Comentario Bíblico Dominical

NAVIDAD

 

Dios nace; el hombre renace

En el principio era la Palabra,

y la Palabra estaba ante Dios,

y la Palabra era Dios.

Ella estaba ante Dios en el principio.

 

Por Ella se hizo todo,

y nada llegó a ser sin Ella.

Lo que fue hecho tenía vida en ella,

y para los hombres la vida era luz.

La luz brilla en las tinieblas,

y las tinieblas no la recibieron

 

…Y la Palabra se hizo carne,

puso su tienda entre nosotros,

y hemos visto su Gloria:

la Gloria que recibe del Padre el Hijo único,

en él todo era don amoroso y verdad” (Jn 1, 1-18).

 

Hoy la carne de Dios se hace historia

“Pasados innumerables siglos desde la creación del mundo, cuando en el principio Dios creó el cielo y la tierra y formó al hombre a su imagen; después también de muchos siglos, desde que el Altísimo pusiera su arco en las nubes, acabado el diluvio, como signo de alianza y de paz; veintiún siglos después de la emigración de Abraham, nuestra padre de la fe, de Ur de los Caldeos; trece siglos después de la salida del pueblo de Israel de Egipto bajo la guía de Moisés; cerca de mil años después de que David fue ungido como rey; la semana setenta y cinco según la profecía de Daniel; en la Olimpiada ciento noventa y cuatro, el año setecientos cincuenta y dos de la fundación de la Urbe; el año cuarenta y dos del imperio de César Octaviano Augusto; estando todo el orbe en paz, Jesucristo, Dios eterno e Hijo del eterno Padre, queriendo consagrar el mundo con su piadosísima venida, concebido del Espíritu Santo, nueve meses después de su concepción, nace en Belén de Judá, hecho hombre de María Virgen: la Natividad de nuestro Señor Jesucristo” (del Martirologio Romano).

Dios hace historia. Dios se hace historia.

 

Es de bien nacidos (en el Niño Dios nacido) ser agradecidos

Gracias, Padre. “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito” (Jn 3,16). Con el nacimiento de tu Hijo, ¡Oh, Padre celestial!, nos has dado tu amor, tu paz, tu salvación. Señor, tú “has consolado a tu pueblo” (1ª lectura).

Gracias, Jesús. ¿Qué te ofrecemos, oh Cristo, por haber aparecido entre nosotros en esta tierra y haberte hecho hombre? Cada una de las criaturas a quienes has dado el ser te ofrece una cosa en acción de gracias: los ángeles su canto, los cielos las estrellas, los magos sus dones, los pastores su admiración, la tierra una gruta, el desierto un pesebre. Y nosotros, ¿Qué te ofrecemos? Nosotros te ofrecemos una Virgen Madre” (Tropario de la liturgia bizantina).

Gracias, María, taller del Espíritu Santo. “¡Que se alegren los varones y las mujeres: Cristo ha nacido varón, pero ha nacido de mujer; y de esta manera ambos sexos han sido ennoblecidos!” (san Agustín, sermones 184).

En la humildad de un pesebre, Dios se nos manifiesta. La virgen María nos hace el regalo que todos andábamos buscando: Dios nos ha venido a visitar.

Gracias, María, porque tú concebiste en tu mente, en tu corazón y en tu vientre al Hijo de Dios, y nos entregaste al Redentor.

Consideramos héroes y heroínas a quienes han hecho algo grande por la humanidad. Algunos iconos del arte sacro oriental tienen un sugerente mensaje: presentan el jardín del paraíso, un hermoso Templo y una fila de santos y santas. En el centro, sobre un trono, está sentada María, ofreciendo al niño Dios. Es la recreación en la naturaleza, en la Iglesia y en los santos. “¡Oh, María, en ti se alegra toda la creación!” (san Juan Damasceno). ¿Puede algún humano hacer un acto más heroico que el de traer del cielo a la tierra al mismo Dios? Gracias, esclava y heroína.

En ti se alegra, oh receptáculo de gracia, / toda criatura, el coro de los ángeles y el género humano. Templo santificado y paraíso terrestre, / gloria de la virginidad. De ti tomó carne Dios y se hizo Niño /  Aquél que es nuestro Dios, / antes de los siglos. El formó en tu vientre su trono e hizo más vasto que los cielos tu seno” (anáfora de san Basilio).

 

Paz, alegría y gloria

Paz, alegría y gloria. En el anuncio dado a los pastores encontramos estos tres conceptos de la más pura teología y espiritualidad de la navidad.

Shalom. Navidad es anuncio de paz.El Príncipe de la paz” según la profecía de Isaías, está entre nosotros.

La encarnación del Hijo de Dios restaura en el universo el orden que el pecado había roto. Este es el sentido de la paz bíblica, que san León Magno, el teólogo de este tiempo litúrgico, sintetiza: “El nacimiento de Cristo es el nacimiento de la paz” (PL 54,215).

Con el misterio del Verbo Encarnado se inicia la normalización de las relaciones del Creador con la criatura. En esa alianza entre lo divino y lo humano que se realiza en la carne de Cristo se vislumbra la pacificación universal de todos los hombres y la convivencia pacífica de la creación.

“Les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es el Cristo, Señor” (Lc 2, 10-11).

“¡Alégrense, justos: es la navidad de Aquél que justifica! ¡Alégrense, débiles y enfermos: es la navidad del Salvador! ¡Alégrense, prisioneros: es la navidad del Redentor! ¡Alégrense, esclavos: es la navidad del Señor! ¡Alégrense, hombres libres: es la navidad del liberador! ¡Alégrense, todos los cristianos: es la navidad de Cristo!” (san Agustín, Sermones 184).

Por todo eso, nace hoy la alegría. “No puede haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la vida” (san León Magno).

Navidad es la fiesta de la gloria de Dios. Dios es glorificado en los cielos. Pero la gloria de Dios que es signo de su presencia está ahora en la tierra. Sobre el Verbo Encarnado reposa la gloria que es ya realidad y signo de la definitiva presencia del Padre en medio del mundo (cfr. Jn 1.14).

 

¡Súper felicidad!

En la idea de la felicidad late, inalterablemente, la idea de salvación” (Walter Benjamín).

Si hay algo que busca todo hombre es una felicidad de encuentros sinceros.

El nacimiento de Jesús es la auténtica felicidad porque elimina el miedo a un dios hierático, intratable y perdido en la lejanía de los mundos mitológicos donde habitan los dioses inaccesibles. No es así nuestro Dios. Él se nos acerca hoy en la sonrisa y ternura de un niño encantador; y no viene de visita como un extraterrestre, sino encarnado para quedarse con nosotros.

El nacimiento de Jesús es felicidad trascendente porque: Dios baja para que el hombre suba; el Hijo nace para que el hombre renazca; el Hijo de Dios se hace hijo de hombre para que los hombres se hagan hijos de Dios; el Hijo se humaniza para que el hombre aprenda humanidad; Dios nos ama para que nosotros nos amemos, lo amemos y amemos al hermano.

El nacimiento de Jesús es felicidad perenne porque es la única que no se agota ni cansa; sólo ella es novedosa y trascendente.

 

Autoestima humana al 100/100

El Hijo de Dios nace de Una de nuestra raza. Se reviste de nuestra carne. En Él está nuestra auténtica autoestima.

Hombre, ¿por qué te consideras tan vil, tú que tanto vales a los ojos de Dios? ¿Por qué te deshonras de tal modo, tú que has sido tan honrado por Dios? ¿Por qué te preguntas tanto de dónde has sido hecho, y no te preocupas de para qué has sido hecho? ¿Por ventura todo este mundo que ves con tus ojos no ha sido hecho precisamente para que sea tu morada? (…). Más aún, Dios, por su clemencia, tomó en sí lo que en ti había hecho por sí y quiso ser visto realmente en el hombre, en el que antes sólo había podido ser contemplado en imagen; y concedió al hombre ser en verdad lo que antes había sido solamente en semejanza.

Nace, pues, Cristo para restaurar con su nacimiento la naturaleza corrompida; se hace niño y consiente ser alimentado, recorre las diversas edades para instaurar la única edad perfecta, permanente, la que él mismo había hecho; carga sobre sí al hombre para que no vuelva a caer; lo había hecho terreno, ahora lo hace celeste; le había dado un principio de vida humana, ahora le comunica una vida espiritual y divina. De este modo lo traslada a la esfera de lo divino, para que desaparezca todo lo que había en él de pecado, de muerte, de fatiga, de sufrimiento, de meramente terreno; todo ello por el don y la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina con el Padre en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios ahora y siempre y por los siglos inmortales. Amén” (san Pedro Crisólogo. Serm. 148).

 

Hoy nace el Cuerpo de Dios. Hoy nace el cuerpo de la Iglesia

La festividad de hoy renueva ante nosotros los sagrados comienzos de Jesús, nacido de la Virgen María; de modo que, mientras adoramos el nacimiento de nuestro Salvador, resulta que estamos celebrando nuestro propio comienzo. Efectivamente, la generación de Cristo es el comienzo del pueblo cristiano, y el nacimiento de la cabeza lo es al mismo tiempo del Cuerpo” (san León Magno, VI sermón navideño, PL 54,213).

Navidad es el embrión del nacimiento bautismal de la Iglesia. La navidad es pascual.

 

Y nosotros adoramos

Dios ha puesto su parte: se ha hecho carne el Hijo de Dios, la Palabra que estaba al principio junto a Dios, por quien todas las cosas fueron hechas, la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre, que da el poder de llegar a ser hijos de Dios, de cuya plenitud hemos recibido gracia sobre gracia.

Ahora, nosotros tenemos que poner nuestra parte ante la Palabra encarnada. Es Jesús-Palabra quien nos habla, al que hay que recibir y hospedar; contemplar y adorar; al que hay que demostrar nuestro amor escuchándolo, para dejarnos llenar de su gracia y su verdad.

El niño Dios en el pesebre es un infante; no puede hablar, pero está lleno de guiños que hay que saber interpretar; es la Palabra hecha carne que hay que escuchar; es la luz del mundo por la que hay que dejarse alumbrar; es la vida divina que viene a los suyos y nos quiere adoptar como hijos.

Su nacimiento es nuestro renacimiento.

 

Cuando la navidad molesta y se la secuestra

“Vino a su casa y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11).

Hay hombres que no buscan ni a Dios ni el cielo, sino que sólo quieren apoderarse indebidamente de la tierra.

Dios humanado puede resultar molesto para algunos, por su presencia pobre, que es denuncia de la existencia de la miseria de unos junto a la opulencia de otros al amparo de injustas desigualdades, establecidas como legítimas.

Dios humanado resulta inaceptable para el que ofende, maltrata y elimina la vida con violencia, y aborta el nuevo ser concebido.

Dios humanado resulta incómodo para el materialista, que niega la trascendencia divina y humana.

Dios humanado se hace pesadilla para el que se ha constituido ídolo de sí mismo. Dios humanado es rechazado para quien la única voluntad existente es el esfuerzo prometeico de cada uno.

Dios humanado es negado por quien quiere vivir su existencia como huérfano de Padre celestial.

Ante estas actitudes de vida, a la navidad se la ignora, secuestra o se banaliza. Guste o no guste: Jesús, con su mensaje liberador y provocador, es la navidad; la navidad es Jesús.

No secuestremos la navidad, no dejemos que nos secuestren la navidad. Vivamos la navidad en forma y fondo.

Navidad es un claro mensaje de amor de Dios a la humanidad que debe ser correspondido: “Yo te amo a ti y al mundo” (K. Rahner).

¡Feliz navidad de Cristo, con Cristo, en Cristo y para Cristo! Ha llegado la liberación.

 

 

P. Mateo Bautista

Religioso camilo