Comentario Bíblico Dominical

Sábado Santo

 

Ante la muerte: silencio y oración

 

El Gran Sábado

Desde antiguo, el sábado santo es llamado el gran sábado. Es el segundo día del triduo pascual. Es el gran día de silencio y espera: Cristo yace en el sepulcro.

Es litúrgicamente un día vacío. No hay celebraciones ni se comulga (sólo como viático para los moribundos). El altar está desnudo, presidido por la cruz.

El Concilio Vaticano II recomendó que este día estuviera consagrado por el ayuno pascual (SC 110).

La piedad cristiana venera a la Virgen María, que esperó vigilante la resurrección del Señor.

 
Con María, Iglesia - Madre 

María en Caná (Jn 2,1-12) había pedido a su hijo el vino. Allí, en aquella ocasión, María aparece como la novia, símbolo de la Iglesia gloriosa que se une definitivamente con su esposo, Cristo.

Junto a la cruz, no se describe un simple drama familiar. Es una escena altamente simbólica. El discípulo amado simboliza a los primeros cristianos. María simboliza a la Iglesia, madre de los creyentes. Jesús es el nuevo Adán. De su pecho abierto (de su costilla) brota sangre y agua, símbolo del nacimiento de su esposa la Iglesia (así como del costado de Adán nació Eva, su esposa).

María, al pie de la cruz, es símbolo de la maternidad eclesial, de la Iglesia–Madre.

 
La muerte de un hijo: ¡qué duelo para una madre!

Hay en la Biblia tres viudas a las que se les murió el único hijo: la de Sarepta (1Re 7,17-24), la de Naím (Lc 7,11-17),  y la de Nazareth, la madre de Jesús.

El hijo de la viuda María, Jesús, no se murió; se lo mataron crucificándolo.

Tres actitudes ante la muerte de su único hijo.

La viuda de Sarepta considera la muerte de su hijo como castigo divino, como consecuencia de sus pecados. ¡Cuántas personas siguen todavía con esa concepción!

De la viuda de Naím escuetamente se menciona que iba junto al hijo muerto, camino al cementerio, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. ¡Cuántas personas también hoy hacen lo mismo: callan, lloran y van al cementerio sin esperanza de resurrección!

Y la viuda de Nazareth, María, vio matar a su Hijo. ¡Este sí era el mejor hijo del mundo! ¿Cómo reaccionó? ¿Se murió con su Hijo? ¿Se quedó sin esperanza y sin sentido de vida?

Allí estaba junto a la cruz, firme. Diciendo su sí de nuevo. Meditando toda aquella tragedia en su corazón. Con un corazón desgarrado de madre. Las madres sufren doblemente, por ellas y por los hijos.

Y María sabía que mataban a su Hijo...  y al Hijo de Dios.           
       ¿Fue feliz, María, tras la muerte de su Hijo? Sí, fue feliz porque tras el sufrimiento de su duelo, vivió y gozó la resurrección de Jesús. Eliminó el sufrimiento de la muerte de su Hijo porque lo iluminó con su resurrección. No vivió para el Hijo muerto, sino con el Hijo resucitado.         

Tres viudas. Tres formas de llorar. Tres duelos. Tres esperanzas. Tres actitudes de fe ¿Con cuál quedarse para vivir sanamente los duelos?

 
María: sacramento maternal del perdón de Dios

Sí, María, es sacramento de la ternura maternal de Dios (P. Claudel).

No olvidemos nunca que Dios Padre tuvo un solo hijo y los hombres se lo mataron...

No olvidemos que María tuvo un solo hijo y los hombres se lo mataron...

Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen, es también: Madre, perdónales porque no saben lo que hacen.

¿Cómo actuó María con los verdugos de su Hijo y con los discípulos cobardes que lo negaron y abandonaron? Con perdón. Con los discípulos oraba (Hech 1,14). Sí, María es sacramento de la ternura maternal de Dios.

 

Jesús bajó a los infiernos

Veamos lo que medita la Iglesia en el gran sábado. Medita un dogma recitado en el Credo: la bajada de Jesús a los infiernos.

¿Cómo es posible que el Hijo de Dios bajara a los infiernos? Obviamente, los infiernos no es el infierno de la condenación. Los infiernos era el lugar donde el pueblo de Israel imaginaba que estaban los muertos.

Esta creencia está motivada por su peculiar cosmovisión. Al mundo lo concebían como un disco enorme, plano y circular, rodeado por las aguas. Cuatro columnas hundidas en el abismo lo sostenían. Por encima de la superficie se hallaba el firmamento. Era una cúpula sólida sobre la que había agua, separando las de arriba de las de abajo. Para que lloviera, había que abrir las compuertas de arriba. De la cúpula pendían el sol, la luna y las estrellas.

En el fondo del disco estaba el mundo subterráneo: el sheol. Allí bajaban todos los muertos, sin excepción. El sheol hebreo se tradujo por hades en griego, por infernum en latín, y por infiernos en castellano.

En el sheol, morada de los muertos, todo era tinieblas, no había ningún sonido ni voces. Los refaím (sin potencia) estaban como en estado vaporoso, somnoliento, flácido, debilitado. No hacían nada de nada, ni pensaban... Eran como sombras de sombras.

¿Por qué insistir en que Jesús bajó a los infiernos? Porque había que combatir a los docetistas que sostenían que Jesús no había muerto realmente. Y si no había muerto, tampoco había resucitado; y entonces...

Y para que no hubiese duda, se recalcó que Jesús fue un muerto bien muerto, con una fórmula dogmática: Descendió a los infiernos; es decir: que murió y fue sepultado.

Y algo más se quiso expresar. Algo muy fundamental. Cuando Jesús murió, bajó a buscar a los difuntos para darles la buena noticia y llevarlos con Él al paraíso. Estaban todos aguardando en los infiernos la redención de Cristo (Hch 2,24; Col 1,18).

¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme; la tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.

Va a buscar a nuestro primer padre como si éste fuera la oveja perdida. Quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Él, que es al mismo tiempo Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y a Eva.

(...) Levántate, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste. Te prohibí que comieras del árbol de la vida, que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti. Coloqué  un querubín que fielmente te vigilara; ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva. El trono de los querubines está a punto, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos; se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes, y el reino de los cielos está preparado desde la eternidad. (De una homilía antigua sobre el grande y santo sábado. PG. 43, 439, 451)

 

 

 

P. Mateo Bautista

Religioso Camilo