Comentario Bíblico Dominical
Jueves Santo
Jueves, 20 de marzo de 2008
Misa vespertina de la Cena del Señor
1ª Lectura: Ex 12,1-8.11-14
Lo celebrarán a lo largo de las generaciones como una institución perpetua.
Salmo: Sal 115,12-13.15-16bc.17-18
¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo?
2ª Lectura: 1 Cor 11,23-26
Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía. Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi sangre.
Evangelio: Jn 13,1-15
Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse unos a otros
Concorpóreos y consanguíneos con Jesús
Cena de Jueves Santo: todo un manjar
¡Qué cena! Primer plato: la Eucaristía; 2º plato: el Sacerdocio: y el postre: el lavatorio de los pies.
¿Qué se celebra en el jueves santo? La institución de la eucaristía y del sacerdocio. Jesús cumple el ritual de la pascua judía ofreciendo su cuerpo en lugar del antiguo cordero y derramando su sangre para sellar la nueva alianza. Al lavar los pies a los discípulos, manifiesta el amor hasta el extremo (Jn 13,1-15).
Históricamente, el jueves santo era el día de la reconciliación de los penitentes y de la misa crismal desde el siglo V. Conoció a partir del siglo VII una misa vespertina sin liturgia de la palabra, conmemorativa de la traición de Judas y de la última cena. Esta eucaristía adquirió mayor relieve incorporando el lavatorio de los pies y la reserva de la eucaristía para la comunión del sacerdote al día siguiente.
¿Qué es el traslado del Santísimo? Es el paso solemne de Jesús eucarístico, tras la cena del Señor, al lugar de la reserva para la comunión del día siguiente (que no hay eucaristía). Es un signo de continuidad entre el sacrificio y la adoración de la presencia sacramental.
Cena de la alianza, sacerdocio y traición
Jesús, encontrándose en Jerusalén con ocasión de la ya próxima fiesta de Pascua, presintió que la creciente hostilidad entre las autoridades del templo de Jerusalén y Él estaba llegando a un punto crítico. Celebró solemnemente la cena de despedida con su círculo de apóstoles, los más íntimos.
Ya en la multiplicación de los panes, los evangelistas presentaron el valor del signo eucarístico, y de cómo alimentar a los fieles de todos lo tiempos. En la Última Cena, Jesús se ofrece sacramentalmente tras pronunciar la acción de gracias (eucharistein).
En la multiplicación de los panes, Jesús dijo que debían buscar el alimento que no perece sino que permanece para la vida eterna (Jn 6,25-37). No como el maná del desierto. Quien come el Pan eucarístico no morirá porque come a Jesús mismo, a quien el Padre hizo bajar desde arriba (Jn 6,31-35). Por eso, al recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, te haces concorpóreo y consaguíneo suyo (San Cirilo de Jerusalén). La Eucaristía es la medicina de la inmortalidad, el antídoto contra la muerte y el alimento para vivir siempre en Jesucristo (San Ignacio de Antioquía).
El evangelista Juan, en la Ultima Cena, introduce el lavatorio de los pies. Éste es un impresionante comentario sobre la Eucaristía.
Se levanta de la mesa, se quita su vestido, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego, hecha agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de sus discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.
Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?» Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; lo comprenderás más tarde». Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza»(Jn 13,4-9).
Dejarse lavar los pies es aceptar la entrega total de Jesús por cada uno. Y aceptar que hemos de lavar los pies unos a otros. Comulgar a Jesús es comulgar con el hermano, sirviéndolo.
El Dios fiel, una y otra vez, renueva su Alianza. Nunca abandona a su pueblo, aunque sea infiel. Y a pesar de tantas infidelidades, a través de sus profetas, Dios promete que su Alianza la grabará en el interior de cada creyente (Jr 31, 31). Al cumplirse la plenitud de los tiempos, Dios Padre en su mismo Hijo Jesús, su propia sangre, hace una alianza para siempre, para el perdón de los pecados, por todos los hombres.
En la Última Cena, Jesús se entregó como el Pan de Vida, selló la definitiva Alianza del Dios fiel y lavó los pies a sus discípulos. A cambio, Jesús recibió la traición...
Somos eucarísticos
Los creyentes en Jesús somos eucarísticos.
La eucaristía es el banquete sagrado central de los cristianos que celebra el memorial y sacrificio pascual de Cristo redentor: muerto y resucitado.
Siguiendo las palabras y mandato del Señor Jesús (Esto es mi cuerpo; ésta es mi sangre; hagan esto en conmemoración mía), se comulga el Cuerpo y Sangre del Señor Jesús resucitado.
La eucaristía es el encuentro de los cristianos, donde se expresa la mutua comunión.
Por la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna, cuando Dios será todo en todos (1 Cor 15,28). Se espera la venida gloriosa de Cristo: ¡Ven, Señor, Jesús! Y celebramos el banquete escatológico en la casa del Padre.
La eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe: Nuestra manera de pensar armoniza con la eucaristía, y a su vez la eucaristía confirma nuestra manera de pensar (S. Ireneo, Adv. Hae. 4,18, 5).
La eucaristía es el sacramento de la Iglesia que culmina la iniciación cristiana.
La Iglesia ha recibido la eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona, de su santa humanidad y, además, de su obra de salvación (Ecclesia de eucharistia, N° 11).
No se trata de un recuerdo subjetivo o un estímulo moral. Se trata de una presencia de la persona de Cristo con todo lo que constituye el acontecimiento-Cristo: su vida y su misión, el reino y su magisterio, su pasión-muerte-resurrección... Esta acción sacerdotal-sacrificial-salvadora integral de Cristo, ahora eternizado por la resurrección, es la que se actualiza, se hace presente en la eucaristía, prolongando en el tiempo para los hombres el único sacrificio que sucedió y sigue sucediendo de una vez para siempre (D. Borobio).
La Eucaristía es fuente y cima de toda la vida cristiana (Constitución conciliar Lumen Gentium, LG 11). Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra pascua (Constitución conciliar Presbiterorum Ordinis, PO 5).
Por tanto, debemos considerar la eucaristía:
· Como acción de gracias y alabanza al Padre.
· Como memorial del sacrificio de Cristo y de su cuerpo.
· Como presencia de Cristo por el poder de su palabra y de su Espíritu.
Sin la eucaristía no podemos vivir pues somos eucarísticos.
Nosotros comemos a Jesús y Él nos asimila
El que come mi carne y bebe mi sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida (Jn 6, 54-55).
Al recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo te haces concorpóreo y consanguineo suyo. Así pues, nos hacemos portadores de Cristo, al distribuir por nuestros miembros su cuerpo (San Cirilo de Jerusalén).
La participación del Cuerpo y de la Sangre de Cristo hace que pasemos a ser aquello que recibimos (San León Magno).
Eucaristía: La medicina de inmortalidad, el antídoto contra la muerte y el alimento para vivir por siempre en Jesucristo (San Ignacio de Antioquía).
Por la comunión de su Cuerpo y de su Sangre, Cristo nos comunica también su Espíritu. Escribe san Efrén: llamó al pan su cuerpo viviente, lo llenó de sí mismo y de su Espíritu (...), y quien lo come con fe, come fuego y Espíritu (...). Tomen, coman todos de Él, y coman con Él el Espíritu Santo.
Así, con el don de su cuerpo y sangre, Cristo acrecienta en nosotros el don de su Espíritu, infundido ya en el bautismo e impreso como sello en el sacramento de la confirmación (Ecclesia de Eucharistia, n. 17).
Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará el hombre en su totalidad. En efecto, en la Eucaristía recibimos también la garantía de la resurrección corporal al final del mundo: El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el ultimo día (Jn.6,54) (Ecclesia de Eucharistia, n.18).
Nuestros cuerpos cuando han recibido la eucaristía, ya no son corruptibles sino que tienen la esperanza de la resurrección (San Ireneo).
La Eucaristía es trinitaria; es filial, cristífica y pneumática.
Cuando te comulgo, Jesús,
acepto tu muerte en cruz,
me renuevo con tu perdón,
permanezco en comunión.
Cuando te comulgo, Jesús,
me abro a tu Espíritu renovador,
tu palabra ilumina mi corazón,
doy testimonio de vida y acción.
Cuando te comulgo, Jesús,
vivo ya sin temor,
amo según tu amor,
pienso según tu razón.
Cuando te comulgo, Jesús,
tu alabanza canta mi voz,
vivo en esperanza de resurrección,
elevo mi sufrimiento en oblación.
Cuando te comulgo, Jesús,
Tú me comulgas, mi Dios,
comulgo al hermano,
y a toda tu creación.
Hagan lo mismo que yo hice con ustedes
Para ambas acciones (lavatorio y eucaristía), Jesús pide continuidad a sus discípulos. Hay un mandato: Hagan ustedes lo mismo (Jn 13,15). Hagan esto en memoria mía (1 Cor 11,24).
Continuar las acciones de Jesús no es ritualismo sino cristificación; no es repetir ceremonias sino encarnar actitudes: dejarse lavar los pies por Jesús y lavar los pies a Jesús; comer a Jesús (para dejarse asimilar por Él) y dar de comer de Cristo (sacerdocio ministerial y del pueblo de Dios).
No lavar los pies a Jesús en el hermano (dejar de servir) es no servir como cristiano.
No comer a Jesús-Eucaristía es negar y rechazar su pasión, muerte y resurrección. ¡Ceguera y amnemia!
Visitando las siete Iglesias
Eteria, una peregrina española, viajó a finales del siglo IV a los Santos Lugares, desde Galicia. En el capítulo 36 de su Itinerario, menciona que los cristianos de Jerusalén, presididos por el Obispo, en la noche del Jueves Santo, recorrían en procesión los lugares donde acaeció la pasión del Señor Jesús, deteniéndose a orar un tiempito en cada capilla. Cumplían así el pedido del Señor: Velen y oren para no caer en tentación (Mt 26,41).
Esta práctica de la Iglesia jerosolimitana inspiró la práctica piadosa de las siete visitas (vía captivitatis).
En Roma, se hizo tradicional la visita a las siete o nueve basílicas con la meditación de los lugares de la via captivitatis: del arresto de Jesús hasta su condena.
1ª Visita: Jesús en el huerto de Getsemaní (Mc 14,32-50)
2ª Visita: Jesús en la casa de Anás (Jn 18,12-24)
3ª Visita: Jesús ante el Sanedrín presidido por Caifás (Mc 14,53-65)
4ª Visita: Jesús ante Pilato, el prefecto romano (Lc 23,1-7)
5ª Visita: Jesús ante Herodes Antipas, tetrarca de Galilea (Lc 23,8-12)
6ª Visita: Jesús condenado por Pilato (Lc 23,13-25)
7ª Visita: Jesús flagelado por los soldados en el pretorio (Mt 27,27-31)
En esa noche, el sagrario es presentado con suma sencillez y sin adornos y, según lugares, con unas rejas de por medio. Se medita que aquellos lugares (tribunales) no fueron lugar de honra sino de humillación y sufrimiento.
En esta noche, ante el sagrario, los cristianos meditamos: ¿Cómo es posible que el hombre juzgue a su Dios y redentor? ¿Nosotros tendremos las mismas actitudes de Cristo cuando estemos en situación de escarnio? No sigamos a Jesús de lejos ni distantes como Pedro. No neguemos al que murió por nosotros.
P. Mateo Bautista
Religioso Camilo