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Trastornos
de la personalidad - [pág. 1] [pág. 2] [pág.
3]
F60.0
Trastorno paranoide de la personalidad [301.0]
F60-1 Trastorno esquizoide de la personalidad
[301.20]
F21 Trastorno esquizotípico de la personalidad [301.22]
Tr. de la
personalidad del grupo B -
[pág. 1] [pág. 2]
F60.2
Trastorno antisocial de la personalidad [301.7]
F60.31 Trastorno límite de la personalidad [301.83]
F60.4 Trastorno histriónico de la personalidad [301.50]
F60.8 Trastorno narcisista de la personalidad [301.81]
Tr.
de la personalidad del grupo C - [pág. 1] [pág.
2]
F60.6 Trastorno de la personalidad por evitación [301.82]
F60.7 Trastorno de la personalidad por dependencia [301.6]
F60.5 Tr. obsesivo-compulsivo de la personalidad [301.4]
F60.9 Trastorno de la personalidad no especificado [301.9]
Esta sección
comienza con una definición general del trastorno de la personalidad
que es aplicable a cada uno de los 10 trastornos específicos
de la personalidad. Un trastorno de la personalidad es un
patrón permanente e inflexible de experiencia interna y de
comportamiento que se aparta acusadamente de las expectativas
de la cultura del sujeto, tiene su inicio en la adolescencia
o principio de la edad adulta, es estable a lo largo del tiempo
y comporta malestar o perjuicios para el sujeto. Los trastornos
de la personalidad incluidos en esta sección se exponen a
continuación.
El trastorno paranoide de la personalidad es un patrón
de desconfianza y suspicacia que hace que se interpreten maliciosamente
las intenciones de los demás.
El trastorno esquizoide de la
personalidad es un patrón de desconexión de las relaciones
sociales y de restricción de la expresión emocional.
El trastorno esquizotípico de
la personalidad es un patrón de malestar intenso en
las relaciones personales, distorsiones cognoscitivas o perceptivas
y excentricidades del comportamiento.
El trastorno antisocial de la
personalidad es un patrón de desprecio y violación
de los derechos de los demás.
El trastorno límite de la personalidad
es un patrón de inestabilidad en las relaciones interpersonales,
la autoimagen y los afectos, y de una notable impulsividad.
El trastorno histriónico de la
personalidad es un patrón de emotividad excesiva y
demanda de atención.
El trastorno narcisista de la
personalidad es un patrón de grandiosidad, necesidad
de admiración y falta de empatía.
El trastorno de la personalidad por
evitación es un patrón de inhibición social, sentimientos
de incompetencia e hipersensibilidad a la evaluación negativa.
El trastorno de la personalidad por
dependencia es un patrón de comportamiento sumiso
y pegajoso relacionado con una excesiva necesidad de ser cuidado.
El trastorno obsesivo-compulsivo
de la personalidad es un patrón de preocupación por
el orden, el perfeccionismo y el control.
El trastorno de la personalidad no
especificado es una categoría disponible para dos
casos: 1) el patrón de personalidad del sujeto cumple el criterio
general para un trastorno de la personalidad y hay características
de varios trastornos de la personalidad diferentes, pero no
se cumplen los criterios para ningún trastorno específico
de la personalidad; o 2) el patrón de personalidad del sujeto
cumple el criterio general para un trastorno de la personalidad,
pero se considera que el individuo tiene un trastorno de la
personalidad que no está incluido en la clasificación (p.
ej., el trastorno pasivo-agresivo de la personalidad).
Los trastornos de la personalidad están reunidos en tres grupos
que se basan en las similitudes de sus características. El
grupo A incluye los trastornos paranoide, esquizoide y esquizotípico
de la personalidad. Los sujetos con estos trastornos suelen
parecer raros o excéntricos. El grupo B incluye los trastornos
antisocial, límite, histriónico y narcisista de la personalidad.
Los sujetos con estos trastornos suelen parecer dramáticos,
emotivos o inestables. El grupo C incluye los trastornos por
evitación, por dependencia y obsesivo-compulsivo de la personalidad.
Los sujetos con estos trastornos suelen parecer ansiosos o
temerosos. Hay que señalar que este sistema de agrupamiento,
si bien es útil a efectos de investigación o docencia, tiene
importantes limitaciones y no ha sido validado de forma consistente.
Además, es frecuente que los individuos presenten al mismo
tiempo varios trastornos de la personalidad pertenecientes
a grupos distintos.
Características diagnósticas
Los rasgos de personalidad son patrones persistentes
de formas de percibir, relacionarse y pensar sobre el entorno
y sobre uno mismo que se ponen de manifiesto en una amplia
gama de contextos sociales y personales. Los rasgos de personalidad
sólo constituyen trastornos de la personalidad cuando son
inflexibles y desadaptativos y cuando causan un deterioro
funcional significativo o un malestar subjetivo. La característica
principal de un trastorno de la personalidad es un patrón
permanente de experiencia interna y de comportamiento que
se aparta acusadamente de las expectativas de la cultura del
sujeto y que se manifiesta en al menos dos de las siguientes
áreas: cognoscitiva, afectiva, de la actividad interpersonal
o del control de los impulsos (Criterio A). Este patrón persistente
es inflexible y se extiende a una amplia gama de situaciones
personales y sociales (Criterio B) y provoca malestar clínicamente
significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas
importantes de la actividad del individuo (Criterio C). El
patrón es estable y de larga duración y se puede descubrir
que su inicio se remonta al menos a la adolescencia o al principio
de la edad adulta (Criterio D). El patrón no es atribuible
a una manifestación o una consecuencia de otro trastorno mental
(Criterio E) y no es debido a los efectos fisiológicos directos
de una sustancia (p. ej., una droga, una medicación o la exposición
a un tóxico) ni a una enfermedad médica (p. ej., traumatismo
craneal) (Criterio F). También se proporcionan criterios diagnósticos
específicos para cada uno de los trastornos de la personalidad
incluidos en esta sección. Los ítems en cada grupo de criterios
para cada uno de los trastornos de la personalidad específicos
son enumerados en orden de importancia diagnóstica decreciente
según los datos relevantes sobre eficiencia diagnóstica (cuando
existen).
El diagnóstico
de los trastornos de la personalidad requiere una evaluación
de los patrones de actividad del sujeto a largo plazo, y las
características particulares de la personalidad han de estar
presentes desde el principio de la edad adulta. Los rasgos
de personalidad que definen estos trastornos también tienen
que diferenciarse de las características que surgen como respuesta
a estresantes situacionales específicos o a estados mentales
más transitorios (p. ej., trastornos del estado de ánimo o
ansiedad, intoxicación por sustancias). El clínico tiene que
valorar la estabilidad de los rasgos de la personalidad a
lo largo del tiempo y en situaciones diferentes. La evaluación
también puede verse complicada por el hecho de que las características
que definen un trastorno de la personalidad en ocasiones no
son consideradas problemáticas por el sujeto (p. ej., los
rasgos son a menudo considerados egosintónicos). Para ayudar
a salvar esta dificultad, es útil la información aportada
por otros observadores.
Procedimiento de tipificación
Los trastornos de la personalidad se codifican en el
Eje II. Cuando (como suele ocurrir) el patrón de comportamiento
de un individuo cumple los criterios para más de un trastorno
de la personalidad, el clínico debe hacer constar todos los
diagnósticos de los trastornos de la personalidad pertinentes
por orden de importancia. Cuando un trastorno del Eje I no
es el diagnóstico principal o el motivo de consulta, se insta
al clínico a que indique qué trastorno de la personalidad
es el diagnóstico principal o el motivo de consulta, anotando
entre paréntesis "diagnóstico principal" o "motivo de consulta".
En la mayoría de los casos el diagnóstico principal o el motivo
de consulta también es el objeto principal de atención o de
tratamiento. El trastorno de la personalidad no especificado
es el diagnóstico apropiado para los cuadros "mixtos", en
los que no se cumplen los criterios para un trastorno de la
personalidad en concreto, pero donde hay características de
varios trastornos de la personalidad que comportan un deterioro
clínicamente significativo.
Los rasgos de
personalidad desadaptativos específicos que no traspasan el
umbral para algún trastorno de la personalidad también pueden
anotarse en el Eje II. En estos casos no se debe utilizar
un código específico; por ejemplo, el clínico puede registrar
"Eje II: Z03.2 Sin diagnóstico en el Eje II, rasgos histriónicos
de personalidad [V71.09]". El empleo de mecanismos de defensa
concretos también se puede indicar en el Eje II. Por ejemplo,
un clínico puede registrar "Eje II: F60.7 Trastorno de la
personalidad por dependencia; utilización frecuente de la
negación [301.6]". El glosario de definiciones para los mecanismos
de defensa específicos y la escala de mecanismos de defensa
se exponen en el apéndice B (v. pág. 767).
Cuando un sujeto tiene un trastorno crónico del Eje I (p.
ej., esquizofrenia) que fue precedido por un trastorno de
la personalidad (p. ej., esquizotípico, esquizoide, paranoide),
el trastorno de la personalidad tiene que registrarse en el
Eje II, seguido entre paréntesis de "premórbido". Por ejemplo,
Eje I: F20.08 Esquizofrenia, tipo paranoide [295.30]; Eje
II: F60.1 Trastorno esquizoide de la personalidad (premórbido)
[301.20].
Síntomas dependientes de la cultura, la edad y el sexo
La valoración de la personalidad debe tener en cuenta
los antecedentes étnicos, culturales y sociales del sujeto.
Los trastornos de la personalidad no se deben confundir con
problemas asociados a la adaptación a una cultura diferente
que se da tras la inmigración o con la expresión de hábitos,
costumbres o valores religiosos o políticos propios de la
cultura de origen del sujeto. En especial si se evalúa a alguien
de una cultura diferente, resulta útil para el clínico obtener
información de gente que conozca el entorno cultural del sujeto.
Las categorías de los trastornos de la personalidad pueden
ser aplicables a niños o adolescentes en los casos relativamente
raros en los que los rasgos de personalidad desadaptativos
particulares del individuo parezcan ser tendentes a extenderse,
a persistir y a no limitarse a una etapa particular del desarrollo
o a un episodio de trastornos del Eje I. Habría que reconocer
los rasgos de un trastorno de la personalidad que aparecen
en la niñez y que a menudo no persisten de la misma forma
en la edad adulta. Parta diagnosticar un trastorno de la personalidad
en un sujeto de menos de 18 años, las características deben
haber estado presentes durante al menos 1 año. La única excepción
es el trastorno antisocial de la personalidad, que no se puede
diagnosticar antes de los 18 años (v. pág. 662). Aunque, por
definición, un trastorno de la personalidad requiere un inicio
que no sea posterior al principio de la edad adulta, puede
suceder que los sujetos no sean objeto de atención clínica
hasta una edad más avanzada. Un trastorno de la personalidad
puede exacerbarse tras la pérdida de personas que proporcionaban
un apoyo significativo (p. ej. la esposa)) o de situaciones
sociales previas estabilizadoras (p. ej. el trabajo). Sin
embargo, la aparición de un cambio de la personalidad en la
edad media de la vida exige una evaluación completa para establecer
la posible presencia de cambios de la personalidad debidos
a una enfermedad médica o a un trastorno relacionado con sustancias.
Algunos trastornos
de la personalidad (p. ej., el trastorno antisocial de la
personalidad) se diagnostican más frecuentemente en varones.
Otros (p. ej., los trastornos límite, histriónico y por dependencia)
se diagnostican con más frecuencia en mujeres. Aunque estas
diferencias en la prevalencia reflejan probablemente diferencias
sexuales reales, cuando se den estos patrones los clínicos
han de procurar no sobrediagnosticar o infradiagnosticar ciertos
tipos de trastornos de la personalidad en mujeres o en varones
como consecuencia de estereotipos sociales acerca de los papeles
y comportamientos típicos de cada sexo.
Curso
Las características de un trastorno de la personalidad
suelen hacerse reconocibles durante la adolescencia o al principio
de la edad adulta. Por definición, un trastorno de la personalidad
es un patrón persistente de formas de pensar, sentir y comportarse
que es relativamente estable a lo largo del tiempo. Algunos
tipos de trastornos de la personalidad (especialmente los
trastornos antisocial y límite de la personalidad) tienden
a atenuarse o a remitir con la edad, lo que no parece ser
el caso en algunos otros tipos (p. ej., trastornos obsesivo-compulsivo
y esquizotípico de la personalidad).
Diagnóstico diferencial
Muchos de los criterios específicos para los trastornos
de la personalidad describen características (p. ej., suspicacia,
dependencia, insensibilidad) que también son típicas de los
episodios de los trastornos mentales del Eje I. Sólo se debe
diagnosticar un trastorno de la personalidad cuando las características
definitorias aparezcan antes del comienzo de la edad adulta,
sean típicas del funcionamiento a largo plazo del sujeto y
no aparezcan exclusivamente durante un episodio de un trastorno
del Eje I. Puede ser especialmente difícil (y no demasiado
útil) diferenciar los trastornos de la personalidad de los
trastornos del Eje I (p. ej., el trastorno distímico) que
tienen un inicio temprano y un curso crónico y relativamente
estable. Algunos trastornos de la personalidad tienen relación
con el "espectro" de alguna enfermedad del Eje I (p. ej.,
el trastorno esquizotípico de la personalidad con la esquizofrenia;
el trastorno de la personalidad por evitación con la fobia
social) basándose en las similitudes fenomenológicas o biológicas
o en la incidencia familiar.
Para los tres trastornos de la personalidad que pueden estar
relacionados con los trastornos psicóticos
(p. ej., paranoide, esquizoide y esquizotípico), hay un criterio
de exclusión que señala que el patrón de comportamiento no
debe haber aparecido exclusivamente en el transcurso de una
esquizofrenia, un trastorno del estado de ánimo con síntomas
psicóticos u otro trastorno psicótico. Cuando un sujeto tiene
un trastorno psicótico crónico del Eje I (p. ej., esquizofrenia)
que fue precedido por un trastorno de la personalidad, también
se debe registrar el trastorno de la personalidad en el Eje
II, seguido entre paréntesis por "premórbido".
El clínico tiene
que ser prudente en el diagnóstico de trastornos de la personalidad
durante un episodio de un trastorno
del estado de ánimo o un trastorno
de ansiedad, porque estos estados pueden tener características
sintomáticas transversales que se asemejen a los rasgos de
personalidad y pueden hacer más difícil evaluar retrospectivamente
los patrones de funcionamiento del sujeto a largo plazo. Cuando
los cambios de personalidad surgen y persisten después de
que el sujeto haya estado expuesto a un estrés extremo, hay
que tomar en consideración el diagnóstico de un trastorno
por estrés postraumático (v. pág. 434). Cuando una
persona tiene un trastorno relacionado
con sustancias, es importante que no se realice un
diagnóstico de trastorno de la personalidad que se base únicamente
en comportamientos que son consecuencia de la intoxicación
por o la abstinencia de la sustancia, o que estén asociadas
a las actividades destinadas a mantener la dependencia (p.
ej., el comportamiento antisocial). Cuando los cambios persistentes
de la personalidad aparecen como resultado de los efectos
fisiológicos directos de una enfermedad médica (p. ej., un
tumor cerebral), hay que tener en cuenta el diagnóstico de
un cambio de personalidad debido a enfermedad
médica (v. pág. 176).
Los trastornos de la personalidad deben distinguirse de los
rasgos de personalidad que no alcanzan
el umbral para un trastorno de la personalidad. Los
rasgos de personalidad sólo se diagnostican como trastornos
de la personalidad cuando son inflexibles, desadaptativos
y persistentes, y ocasionan un deterioro funcional o un malestar
subjetivo significativos.
Relación con los Criterios Diagnósticos de Investigación
de la CIE-10
Los Criterios Diagnósticos de Investigación de la CIE-10
y los criterios generales del DSM-IV para los trastornos de
la personalidad son iguales en líneas generales.
Criterios diagnósticos generales para un trastorno de la personalidad
A. Un patrón permanente de experiencia interna y de comportamiento
que se aparta acusadamente de las expectativas de la cultura
del sujeto. Este patrón se manifiesta en dos (o más) de las
áreas siguientes:
(1) cognición
(p. ej., formas de percibir e interpretarse a uno mismo,
a los demás y a los acontecimientos)
(2) afectividad (p. ej., la gama, intensidad labilidad y
adecuación de la respuesta emocional)
(3) actividad interpersonal
(4) control de los impulsos
B. Este patrón
persistente es inflexible y se extiende a una amplia gama
de situaciones personales y sociales.
C. Este patrón persistente provoca malestar clínicamente significativo
o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de
la actividad del individuo.
D. El patrón es estable y de larga duración, y su inicio se
remonta al menos a la adolescencia o al principio de la edad
adulta.
E. El patrón persistente no es atribuible a una manifestación
o a una consecuencia de otro trastorno mental.
F. El patrón persistente no es debido a los efectos fisiológicos
directos de una sustancia (p. ej., una droga, un medicamento)
ni a una enfermedad médica (p. ej., traumatismo craneal).
Modelos dimensionales para los trastornos de la personalidad
El enfoque diagnóstico utilizado en este manual representa
la perspectiva categorial de que los trastornos de la personalidad
representan síndromes clínicos cualitativamente distintos.
Una alternativa al enfoque categorial es la perspectiva dimensional
de que los trastornos de la personalidad representan variantes
desadaptativas de los rasgos de personalidad que se imbrincan
imperceptiblemente con la normalidad y entre ellos mismos.
Ha habido muchos intentos diferentes de identificar las dimensiones
fundamentales que subyacen a la totalidad del campo del funcionamiento
normal y patológico de la personalidad. Un modelo consiste
en las cinco dimensiones siguientes: neuroticismo, intraversión
versus extraversión, rechazo o disponibilidad para experimentar,
hostilidad versus amabilidad y escrupulosidad. Otro enfoque
describe áreas más específicas de la disfunción de la personalidad,
pudiendo incluir 15 a 40 dimensiones (p. ej., reactividad
afectiva, aprensión social, distorsión cognoscitiva, impulsividad,
insinceridad, egocentrismo). Otras dimensiones que han sido
estudiadas comprenden búsqueda de novedades, dependencia de
recompensas, evitación del peligro, dominancia, afiliación,
compulsividad, persistencia, emocionalidad positiva versus
negativa, búsqueda del placer versus evitación del daño, acomodación
pasiva versus modificación activa y autocrecimiento versus
dependencia. Los grupos de trastorno de la personalidad del
DSM-IV (p. ej., raro-excéntrico, dramático-emocional y ansioso-temeroso)
también pueden considerarse dimensiones que representan el
espectro de disfunciones de la personalidad en un continuum
con los trastornos mentales del Eje I. Las relaciones de los
diferentes modelos dimensionales con las categorías diagnósticas
de los trastornos de la personalidad y con diversos aspectos
de la disfunción de la personalidad siguen siendo activamente
investigadas.
F60.0 Trastorno paranoide de la personalidad [301.0]
La característica esencial del trastorno paranoide de
la personalidad es un patrón de desconfianza y suspicacia
general hacia los otros, de forma que las intenciones de éstos
son interpretadas como maliciosas. Este patrón empieza al
principio de la edad adulta y aparece en diversos contextos.
Los individuos con este trastorno dan por hecho que los demás
se van a aprovechar de ellos, les van a hacer daño o les van
a engañar, aunque no tengan prueba alguna que apoye estas
previsiones (Criterio A1). Con pocas o ninguna prueba, tienen
base suficiente para sospechar que los demás están urdiendo
algún complot en su contra y que pueden ser atacados en cualquier
momento, de repente y sin ninguna razón. Frecuentemente, sin
que haya prueba objetiva de ello, sienten que han sido ofendidos
profunda e irreversiblemente por otra persona o personas.
Están preocupados por dudas no justificadas acerca de la lealtad
o la fidelidad de sus amigos y socios, cuyos actos son escrutados
minuciosamente en busca de pruebas de intenciones hostiles
(Criterio A2). Cualquier desviación que perciban en la fidelidad
o la lealtad sirve como prueba a sus suposiciones. Cuando
algún amigo o socio se muestra leal con ellos, están tan sorprendidos,
que no pueden tener confianza o creer en él. Si se encuentran
con problemas, piensan que lo que van a hacer sus amigos o
socios es atacarles o ignorarles.
Los sujetos con este trastorno son reacios a confiar o intimar
con los demás, porque temen que la información que compartan
sea utilizada en su contra (Criterio A3). Pueden negarse a
contestar preguntas personales diciendo que esa información
"no es asunto de los demás". En las observaciones o los hechos
más inocentes vislumbran significados ocultos que son degradantes
o amenazantes (Criterio A4). Por ejemplo, un sujeto con este
trastorno puede malinterpretar un error legítimo de un dependiente
de una tienda como un intento deliberado de no dar bien el
cambio o puede ver una observación humorística de un compañero
de trabajo como si fuera un ataque en toda regla. Los halagos
son frecuentemente malinterpretados (p. ej., un elogio de
algo que acaban de comprar puede malinterpretarse como una
crítica por ser ego; un halago por algún logro se malinterpreta
como un intento de coartar una actuación mejor). Pueden ver
una oferta de ayuda como una crítica en el sentido de que
no lo están haciendo suficientemente bien ellos solos.
Los individuos con este trastorno suelen albergar rencores
y son incapaces de olvidar los insultos, injurias o desprecios
de que creen haber sido objeto (Criterio A5). El menor desprecio
provoca una gran hostilidad, que persiste durante mucho tiempo.
Puesto que siempre están pendientes de las malas intenciones
de los demás, sienten a menudo que su persona o su reputación
han sido atacadas o que se les ha mostrado desconsideración
de alguna otra manera. Contraatacan con rapidez y reaccionan
con ira ante los ultrajes que perciben (Criterio A6). Los
sujetos con este trastorno pueden ser patológicamente celosos,
sospechando a menudo que su cónyuge o su pareja les es infiel
sin tener una justificación adecuada (Criterio A7). Pueden
reunir "pruebas" triviales y circunstanciales para confirmar
sus sospechas, quieren mantener un control total sobre las
personas con las que tienen relaciones íntimas para evitar
ser traicionados y constantemente pueden hacer preguntas y
cuestionar los movimientos, los actos, las intenciones y la
fidelidad del cónyuge o la pareja.
No debe diagnosticarse el trastorno paranoide de la personalidad
si el patrón de comportamiento aparece exclusivamente en el
transcurso de una esquizofrenia, un trastorno del estado de
ánimo con síntomas psicóticos u otro trastorno psicótico,
o si es debido a los efectos fisiológicos directos de una
enfermedad neurológica (p. ej., epilepsia del lóbulo temporal)
o de otro tipo (Criterio B).
 
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