Comentario Bíblico Dominical
SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

La Theotókos
“Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre. Entonces contaron lo que los ángeles les habían dicho del niño. Todos los que escucharon a los pastores quedaron maravillados de lo que decían.
María, por su parte, guardaba todos estos acontecimientos y los volvía a meditar en su interior.
Después los pastores regresaron alababando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, tal como los ángeles se lo habían anunciado.
Cumplidos los ocho días, circuncidaron al niño y le pusieron el nombre de Jesús, nombre que había indicado el ángel antes de que su madre quedara embarazada” (Lc 2,16-21).
La Madre, garantía del Hijo
Apolinar de Laodicea (310 - 390) afirmaba que en Cristo el Verbo había sustituido al alma espiritual; es decir, que Jesús había tenido un cuerpo humano y un alma divina; sostenía que Cristo no podía haber tenido una humanidad completa porque Dios y hombre no podían unirse completamente y además porque el alma espiritual puede decidir entre el bien y el mal, lo que hubiera permitido que Cristo pecara, algo inconcebible. Apolinar abogaba por la existencia de una sola naturaleza en Cristo. Por tanto, Cristo, aunque era completamente Dios, no era humano del todo.
Contra este error, la Iglesia confesó que el Hijo eterno asumió también un alma racional humana, espiritual.
“Él (Apolinar) debe demostrar que la Virgen no vivió sobre la tierra o bien dejar de inventar un hombre celeste (Cristo)…Nuevamente debo decirlo: él ha olvidado a María” (san Gregorio Niseno, 330-394, Adversus Apollinarem 37).
La Virgen: garantía de un Jesús verdadero Dios y verdadero hombre.
El nombre de la Theotókos
“El nombre de la Theotókos contiene toda la economía divina sobre este mundo” (san Juan Damasceno).
El concilio de Éfeso (año 431), confirmando lo que ya creía y confesaba el pueblo cristiano, definió como dogma de fe que María es Madre de Dios (Theotókos). Así resolvió una controversia que no era estrictamente mariana sino cristológica, y condenó la doctrina de Nestorio que negaba la identidad personal entre el hombre Jesús, hijo de María, y el Hijo de Dios. La dificultad en admitir la radical humillación que la encarnación supone para Cristo, hijo de Dios pero nacido de mujer (2º lectura), fue la causa del error nestoriano.
Afirmando la única persona divina de Cristo en dos naturalezas, la divina y la humana, el concilio de Éfeso concluía que María es la Madre de Dios, por ser ella quien dio la naturaleza humana a Cristo Jesús.
Solemnidad de la maternidad divina de María
La maternidad divina de María es, sin duda, lo más relevante de este día litúrgico, en que se celebra, además, la circuncisión del Señor y la imposición del nombre Jesús al Niño nacido en Belén. También es el día mundial de oración por la paz.
La maternidad divina de María es la fiesta litúrgica mariana más antigua en Occidente. Antes de que las cuatro festividades marianas de origen oriental (a saber: natividad, anunciación, purificación y asunción de la Virgen) entrasen en la liturgia romana durante el s. VII, ya se celebraba en Roma la octava de navidad como día conmemorativo de María y de su función materna en la encarnación. El 1 de enero había una estación en Sancta María ad Martyres, llamada en los libros litúrgicos in octava Domini, pero con atención particular a la Virgen Madre.
Esta fiesta pone de relieve la función de la Virgen Santísima en la obra de la salvación. “Por ella hemos recibido a Jesucristo, autor de la vida, y ella ha hecho posible celebrar el misterio de nuestra salvación” (oración sobre las ofrendas).
En su exhortación apostólica Marialis cultus, Pablo VI afirmó que “el tiempo de Navidad constituye una prolongada memoria de la maternidad divina, virginal y salvadora de María… La solemnidad de la maternidad de María se destina a celebrar la parte que ella tuvo en el misterio de la salvación y a exaltar la singular dignidad de que goza la Madre santa, por la cual merecimos recibir al autor de la vida” (MC 5).
La maternidad divina es el dato y la realidad profunda que condiciona y da sentido a toda la vida y misión de la Virgen dentro del plan de Dios tal como el ángel expone en el momento de la anunciación.
Es también la grandeza de la maternidad de “la que hizo la voluntad del Padre y la hizo perfectamente” (san Agustín) lo que origina las demás características y funciones de la figura sublime de María de Nazaret: concepción inmaculada, asunción, intercesión mediadora subordinada a la de Cristo, maternidad espiritual sobre la Iglesia, y su condición de miembro tipo, modelo e imagen de la misma; devoción del pueblo cristiano a la Madre del Señor; así como sus fiestas litúrgicas: natividad, anunciación, purificación y asunción.
En la oración después de la comunión, según la sugerencia explícita de Pablo VI, se llama a María: Madre de Cristo y Madre de la Iglesia.
Le pondrás por nombre Jesús
“Tú eres el que pondrás el nombre al hijo que dará a luz. Y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21).
El nombre Jesús (en griego Iēsous) es la transcripción griega del hebreo Yesu'a, forma tardía de Yehosú'a, que significa Dios es ayuda, salud, salvación.
En el Antiguo Testamento, el nombre designa la realidad profunda de la persona; expresa la esencia de su naturaleza; por eso el nombre podía ser cambiado al recibir una alta misión (cfr. Gn 17,5; Mt 16,18).
En la época de Jesucristo se solía imponer el nombre al niño en el día de su circuncisión. José, de acuerdo con María, debió de ser el que le impuso el nombre que el ángel había mencionado: Yesu'a.
Su nombre mismo es significativo: Jesús es el que salva al pueblo de sus pecados. Para llevar a cabo su misión salvífica, Él asume la condición de judío, nacido de mujer, circuncidado al octavo día, y “sometido a la Ley para redimir a los que estaban sometidos a la ley y hacernos hijos adoptivos” (Gál 4,4-5).
Shalom: una bendición para todo el año
«Que quienes traen su origen no de la sangre ni del deseo carnal ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios», ofrezcan al Padre la concordia propia de los hijos que están animados por el deseo de la paz… Por ello el nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz; como lo dice el Apóstol: «Él es nuestra paz; él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, porque, tanto los judíos como los gentiles, por medio de él tenemos acceso al Padre en un solo Espíritu» (san Gregorio Magno, sermón VI, en la natividad del Señor).
La celebración de la jornada mundial de oración por la paz fue instituida por el pontífice Pablo VI, en el inicio del año civil. El Papa quiso unir lo civil con lo religioso, pidiendo, en una oración por la paz, la presencia amorosa de María en todo el año que comienza.
“Ocasión propicia para renovar la adoración al recién nacido Príncipe de la paz, para escuchar de nuevo el jubiloso anuncio angélico (cfr. Lc 2,14), para implorar a Dios, por mediación de la Reina de la paz, el don supremo de la paz. Por eso, en la feliz coincidencia de la octava de navidad con el principio del nuevo año, hemos instituido la Jornada mundial de la paz que goza de creciente adhesión y que está haciendo madurar frutos de paz en el corazón de tantos hombres” (Pablo VI, Marialis Cultus 5).
En este día, con María oramos por la paz en nuestro mundo, y con María caminamos en la adhesión a Jesucristo trabajando por la paz en las diversas circunstancias de nuestra vida, en la acción concreta –no sólo con buenos deseos- pues por la paz son reconocidos los hijos de Dios: “Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).
“Señor, haz de mí un instrumento de tu paz” (san Francisco de Asís).
Un año nuevo
Una vez le preguntaron a una religiosa de una orden contemplativa: “¿Qué hará el año próximo?” y respondió: “Haré lo que espero hacer en la eternidad: ocuparme de Dios”. Este el programa de la vida contemplativa. Esto vale para toda la vida cristiana.
¿Qué harás en este año recién estrenado? La única respuesta auténtica es: lo que no pierda valor en la eternidad. Todo pensamiento, todo hecho humano es una llama que vibra; pero debe unirse a la vibración de la llama divina que arde e ilumina para siempre. En este año nuevo haré todo lo que haría Jesús y no haré nada que no haría Jesús.
¿Y el año viejo? Lo ponemos en las manos misericordiosas de Dios; que pase y no pese. Que pase dejándonos experiencia, enseñanza de vida.
Y nos vamos a recordar que los años que tenemos no son los que cumplimos sino los que nos quedan por vivir. ¡El futuro es nuestro con el Señor!
María sigue siendo madre
El Concilio Vaticano II nos recuerda algo maravilloso de la maternidad de María: “Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la anunciación, y lo mantuvo sin vacilación al pie de la Cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación” (Lumen Gentium 62).
En este tiempo navideño disponemos de tres oraciones espléndidas (el Ave María, el Ángelus y el Sub tuum praesidium) para contemplar el misterio navideño-pascual y para acudir a la intercesión maternal de la Madre de Dios.
El origen del Ave María hay que buscarlo en la costumbre de contemplar la página evangélica del anuncio del ángel Gabriel a María (cfr. Lc 1,26-38), que influyó decisivamente en las comunidades cristianas de los primeros siglos en la comprensión y celebración del misterio de la encarnación. En su segunda parte se registra: Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros…
El Ángelus: “Su estructura sencilla, su carácter bíblico, el origen histórico que lo vincula a la invocación de la incolumidad en la paz, su ritmo casi litúrgico que santifica momentos diversos de la jornada, su apertura al misterio pascual, por lo que mientras conmemoramos la encarnación del Hijo de Dios, pedimos ser conducidos por su pasión y su cruz a la gloria de la resurrección” (Pablo VI, Marialis Cultus, 1974).
El Sub tuum praesidium es oración antiquísima a la Virgen invocada como Santa Madre de Dios. El texto griego se encontró en un papiro de finales del siglo III, en el año 1917, en Egipto. “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios, no desprecies las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”.
¡Oh maternidad divina de María, sacramento de la paternidad de nuestro Dios!
María, sigue siendo madre nuestra e intercede por nosotros en la admirable comunión de los santos. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros.
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P. Mateo Bautista Religioso camilo
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