-28). Juan testimonia que el Mesías (el novio) es Jesús y que ya ha llegado.
4) He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (v. 29), dice Jesús.
5) …Se ha puesto delante de mí porque existía antes que yo (v. 30). Anuncia la preexistencia del Señor.
6) He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él (v. 32). Jesús es el Cristo (ungido).
7) Ése es el que bautiza con Espíritu Santo (v. 33).
8) Yo lo he visto y doy testimonio de que Éste es el Elegido (el Hijo) de Dios (v. 34).
El desprecio a la luz llamada Jesús
“En medio de ustedes hay uno a quien no conocen” (v. 26).
¿Por qué no lo conocen? ¿Acaso no ha habido revelación? ¿O es que falta disponibilidad para acogerlo? Los sacerdotes y levitas que creían estar tan cerca de Dios no reconocen a su Ungido. Y no ha sido por falta de luz sino por desprecio a la luz.
Hoy, la humanidad, que se siente perdida y desorientada, busca guías extraños y maestros novedosos que no son la luz sino meros reflejos. ¿Por qué rechaza el encuentro con Cristo-luz?
Los sabios según este mundo que se autodenominan modernistas o, más elegantemente aún, post modernistas, tampoco conocen a Cristo. ¿Por qué rechazan su luz?
También nuestras comunidades cristianas pueden ignorar a Cristo-luz cuando se basan en vagos resplandores de ideologías idolátricas, se apoyan en la fuerza del dinero, prestigio humano o en otros poderes ajenos a Jesús.
¿Y usted conoce personalmente a Cristo-luz? ¿O se conforma con meros resplandores? ¿Da testimonio de Cristo? Un buen tema de retiro para este adviento.
Cuando en la eucaristía veamos mostrado a Jesús eucarístico y escuchemos: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, vamos a exclamar: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, una palabra tuya bastará para sanarme e… iluminarme… y salvarme.
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P. Mateo Bautista Religioso camilo
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