MENSAJE DEL PAPA
JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 2011
¡Queridos hermanos y hermanas!
Cada año, en la
celebración de la memoria de la Beata Virgen de Lourdes, que se celebra el 11
de febrero, la Iglesia propone la Jornada Mundial del Enfermo. Esta
circunstancia, como quiso el venerable Juan Pablo II, se convierte en una
ocasión propicia para reflexionar sobre el misterio del sufrimiento y, sobre
todo, para hacer a nuestras comunidades y a la sociedad civil
más sensibles hacia los hermanos y las hermanas enfermos. Si cada hombre
es hermano nuestro, tanto más el débil, el sufriente y el necesitado de
cuidados deben estar en el centro de nuestra atención, para que ninguno de
ellos se sienta olvidado o marginado: de hecho, “la medida de la humanidad se
determina esencialmente en la relación con el sufrimiento y con el que sufre.
Esto vale tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no
consigue aceptar a los que sufren y que no es capaz de contribuir mediante la
compasión a hacer que el sufrimiento sea compartido y llevada también
interiormente es una sociedad cruel e inhumana” (Carta enc.
Spe salvi, 38). Las
iniciativas que serán promovidas en cada diócesis con ocasión de esta Jornada, sean
de estímulo para hacer cada vez más eficaz el cuidado hacia los que sufren, de
cara también a la celebración de modo solemne, que tendrá lugar, en 2013, en el
Santuario mariano de Altötting, en Alemania.
1.
Llevo aún en el corazón el momento en que, en el
transcurso de la visita pastoral a Turín, pude estar en reflexión y oración
ante la Sagrada Síndone, ante ese rostro sufriente,
que nos invita a meditar sobre Aquel que llevó sobre sí la pasión del hombre de
todo tiempo y de todo lugar, y también nuestros sufrimientos, nuestras
dificultades, nuestros pecados. ¡Cuántos fieles, en toda la historia, han
pasado ante ese lienzo sepulcral, que envolvió el cuerpo de un hombre
crucificado, que corresponde en todo a lo que los Evangelios nos transmiten
sobre la pasión y muerte de Jesús! Contemplarlo es una invitación a reflexionar
sobre lo que escribe san Pedro: “Por sus llagas habéis sido curados” (1Pe
2,24). El Hijo de Dios sufrió, murió, pero ha resucitado, y precisamente por
esto esas llagas se convierten en el signo de nuestra redención, del perdón y
de la reconciliación con el Padre; se convierten también, sin embargo, en un
banco de prueba para la fe de los discípulos y para nuestra fe: cada vez que el
Señor habla de su pasión y muerte, ellos no comprenden, rechazan, se oponen.
Para ellos, como para nosotros, el sufrimiento permanece siempre lleno de
misterio, difícil de aceptar y de llevar. Los dos discípulos de Emaús caminan tristes por los acontecimientos sucedidos
aquellos días en Jerusalén, y sólo cuando el Resucitado recorre el camino con
ellos, se abren a una visión nueva (cfr Lc 24,13-31).
También al apóstol Tomás le cuesta creer en la vía de la pasión redentora: “Si
no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de
los clavos y la mano en su costado, no lo creeré” (Jn
20,25). Pero frente a Cristo que muestra sus llagas, su respuesta se transforma
en una conmovedora profesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20,28). Lo que antes era un obstáculo insuperable,
porque era signo del aparente fracaso de Jesús, se convierte, en el encuentro
con el Resucitado, en la prueba de un amor victorioso: “Sólo un Dios que nos
ama hasta tomar sobre sí nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo el
inocente, es digno de fe” (Mensaje Urbi et Orbi, Pascua 2007).
2.
Queridos enfermos y sufrientes, es precisamente a
través de las llagas de Cristo como nosotros podemos ver, con ojos de
esperanza, todos los males que afligen a la humanidad. Resucitando, el Señor no
ha quitado el sufrimiento ni el mal del mundo, sino que los ha vencido de raíz.
A la prepotencia del mal ha opuesto la omnipotencia de su Amor. Nos indicó,
así, que el camino de la paz y de la alegría es el Amor: “Así como yo os he
amado, amaos también vosotros los unos a los otros” (Jn
13,34). Cristo, vencedor de la muerte, está vivo en medio de nosotros. Y
mientras con santo Tomás decimos también nosotros: “¡Señor mío y Dios mío!”,
sigamos a nuestro Maestro en la disponibilidad de dar la vida por nuestros
hermanos (cfr 1 Jn 3,16), siendo así mensajeros de
una alegría que no teme el dolor, la alegría de la Resurrección. San Bernardo
afirma: “Dios no puede padecer, pero puede compadecer”. Dios, la Verdad y el
Amor en persona, quiso sufrir por nosotros y con nosotros; se hizo hombre para
poder com-padecer con el hombre, de modo real, en
carne y sangre. En cada sufrimiento humano, ha entrado Uno que comparte el
sufrimiento y la soportación; el cada sufrimiento se
difunde la con-solatio, la consolación del amor
partícipe de Dios para hacer surgir la estrella de la esperanza (cfr Carta enc. Spe salvi,
39).
A vosotros, queridos
hermanos y hermanas repite este mensaje, para que seáis testigos de ello a
través de vuestro sufrimiento, vuestra vida y vuestra fe.
3. Mirando a la cita de
Madrid, en el próximo agosto de 2011, para la Jornada Mundial de la Juventud,
quisiera dirigir también un pensamiento particular a los jóvenes, especialmente
a aquellos que viven la experiencia de la enfermedad. A menudo la Pasión, la
Cruz de Jesús dan miedo, porque parecen ser la negación de la vida. ¡En
realidad, es exactamente al contrario! La Cruz es el “sí” de Dios al hombre, la
expresión más alta y más intensa de su amor y la fuente de la que brota la vida
eterna. Del corazón atravesado de Jesús ha brotado esta vida divina. Solo Él es
capaz de liberar el mundo del mal y de hacer crecer su Reino de justicia, de
paz y de amor al que todos aspiramos (cfr Mensaje para la Jornada Mundial de la
Juventud 2011, 3). Queridos jóvenes, aprended a “ver” y a “encontrar” a Jesús en
la Eucaristía, donde está presente de modo real por nosotros, hasta el punto de
hacerse alimento para el camino, pero también sabedlo reconocer y servir en los
pobres, en los enfermos, en los hermanos sufrientes y en dificultad, que
necesitan vuestra ayuda (cfr ibid., 4). A todos
vosotros jóvenes, enfermos y sanos, repito la invitación a crear puentes de
amor y de solidaridad, para que nadie se sienta solo, sino cercano a Dios y
parte de la gran familia de sus hijos (cfr Audiencia general, 15 de noviembre de
2006).
4. Contemplando las llagas de
Jesús, nuestra mirada se dirige a su Corazón sacratísimo, donde se manifiesta
en sumo grado el amor de Dios. El Sagrado Corazón es Cristo crucificado, con el
costado abierto por la lanza del que brotan sangre y agua (cfr Jn 19,34), “símbolo de los sacramentos de la Iglesia, para
que todos los hombres, atraídos al Corazón del Salvador, beban con alegría de
la fuente perenne de la salvación” (Misal Romano, Prefacio de la Solemnidad del
Sagrado Corazón de Jesús). Especialmente vosotros, queridos enfermos, sentid la
cercanía de este Corazón lleno de amor y bebes con fe y alegría de esta fuente,
rezando: “Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, fortifícame. Oh buen Jesús, escuchame. En tus
llagas, escóndeme” (Oración de san Ignacio de Loyola).
5. Al término de este Mensaje
mío para la próxima Jornada Mundial del enfermo, deseo expresar mi afecto a
todos y a cada uno, sintiéndome partícipe de los sufrimientos y de las
esperanzas que vivís cotidianamente en unión con Cristo crucificado y
resucitado, para que os de la paz y la curación del corazón. Junto a él vele a
vuestro lado la Virgen María, a la que invocamos con confianza Salud de los
enfermos y Consoladora de los afligidos. A los pies de la Cruz se realiza para
ella la profecía de Simeón: su corazón de Madre está atravesado (cfr Lc 2,35). Desde el abismo de su dolor, participación en el
del Hijo, María ha sido hecha capaz de acoger la nueva misión: ser la Madre de
Cristo en sus miembros. En la hora de la Cruz, Jesús le presenta a cada uno de
sus discípulos diciéndole: “He ahí a tu hijo” (cfr Jn
19,26-27). La compasión maternal hacia el Hijo se convierte en compasión
maternal hacia cada uno de nosotros en nuestros sufrimientos cotidianos (cfr
Homilía en Lourdes, 15 de septiembre de 2008).
Queridos hermanos y
hermanas, en esta Jornada Mundial del enfermo, invito también a las Autoridades
para que inviertan cada vez más energías en estructuras sanitarias que sean de
ayuda y de apoyo a los que sufren, sobre todo a los más pobres y necesitados, y
dirigiendo mi pensamiento a todas las diócesis, envío un afectuoso saludo a los
obispos, a los sacerdotes, a las personas consagradas, a los seminaristas, a
los agentes sanitarios, a los voluntarios y a todos aquellos que se dedican con
amor a curar y aliviar las llagas de cada hermano o hermana enfermos, en los
hospitales o residencias, en las familias: que en el rostro de los enfermos
sepáis ver siempre el Rostro de los rostros: el de Cristo.
Aseguro a todos mi recuerdo en la oración, mientras que imparto a cada uno una especial Bendición Apostólica.
En el Vaticano, 21 de noviembre de 2010, Fiesta de Cristo Rey del Universo.

BENEDICTUS PP XVI