Comentario Bíblico Dominical

Viernes Santo de la Pasión del Señor

Viernes, 21 de marzo de 2008

 

Primera lectura: Is 52,13–53,12

Eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban.

Salmo responsorial: 30, 2.6. 12-13. 15-17. 25

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu

Segunda lectura: Heb 4,14-16; 5,7-9

Aunque era Hijo, aprendió en su pasión lo que es obedecer

Evangelio: Jn 18,1–19,42

Todo se ha cumplido

 

Sus heridas nos han curado

 

A Ti la muerte, a nosotros la vida

Te glorificamos, altísimo Señor Jesús.

Descendiste para elevarnos.

Te humillaste para exaltarnos.

Te empobreciste para enriquecernos.

Naciste hombre para que pudiésemos crecer.

Ayunaste, Señor, y nos quitaste el hambre.

Te hiciste prisionero y nos libraste.

Fuiste juzgado como criminal y nos diste la inocencia.

A ti las bofetadas, a nosotros tu cariño.

Te despojamos de las vestiduras
y nos revestiste de tu gracia.

Te sujetamos a una columna
y nos soltaste del pecado.

Te crucificamos y nos salvaste.

Fuiste coronado de espinas
para que seamos reyes.

A ti la muerte, a nosotros la vida.

Pero resucitaste para repartir con nosotros la gloria.

Subiendo al cielo, nos levantas a lo alto.

Enviaste tu Espíritu a la Iglesia
para que seamos santos. Amén.

Himno maronita

 

A las tres de la tarde

La Traditio Apostólica y Didascalia de los Apóstoles hablan del gran ayuno pascual del viernes y sábado. En viernes se reunían en Jerusalén los cristianos para la lectura del evangelio de san Juan, según testimonio de Egeria (380).

El centro del día era la celebración de la pasión a hora nona (3 de la tarde; Mt 27, 45-46). Se trata de una sinaxis (asamblea litúrgica) no eucarística, llamada antiguamente misa de presantificados.

Nuestra liturgia comprende tres momentos:

A. La liturgia de la palabra (Is 52,13-53.12; Sal 30; Hb 4, 14-16; 5,7-9; Jn 18,1-19,42.

B. La adoración de la cruz, precedida de la ostentación al pueblo, con la antífona bizantina tu cruz adoramos y los improperios (reproches).

C. La comunión que distribuye el Pan Eucarístico consagrado en la tarde precedente.

Después, la Iglesia entra en el silencio que precede a la resurrección.

El color litúrgico es el rojo. Es el color más parecido a la sangre y al fuego. Por eso simboliza el heroísmo del martirio y el amor de la caridad.

 

Vía Crucis: vía espiritual

Egeria, una peregrina española, viajó a los santos lugares, desde Galicia, España (año 380). En el capítulo 36 de su Itinerario menciona que la Iglesia de Jerusalén, en el viernes santo, precedida por el obispo, peregrinaba procesionalmente desde el pretorio hasta el calvario. Posteriormente, durante el reconocido se hicieron paradas para meditar y acompañar a Cristo cargado con la cruz.

Tras el Edicto de Milán (313), surgió entre los cristianos el deseo piadoso de visitar y conocer los lugares que vieron nacer, vivir, predicar, sanar, morir y resucitar al Salvador.

A partir del siglo VIII nació el deseo de venerar las reliquias y los lugares por los que pasó el Señor. En el siglo XII, en el monasterio de Bolonia se construyeron réplicas de siete iglesias de Jerusalén. Se contemplaba la pasión de Jesús a través de la meditación en estaciones, marchas o paradas.

También a partir del siglo XIII-XIV, motivado por la llegada de los franciscanos como custodios de Tierra Santa, se extenderá por toda Europa la práctica piadosa del vía crucis.

El franciscano Nicola Wankel (1517) denominó a esta devoción: vía espiritual. El general español de los franciscanos, A. Daza, presentó en el año 1626 en su exercitia Spiritualia la definitiva configuración de las estaciones.

San Leonardo de Puerto Mauricio (1676-1751) fue un gran apóstol difusor del vía crucis. Cuando falleció, dejo establecido el vía crucis de 14 estaciones en 571 parroquias de Italia. Este santo realizará una célebre predicación en el Coliseo romano con motivo del año santo de 1750, en presencia del Papa Benedicto XIV (1740-1758). Desde ese momento, el Coliseo se considerará una reliquia para el mundo cristiano, evitando su deterioro. De ahí nace la costumbre de que el Papa celebre cada viernes santo el vía crucis en el coliseo romano.

Tradicionalmente, este ejercicio piadoso quedó establecido así:

1ra Estación: Jesús es condenado a muerte (Mt 27,20-26).

2da Estación: Jesús carga con la cruz (Jn 19,16-17).

3ra Estación: Jesús cae por primera vez (Mc 8,34-36)

4ta Estación: Jesús encuentra a María, se madre (Lc 8,19-21)

5ta Estación: Jesús es ayudado por el cireneo (Mc 15,21)

6ta Estación: La Verónica limpia el rostro de Jesús (Is 52,13-14)

7ma Estación: Jesús cae por segunda vez (Is 53,5)

8va Estación: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén (Lc 23,27-28)

9na Estación: Jesús cae por tercera vez (1Ped 2,20-21)

10ma Estación: Jesús es desnudado (Jn 19,23-24)

11era Estación: Jesús es clavado en la cruz (Lc 23,33-34)

12da Estación: Jesús muere en la cruz (Mt 27,45-50)

13era Estación: Jesús en brazos de su madre (Flp 2,6-11)

14ta Estación: Jesús es sepultado (Jn 19,38-42)

 

Vía Crucis: un camino de cristificación

Jesús: cirineo de Simón

Los soldados romanos vieron el gran agotamiento de Jesús. Uno de ellos debió poner su lanza sobre Simón, el primer hombre que pasaba casualmente por allí. Todo judío conocía bien ese gesto. Sabía que estaba obligado a colaborar en todo lo que solicitase el soldado.

Sin arte ni parte, Simón de Cirene ayudó al Hijo de Dios, su salvador, a llevar la cruz de la redención.

Sin duda, los hijos de Simón, Alejandro y Rufo, eran conocidos de la comunidad cristiana donde san Marcos escribió su evangelio (Rm 16,13).

¿Qué creería Simón que fuera Jesús? ¿Por qué tener que llevar la cruz de los demás y más aún la de aquel condenado?

Simón llevaba la cruz (liviana) de Jesús. Jesús llevaba los pecados (pesados) de Simón. ¡Admirable intercambio!

Simón de Cirene fue urgido
a llevar la cruz de Jesús al Calvario.

Una antiquísima tradición narra
que, abierto a la gracia,
recibió el don de la conversión
y fue bautizado en el camino.

Un día tuvo que testimoniar
su fe en el nombre cristiano
y lo hizo con valentía.
Fue condenado a muerte,
obligado a llevar la cruz
hasta el lugar del suplicio.
Flagelado y exhausto,
sucumbía ante el peso del madero.

Unas manos aliviaron su carga.
Simón levantó la mirada
y con emoción susurró:

- ¡Maestro, has venido!

- Tenía que hacerlo, Simón;
tú me socorriste,
cuando yo estaba en aflicción.

¡Jesús, qué buen Cireneo!

 

Cátedra desde la cruz

Jesús en la cruz es toda una cátedra.

La pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida. Pues todo aquél que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció. En la cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes.

Si buscas un ejemplo de amo: nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Esto es lo que hizo Cristo en la cruz. Y, por esto, si Él entregó su vida por nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por Él.

Si buscas un ejemplo de paciencia, encontrarás el mejor de ellos en la cruz. Dos cosas son las que nos dan la medida de la paciencia: sufrir pacientemente grandes males, o sufrir, sin rehuirlos, unos males que podrían evitarse. Ahora bien, Cristo, en la cruz, sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que en su pasión no profería amenazas; como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca. Grande fue la paciencia de Cristo en la cruz. Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia.

Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: Él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato y morir.

Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a aquél que se hizo obediente al Padre hasta la muerte: Si por la desobediencia de uno – es decir, de Adán – todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.

Si buscas un ejemplo de desprecio de las cosas terrenales, imita a aquél que es Rey de reyes y Señor de señores, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer, desnudo en la cruz, burlado, escupido, flagelado, coronado de espinas, a quien, finalmente, dieron a beber hiel y vinagre.

No te aficiones a los vestidos y riquezas, ya que se repartieron mis ropas; ni a los honores, ya que él experimentó las burlas y azotes; ni a las dignidades, ya que le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado; ni a los placeres, ya que para mi sed me dieron vinagre. Santo Tomás de Aquino (1225-1274). Conferencia 6 sobre el Credo).

 

Palabras para ser hechas

1ra Palabra: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34)

2da Palabra: Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23,43)

3ra Palabra: Mujer, aquí tienes a tu hijo. Hijo, aquí tienes a tu madre (Jn 19,26-27)

4ta Palabra: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27,46)

5ta Palabra: Tengo sed (Jn 19,28)

6ta Palabra: Todo se ha cumplido (Jn 19,30)

7ma Palabra: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46)

 

No te avergüences de la muerte de Cristo

El hizo, pues, con nosotros este admirable intercambio: tomó de nuestra naturaleza la condición mortal, y nos dio de la suya la posibilidad de vivir.

Por tanto, no sólo no debemos avergonzarnos de la muerte de nuestro Dios y Señor, sino que hemos de confiar en ella con todas nuestra fuerzas y gloriarnos en ella por encimas de todo: pues al tomar de nosotros la muerte, que en nosotros encontró, nos prometió, con toda su fidelidad, que nos daría en sí mismo la vida que nosotros no podemos llegar a poseer por nosotros mismos. Y si aquél que no tiene pecado nos amó hasta el punto que por nosotros, pecadores, sufrió lo que habían merecido nuestros pecados, ¿cómo, después de habernos justificado, dejará de darnos lo que es justo? El, que promete con verdad, ¿cómo no va a darnos los premios de los santos, si soportó, sin cometer iniquidad, el castigo que los inocuos le infligieron?

Confesemos, por tanto, intrépidamente, hermanos, y declaremos bien a las claras que Cristo fue crucificado por nosotros: y hagámoslo no con miedo sino con júbilo, no con vergüenza sino con orgullo.

El apóstol Pablo, que cayó en la cuenta de este misterio, lo proclamó como un título de gloria. Y, siendo así que podía recordar muchos aspectos grandiosos y divinos de Cristo, no dijo que se gloriaba de estas maravillas –que hubiese creado el mundo, cuando, como Dios que era, se hallaba junto al Padre, y que hubiese imperado sobre el mundo, cuando era hombre como nosotros -, sino que dijo: «Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (San Agustín (354-430) Sermón Güelferbitano 3: PLS 2, 545-546).

Tu deformidad, oh Cristo, me reforma.

Tu fealdad me hermosea.

La suciedad de tu rostro limpia el mío.

Jamás hubiera recuperado mi elegancia

de no haber perdido Tú tanta belleza.

Deforme colgabas en la cruz,

pero tus llagas cicatrizaban las mías.

¡Que yo me gloríe de la epopeya de la Cruz

y no me avergüence de trazarla sobre mi frente!

(Ser. 27,6; PL 38,181; BAC, VII, 74).

 

Nacemos de una costilla

Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que este agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado ambos del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.

Por esa misma razón, afirma san Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que Dios hizo a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salida de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto.

Miren de qué  manera Cristo se ha unido a su esposa, consideren con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre y con su leche a aquél a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con su sangre a aquéllos a quienes Él mismo ha hecho renacer. (San Juan Crisóstomo (349-407).Obispo de Constantinopla. Catequesis 3,13-19: SC 50,174-177)

 
Cuando los salmos hablan

En la pasión de Jesús se concentran, más que en ningún otro momento de su vida, las referencias a los salmos. Se citan más de 20 salmos. ¿Por qué? ¿Para qué?

La razón: salir al frente del escándalo que significó la muerte de Jesús para los judíos de aquel tiempo. Como el libro más orado por la piedad judía era el de los Salmos, allí los evangelistas buscaron las predicciones de la muerte profética del Señor.

¿Pero por qué fue un escándalo la muerte de Jesús? Porque había muerto abandonado por Dios. Cuando un creyente era fiel a Dios y cumplía sus mandamientos, Dios siempre acudía a salvarlo y no permitía que le pasara nada malo. Si el justo es hijo de Dios, Él lo ayudará, y lo librará de las manos de sus enemigos (Sb 2,18).

¿Por qué Dios no salvó a Jesús? Debió ser un pecador; cualquier judío lo deduciría. Para colmo, a Jesús lo mataron los representantes de Dios, es decir, los sumos sacerdotes y el Sanedrín. Nosotros tenemos una ley, y según esa ley debe morir (Jn 19,7).

Jesús no murió como un profeta sino como un delincuente. Más aún, murió como un maldito. El que cuelga de un madero es un maldito de Dios (Dt 21,23).

Si había muerto sin la protección divina, condenado por las autoridades religiosas y maldito por Dios, ¿cómo probar que era el Mesías? La clave: los salmos ya hablaron de Jesús. Todo estaba previsto, anticipado en los salmos de lamentación y confianza.

Mi alma está triste hasta la muerte (Mt 26,38; Mc 14,34): para que se cumpliera el salmo 42,6 en su versión griega.

Jesús tomó el ofrecimiento de vino con mirra (Mt 27,34): para que se cumpliese la profecía del salmo 69,22: Me han dado hiel como alimento.

Cuando los soldados se repartieron su ropa: Se han repartido mis vestidos, y han echado a suerte mi túnica (Salmo 22,9).

Ante las burlas de los que movían la cabeza y murmuraban: Mueven la cabeza y dicen: ha confiado en el Señor; que Él lo libre... ya que lo ama (Salmo 22,8). San Lucas añade que hacían muecas de burlas frente a Jesús (Lc 23,25), para que se cumpliera: todos me hacen muecas de burlas (Salmo 22,8).

Tengo sed (Jn 19,28); para que se cumpliera: Mi paladar está seco como una teja, y mi lengua se pega al paladar (Salmo 22,16).

Los soldados le ofrecieron vinagre. Cuando tenía sed, me dieron vinagre (Salmo 69,22).

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27,46; Mc 15,34): para que se cumpliera el Salmo 22,1.

Los conocidos y las mujeres se mantenían a distancia presenciando la desgarradora escena (Lc 23,49): Mis allegados se mantienen a distancia (Salmo 38,12).

No rompieron los huesos de sus piernas: Dios cuida de todos sus huesos, ni uno sólo será quebrado (Salmo 34,21).

Las últimas palabras de Jesús, según san Lucas, son: Padre, en tus manos, encomiendo mi espíritu (Sal 31,6).

Con los salmos, se podía demostrar que la muerte de Jesús no había sido un castigo de Dios. Era el justo que aparecía precisamente en los salmos sufriendo injustamente, cargado con el peso de los pecados, poniendo toda su confianza en Dios.

Él, sin figura de hombre,  era el siervo de Yahvéh (Is 52,14).

 

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Salmo 22,1).

¿Sintió Jesús que moría como un fracasado? ¿Que Dios lo abandonó al final de su misión? ¿Murió en la desesperación?

Al pronunciar esa frase, en realidad Jesús estaba rezando el salmo 22. Esta cita sólo aparece en Mt 27,46 y en Mc 15,34. Lucas, que compuso su evangelio para lectores no judíos, desconocedores de los salmos, la omitió a favor de Padre, en tu manos encomiendo mi espíritu (Salmo 31,6).

¿Por qué un salmo tan desalentador en el momento de la muerte de Jesús? Sin embargo, es todo lo contrario. Es el salmo del justo orante que sufre. Y es uno de los salmos más esperanzadores de toda la biblia.

En este salmo, en la primera parte se describen los sufrimientos por los que atraviesa un hombre justo (v. 2-23); La segunda (v. 24-32) es un grandioso acto de confianza en Dios.

Porque Dios no ha despreciado
ni ha desdeñado la miseria del mísero;
no le ocultó su rostro,
mas cuando le invocaba lo escuchó.

(Salmo 22,25)

Es salmo concluye así:

De Dios se acordará toda la tierra
y a Él se volverá; todos los pueblos
paganos se postrarán en su presencia.

Porque al Señor pertenece el imperio
y Él gobierna las naciones.

Ante Él se postrarán todos los poderosos
y se inclinarán cuantos bajan al sepulcro.
Mi alma vivirá para Él.

Mi descendencia le servirá
y proclamará al Señor

a las a las futuras generaciones; anunciará su salvación

a un pueblo por nacer.

Esto es lo que ha hecho el Señor.

(Salmo 22,28-32)

 Al poner las palabras iniciales de un salmo, los evangelistas dan a entender que Jesús recitó todo el salmo.

¿A lo largo de toda su pasión, en las tres trágicas horas de la crucifixión, en el día que Jesús murió, Dios Padre guardó silencio? Dios no se calló. Desde hacía siglos venía gritando, con los salmos, lo que iba a padecer su Hijo, para acompañarlo en la durísima prueba de los hombres.

Y Jesús no murió sintiéndose abandonado por el Padre, sino abandonado en el Padre... que siempre tiene la última Palabra de vida.

           

Lo que le pasó un Viernes Santo

Los creyentes solemos visitar, como peregrinos, los grandes santuarios y basílicas.

Pero no debemos olvidar que el mayor santuario y más digno de veneración es el Cuerpo pobre de Cristo, el cuerpo sufriente de Cristo, el cuerpo preso de Cristo... A él debemos peregrinar como a una fuente atrayente de caridad, humanismo, mística y santidad.

Esto pasó un Viernes Santos: Juan Gualberto nació en Florencia (Italia), de familia muy rica y su único hermano había sido asesinado. Era heredero de una gran fortuna...

Un viernes santo, iba por una calle rodeado de varios militares amigos suyos, y de pronto se encontró en un callejón con el asesino de su hermano. No tenía por dónde huir y Juan dispuso matarlo allí mismo.

Pero a aquel hombre se le ocurrió una feliz idea: se arrodilló, puso sus brazos en cruz y le dijo:

- Juan, hoy es viernes santo. Por Cristo que murió por nosotros en la cruz, perdóname la vida.

Al ver Juan Gualberto aquellos brazos en cruz, se acordó de Cristo crucificado. Se bajó de su caballo, abrazó al asesino y le dijo:

-  Por amor a Cristo, te perdono.

Juan Gualberto siguió su camino y al llegar a una Iglesia se arrodilló ante la imagen de Cristo crucificado y le pareció que Cristo inclinaba la cabeza y le decía:

- Gracias, Juan.

Desde aquel día su vida cambió por completo. Pidió ser religioso benedictino...

El 12 de julio de 1073 moría san Juan Gualberto.

 

Y no descuidar a Cristo en nuestro pobre interior

Los admiro a ustedes, cristianos, porque identifican a Cristo con el pobre y al pobre con Cristo, y cuando ustedes dan pan a un pobre saben que lo están dando a Jesús.

Lo que me resulta más arduo de comprender es la dificultad con que reconocen a Jesús en el pobre que está dentro de ustedes mismos.

Cuando sienten sed de sanación y de cariño, ¿por qué no lo quieren reconocer?

Cuando se dan cuenta de estar desnudos, extranjeros con respecto de ustedes mismos, cuando se encuentran encarcelados y enfermos, ¿por qué no ven en esta fragilidad la presencia de Jesús en ustedes? (Carl  Jung).

Identificarnos con las actitudes pacientes (pero positivas) y activas de Cristo herido en nuestros momentos vulnerables es vivir también la mística del Viernes Santo.

 

 

P. Mateo Bautista

Religioso Camilo